Querencias

Miguel Ángel Sánchez


Veneno

Para matar con veneno hay que ser un miserable. Matar con veneno es una vileza, además de ilegal. Tengo claro desde hace mucho tiempo que en la finca donde se encuentre veneno, se prohíba la caza durante cien años. Y se quite licencia a gestores y cazadores que manejen el coto. Para otros cien años. Siempre he considerado que matar animales con veneno, ya sean zorros, garduñas, jinetas, linces, gatos o lo que sea, deja clara la catadura moral de quienes usan esta práctica delictiva.
Los datos que la Guardia Civil ofrece fruto de la octava Operación Antitox son espeluznantes y trágicos. Y quizá sea sólo una muestra. Se usa mucho veneno en el monte. Hay quienes se creen impunes, con derecho a todo, a manejar a su antojo la vida natural, que es ante todo vida, pero sobre todo ello patrimonio de todos, igual que una catedral o un monumento. El desprecio a la vida es algo que marca la diferencia y hace que en la mayor parte de las fincas cinegéticas investigadas se hayan encontrado cebos, venenos, sustancias tóxicas y decenas de rapaces, buitres, linces y demás fauna víctima de las prácticas ilegales denunciadas.
El veneno nunca se ha ido del monte, pero ahora vuelve con más fuerza. Igual que lazos, cepos y métodos no selectivos de caza. La caza ha conseguido cerrar y hacer intransitable gran parte de eso que ahora se llama España vaciada. Estoy cansado de ir por la Jara, por la Sierra de San Vicente, por el Tiétar, y encontrar sólo caminos públicos cerrados, cámaras de vigilancia en los alcornoques, discusiones con guardas, amenazas e incluso disparos... La caza ha empobrecido y vaciado a la España pobre, con el cuento de dos monterías al año. Lo tengo claro. Pero también sé que ha habido y hay cazadores responsables. Hace décadas te enseñaban con respeto y orgullo «sus» águilas en enormes fincas. Había respeto. Había conocimiento. Y había elegancia.
Porque la caza nunca fue negocio de matarifes. Pero hace tiempo, con su industrialización, todo cambió. He visto matar a cuadrillas de italianos todo lo que se movía con alas –y sin ellas– en los olivares de la Jara. Monterías que eran carnicerías de ciervos domesticados. Los miserables que colocan lazos, cepos, venenos... los que miran a otro lado, los que hacen demagogia fácil en los tiempos líquidos que corren, donde todo valen, todos son responsables. Son ante todo cobardes y miserables. Nunca entenderán lo que es la vida. La belleza de un águila imperial, un lince, un búho real. La nobleza de la vida.