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Ana Nodal de Arce

Me la juego

Ana Nodal de Arce


El Corpus es Toledo

15/06/2022

A los toledanos, austeros, a veces ariscos, dicen, pero luchadores y recios, como el propio clima de nuestra tierra, nos une un sentimiento difícil de explicar, de raíces similares, ancladas en creencias diversas, culturales o religiosas, pero con un orgullo compartido: el Corpus, que nos eleva la autoestima, nos recuerda que nuestra ciudad es la más bonita del mundo y que guarda una esencia, mezclada con colores y aromas, que estos días regalamos al mundo.
Para entender bien la Fiesta Grande de Toledo, lo siento, señores y señoras, hay que haberla vivido desde niña, en mi caso, con esa alegría que precede al verano, con estrenos de ropa y zapatos que te aprietan, con esa premura que te obliga a madrugar en pleno día de fiesta para volver a contemplar, asombrada, nuestra excepcional Custodia, precedida de una numerosa comitiva, a veces eterna, de caballeros, señoras con mantilla y niños de comunión. Excesivamente larga. Y todo por ver desfilar la joya de Arfe, regada por pétalos de rosa, en un escenario inigualable de mantones, reposteros, guirnaldas, flores o faroles, bajo la sombra inestimable de los toldos. Y sobre un suelo de tomillo y romero. Huele a Corpus, decimos por aquí.
Hace años, cuando se acercaba esta fecha tan señalada, las familias de la capital, del Casco o allende las murallas, aprovechaban para hacer una limpieza de la casa, que quedaba como los chorros del oro, pintar las fachadas y adecuar el hogar a los rigores del verano que ya se asomaba. El Corpus era parte de nuestra vida cotidiana, de nuestras costumbres, de nuestros valores, de nuestra identidad. De nuestra familia. Y que vinieran paisanos o extranjeros a contemplar esta majestuosidad era un reconocimiento a esa grandeza que nunca debimos perder. Toledo volvía a ser la capital del Imperio.
La víspera, la Tarasca y los gigantones y, por la noche, ir a ver las calles eran tradiciones imprescindibles, que hemos intentado inculcar a nuestros hijos, porque, qué sería de un pueblo, de una comunidad, si pierde su memoria. Yo recuerdo esa manía de perseguir a las bandas de música que se sucedían por las plazas o esa costumbre tan nuestra de asomarnos a ver los patios, remansos de paz y oasis de verdor entre las piedras milenarias que ya rezumaban calor.
La Vega, la horchata, la música, la fiesta, la sensación de felicidad, han de volver a Toledo este Corpus, tras dos años de maldita pandemia. Cada uno puede vivir estos días a su manera, de puente o descubriendo matices de la celebración que se le han resistido durante demasiado tiempo. El caso es disfrutar. Eso sí, a quienes vengan por primera vez a vivir nuestra fiesta más internacional, les recomiendo pasear a primera hora de la mañana sobre el suelo de tomillo y contemplar los magníficos tapices de la colección Porto Carrero que bordean la Catedral. Solo se exponen el día del Corpus. Y más allá del sentimiento religioso, no hay nada tan emocionante como escuchar la eclosión de sonidos cuando la Custodia, tras la procesión, regresa al templo primado. Eso es único. Se lo dice una toledana.