Querencias

Miguel Ángel Sánchez


El tiempo de los inicios

25/09/2020

Para mí el año hace tiempo que comienza en otoño. Un poco antes, cuando el sol cruza el meridiano de la atalaya del berrocal. Ya se han ido los vencejos, se arremolinan en los atardeceres los aviones comunes y los bandos de urracas, y las sombras son cada vez más pronunciadas sobre los pliegues de las barrancas. Es el tiempo de la transición, del vértigo de los días cada vez más cortos, de las amanecidas perezosas. Justo en ese tiempo en el que aún no han salido las setas de los jarales del Jébalo, cuando no ha llegado el primer bando de grullas. Cuando aún no ha caído la primera nevada sobre Gredos.
Es el momento de las decisiones. De las puertas que se abren, de las que abres, las que se cierran. Y las que cierras. En otoño siempre recopilo los mapas, por si acaso hay que viajar lejos, a territorios que aún no conozco. Escojo unos cuantos libros y los dejo junto a la mesa de trabajo, a mi espalda. Me guardan y protegen. Analizo la fábrica de borrascas de Terranova, miro las manchas solares, las previsiones de los institutos de meteorología, los índices de la Oscilación del Atlántico Norte, y los volcanes que levantan las hormigas. Ellas siempre aciertan. Quiero un invierno de lluvias, de trampales en los caminos, de arroyos desbordados y de metros de nieve en Gredos. Quiero. Es el momento, también, de los deseos.
Va a ser un otoño triste. Orwelliano. Hay que hacerse con leña de encina, tres mil kilos, o empezar a quemar las cajas de libros. Limpiar. Hay que volver a estudiar, este año a la universidad del viento, abierta y más libre que nunca. Me esperan Arquitectura en Toledo como un fondeadero que salva de las tempestades en un Mediterráneo que ya olvidó a dioses y héroes; y Atenas en primavera, quizá París en noviembre, y Tánger. Tánger, cuando el invierno claudique, para subir a la terraza del Café Fuentes y a los jardines de Villa Josephine, desde donde el Atlántico es un deseo. Me esperan territorios vacíos donde ya sólo habitan recuerdos y huellas de tractores que pasan un par de veces al año. Y cogujadas, águilas del viento y distancias. Siempre distancias.
Y para las noches de insomnio libros de ciudades líquidas, de rusos y estepas y ciudades de bloques de pisos inmensos; y películas en blanco y negro, de los cincuenta y sesenta. Francesas e inglesas. Subtituladas, lentas, lejanas y tan de verdad como un solo de piano. Hasta que amanezca.
Es, de nuevo, el tiempo de los inicios.