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Antonio Herraiz

DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Josepe

30/09/2022

Conocí a José Antonio Suárez de Puga en una celebración que llamaron '100 años de Guadalajara'. Era un aniversario redondo que coincidía con la llegada al medio siglo de vida de Javier Borobia y del actor Juan Morillo. Allí había músicos, poetas y variopintos personajes de la farándula. Borobia, origen de numerosos movimientos culturales de la ciudad y hombre de radiografías siempre precisas, me lo retrató sin necesidad de adornos: «Josepe es el mejor intelectual de la provincia». La fiesta acabó a tartazos. Literal. Avanzada la noche y entrada la madrugada, un conocido director de teatro y un escultor -alquimista del siglo XX- comenzaron a lanzarse porciones de tarta entre ellos, ampliando sus disparos a todo aquel que les rodeaba. Las cosas de los artistas. Y del vino. Al margen de la anécdota, ese temple pausado de Josepe, aquel referente para todos los que le rodeaban, me cautivó hasta el punto de llevarme a la necesidad de conocer más sobre él. El tiempo y los amigos comunes me han permitido convertirle en uno más de los míos.
Los que quieren a Josepe -que son legión- le han rendido un homenaje en el Teatro Moderno bajo el impulso de ese colectivo inquieto y necesario que es Gentes de Guadalajara. Aunque se celebró la víspera de su cumpleaños, no había que buscar ningún tipo de excusa. En España se entierra muy bien y somos dados a glosar las virtudes del que ya no está. Afortunadamente, no ha sido el caso. Con Josepe, la ciudad ha sabido estar a la altura y reconocer junto a él toda la colosal dimensión de su figura artística, humanista y filosófica. Lo estuvo también cuando el Ayuntamiento decidió que la primera biblioteca municipal llevara su nombre. Todos los territorios están necesitados de referentes libres e independientes, al margen de cualquier movimiento encorsetado, y Guadalajara tiene el privilegio de contar con un prohombre destacado.
Entre los muchos testimonios que glosaron al homenajeado, contó el pintor de Torija Jesús Campoamor que, en el Madrid de los años 60, en el aula de poesía del Ateneo de Madrid, ya sonaba la figura de Josepe. Poetas como Federico Muelas, Eladio Cabañero o Luis López Anglada -ganadores del Premio Nacional de Literatura en diferentes ediciones- coincidían en el comentario: «En Guadalajara tenéis un magnífico poeta». Ya por entonces había escrito Dimensión del Amor, el libro de poemas que mejor recoge su capacidad creativa. Y también en esa recién estrenada segunda mitad de siglo, se incluyó alguno de sus versos en la Historia y Antología de la Poesía Española. Ha sido poco amigo de los premios literarios -que los tiene- y su obra es intensa, pero no tan extensa como a muchos nos habría gustado.
A modo de píldoras perfectamente escogidas, nos ha ido regalando numerosos poemas cargados a veces de intimismo y otras vinculados a una tierra que no sería lo mismo sin personajes como él. Desde 1972 es el Cronista de la Ciudad de Guadalajara. A lo largo de su vida ha trabado relación con Buero Vallejo, con los Nobel Camilo José Cela y Vargas Llosa, con el escultor Paco Sobrino o con el cineasta Miguel Picazo. La diversidad de amistades, con una evidente amalgama de ideologías, sirve también para situarle. Y si algo ha cultivado este adolescente octogenario ha sido siempre la amistad y los vínculos de afecto con la humildad que solo atesoran seres humanos tan completos. Por muchos años más, Josepe.