Querencias

Miguel Ángel Sánchez


La culebrera del soto

Algunas mañanas me espera. Temprano. Amanece sobre los cuatro chopos que han dejado, sobre los nogales que como un ejército uniformado llenan el arroyo de la Sal. Y ahí está, en la torreta. Me paro junto al carreterín y la observo con los prismáticos. No hace falta. Es inconfundible. Ella me ha visto desde hace tiempo. Desde allí arriba el relieve debe tener otro tacto, la distancia otro sentido. Debe amanecer antes, incluso debe brillar el sol saliendo sobre la presa del Alberche, el agua detenida en un espejo que se pierde hacia el este. Observo. El viento mueve las plumas del águila. Cabeza inmensa, pecho barreado, patas limpias aferrándose al acero. Escucho al monte. Las urracas que cruzan. Los gazapos que se esconden. Los pollos de golondrina que vuelan a ras de agua, el sonido de la corriente en el canal, el agua que huele a ovas y a espeso. Algunas noches me detengo y escucho aquí mismo: los cárabos, el chotacabras, el ruiseñor que ya calla, los jabalíes hozando en Malpartida, las culebras de escalera, las bastardas, tomando calor de la carretera. A veces el búho real de madrugada, más de invierno. Todo como un conjunto, una melodía perfecta, con su paisaje y su huella.
Hay años en que las águilas me siguen. Esta primavera han sido las culebreras. Este estío los halcones abejeros en los valles y gargantas, robledales y majadas de Gredos. Y esta otoñada intuyo que serán las imperiales pajizas en los desiertos de la Jara, en los espacios infinitos del Huso, del Gualija... La culebrera caza sobre mi casa, vigila que las serpientes no entren, que no crucen la raya de la dehesa. A veces la veo pasar con una culebra colgando del pico, recién tragada. Algunas veces me espera también en los campos de paneles solares, espejos de cielo que crecen sin piedad sobre el Campo Arañuelo. A mediodía, con más de cuarenta grados a la sombra, con el horizonte reverberando y todo detenido como en un sueño, la culebrera me observa atalayada desde otra de esas torretas inmensas que traen la luz desde las presas de Extremadura. Los paneles solares se mueven un milímetro cada pocos segundos, chirrían, con una cadencia de grillo metálico y extraño.
Hace unos días me esperaba en el Berrocal, junto a la atalaya. Casi ya era de noche, pero allí estaba, vigilándome desde su torreta. Paré junto a la carretera, sólo unos segundos, y la saludé. Quizá una despedida, un hasta el año que viene. Pero quién sabe. Mañana iré a ver si sigue allí la culebrera del soto. Temprano, de amanecida. Los vencejos ya se están marchando, las golondrinas comienzan a volar hacia el sur, los días acortan. Ya está aquí el estío, el primer vacío.