Miguel Ángel Sánchez

Querencias

Miguel Ángel Sánchez


Gaza

01/03/2024

Recuerdo aquel poema de Anna Ajmatova. En la cárcel de Leningrado, haciendo cola mes tras mes. Tiempos de Stalin, Yezhov, la NKVD, el Gran Terror... Una mujer la reconoce. Y otra, al enterarse de que es escritora, le pregunta, en susurros, si podría describir, quizá algún día, «esto». Ella le dice que sí, «Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro».
Siempre, al leer lo ocurrido en el nazismo, o en el estalinismo, me he preguntado por qué se dejó hacer desde dentro. Cómo se permitió la escala de barbarie, si es posible expresarlo así. Y cómo se construyen los mecanismos de represión tanto propios como internos. Más que el por qué, el cómo. El silencio, la sumisión, el miedo, el poder, la aquiescencia... No es escusa que quizá, antes sólo se conociese en las proximidades, y a las lejanías no llegasen nada más que ecos dudosos.
En Gaza asistimos a un genocidio en directo, con todo el desprecio posible hacia la vida. Sí, hemos visto destruir Afganistán, Yugoslavia, Libia, Irak, Siria... Y Ucrania es un moridero retransmitido también por las redes sociales. Pero lo de Gaza supera todos los límites. ¿Hay límites, acaso? En unos años nos preguntaremos -nos preguntarán- qué hicimos en aquel momento. Hoy. Hacia dónde miramos, qué nos poníamos delante de los ojos, en los oídos, para no ver ni escuchar. Para no sentir. Para dejar hacer. ¿Qué fue? ¿Indolencia? ¿Miedo? ¿Abulia? ¿Desprecio sin más?
Me viene a la cabeza, mientras escribo, Vida y destino, de Vasili Grossman. La condición humana sobreviviendo a duras penas allí donde no hay futuro. Pero ahí está. Gaza es un costurón en el humanismo de este planeta. Dejamos hacer. Ninguna mujer de Gaza podrá pedirnos que escribamos lo que está sucediendo para que alguien sepa algún día lo que ocurrió, como aquella mujer ya sin rostro a Ajmátova en Leningrado. Porque lo estamos viendo todos minuto a minuto. Quizá antes, en medio de la barbarie, quedaba la esperanza de que algún día se supiese lo que había ocurrido, que alguien relatase el sufrimiento y el sinsentido. Que sirviera para algo. Quizá para no repetirlo, para ser mejores. Pero ahora lo tenemos delante, cada día. Y no reaccionamos. Quizá lo último, la esperanza en que la verdad aflore, ya tampoco sirve. ¿Qué queda entonces?