Manuel Juliá

EL TIEMPO Y LOS DADOS

Manuel Juliá

Periodista y escritor


La música de la vida

15/04/2024

Si la música es el alimento del amor, tocad siempre, saciadme de ella, para que mi apetito, sufriendo un empacho, pueda enfermar, y así morir, dice un personaje del bardo inglés, el gran poeta, y esta tarde de sábado a partir de esa lectura decido escuchar a Bach. El mundo gira con su ritmo torpe o ágil, destilando dinamita o sombras, sonrisas o lágrimas que envuelven la vida, la luz o la oscuridad. Veo en una serie sobre la realización de El padrino que Coppola no dejaba de insistir en que no era una película sobre la mafia, sino un universo literario en el que dialogan la luz y las sombras. Por eso al principio aparece Vito Corleone surgiendo de una sombra y abundan las escenas penumbrosas frente a las fiestas luminosas y los días radiantes. Parece que el mundo ha olvidado la gran enseñanza de la Segunda Guerra Mundial. Nunca más algo así. Cambiemos balas por comercio. Pero esa angustia de la existencia que es la geopolítica ama las sombras. Regresar a ese mundo de sombras lleno de muerte y frío.
A veces hay que alejarse de la información atribulada y escuchar a Bach. Unos auriculares, luces ámbar, el silencio profundo en el que irrumpe lo más maravilloso que ha creado el ser humano: la gran música. Si este mundo que sobrevive en el alambre se agarra a tu pecho, te desmoronas. Ver los misiles en el cielo negro. Ver tantos niños destrozados. Ver las vainas como una alfombra sucia en la tierra y la imagen del dolor que no importa a los que deciden que hay que matar. Cualquier sábado por la tarde es bueno para cerrar los ojos y escuchar a Bach. Unos crean esta belleza enigmática, este lenguaje de lo infinito, el sonido de la vida hermosa y otros alimentan la guerra con el ruido de la música de la muerte. La disparidad humana es voraz. Capaces de lo peor y de lo mejor. La penicilina y la bomba atómica. Pero es justo y necesario escuchar a Bach para sentir que esta especie nuestra merece la pena.  
El órgano me abre el pecho. El clavecín amansa las neuronas. El violín penetra por los nervios y les trasmite luz. Los Conciertos de Brandeburgo me llenan de una plenitud de la existencia inexplicable. La Pasión según San Mateo ilumina un sentimiento oscuro de zozobra. Sin la música seríamos guerreros en la batalla interminable. Es el mejor alimento de la soledad y la mejor percepción hermosa de Dios que conozco. Una inmensa perfección bondadosa te llena mientras Bach va conquistando tu mente y tu corazón. El enfrentamiento entre la belleza y la barbarie cae del lado de la música, porque cuando ella suena, es una vida cercana a la perfección quien marca notas en tu pecho. El mundo cruel se desmorona dentro de mí mientras escucho a Bach. 

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