Esther Durán

Serendipias

Esther Durán


Competencias

12/01/2024

Pretender entablar una conversación sobre política en este país desemboca, mayoritariamente, en dos vías prácticamente sin salida si buscas una conversación y una reflexión con un conciudadano: la de yo no hablo de este tema, no me interesa, o la del acérrimo defensor de su partido, bien parecido a un hincha de fútbol, con quien será complicado hacer la más mínima crítica a los suyos, si no imposible e incluso peligroso, por salud mental. Los orgullosos apolíticos siempre me han causado desconcierto, ¿cómo puede alguien desentenderse de las decisiones que influyen directamente en tu vida diaria? Hoy me querría alejar lo máximo de ninguna campaña o color, pero es absolutamente paradójico encontrar ciertos perfiles de ciudadanos, con unas claras necesidades, diciendo que ellos de política ni idea, que son todos iguales. De los hooligan, mejor ni hablar, por sus palabras y cuñadismos los conocerán. 
Pero no toda la culpa está en la falta de interés y la abulia instaurada en la población española, tampoco en el fanatismo, tantas veces heredado, es que los políticos, a quienes encargamos la labor de dirigir nuestras instituciones, desde las más cercanas a las más altas, parece que centraran sus esfuerzos en hacer campaña para que acabemos detestando su trabajo, la política. Esta semana estamos asistiendo a una representación que podría parecer un sainete si no fuera porque sus protagonistas dirigen comunidades autónomas y el país: el vertido de microplásticos en las playas de Galicia. Cuando toca repartir medallas, se matan por las competencias y el copyrigth, cuando se trata de trabajar e invertir, delegando que es gerundio. El esfuerzo se ha destinado a intercambiar declaraciones sobre quién informó o no, cuándo y cómo, si por carta, email, a qué hora… Mientras, los voluntarios se ponían manos a la obra a limpiar sus costas, porque no pretenden que su nombre aparezca jamás en ninguna placa de inauguración. Así, con estos hechos, alimentamos esa desafección hacia la política cada vez más creciente. Y es muy peligroso, porque la democracia es política y perder la confianza en la segunda puede alejarnos de valorar y cuidar la primera.