Miguel Ángel Dionisio

El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


La Catedral de la luz

20/03/2024

La vida es semejante a un viaje. Y los viajes nos recuerdan qué es la vida. Un continuo descubrir o redescubrir personas, lugares, experiencias. En ocasiones viajar nos hace releer con otra mirada un paisaje ya conocido, un atardecer olvidado que en algún momento nos emocionó, un edificio que pasó desapercibido o que se nos manifiesta con un esplendor inusitado. Me ha ocurrido estos días. He visitado Mallorca varias veces, pero no había tenido oportunidad de conocer nunca por dentro la catedral de Palma. Es cierto que siempre pude admirar la sólida belleza de su arquitectura, que se yergue espléndida sobre ese lugar tan maravilloso que es la bahía de Palma; he contemplado el cálido resplandor del sol dorando, al atardecer, sus contrafuertes y pináculos; me he topado, entre el dédalo de callejuelas del centro histórico, con alguno de sus rincones escondidos. Pero sólo en esta ocasión he podido cruzar el umbral de su puerta y sumergirme en un mar de inigualable hermosura.
Ha sido una de las experiencias estéticas más sorprendentes de mi vida. La amplitud de su diáfano interior, la altura de sus pilares que, como palmeras, se elevan hacia las bóvedas que evocan el cielo, la luz que entra a borbotones por sus vidrieras. La luz. La maravillosa y bellísima luz que envuelve la atmósfera interior del templo. Esa luz que es inseparable del arte gótico, que en su simbología, como ya advirtiera en los orígenes del estilo su gran teórico, el abad Suger de Saint-Denis, evoca la progresiva ascensión del alma humana al encuentro con la divinidad. Una luz que resplandece con especial fulgor por la fuerza del sol mediterráneo que estalla contra la polifonía cromática de los vitrales. El rosetón mayor, situado en la cabecera, es uno de los mayores del mundo y destaca por la gran estrella de David que lo decora.
Y en ese ámbito sacro transfigurado, la seo nos regala, junto al rico patrimonio medieval, renacentista y barroco, algunas piezas únicas, como la decoración que proyectó Antonio Gaudí, o el mural realizado por Miquel Barceló en la capilla del Santísimo, una original muestra del arte contemporáneo más vanguardista en diálogo con el gótico, en el que, por medio de la cerámica policromada, se evoca la multiplicación de los panes y los peces, junto a la Resurrección de Cristo. Una obra tan polémica como interesante, que no deja indiferente.
Al salir al exterior choqué con la realidad de una ciudad turística, con problemas similares a los de Toledo y tantos otros lugares en los que se corre el riesgo de «morir de éxito», ante la avalancha, posiblemente ya insostenible, de turistas, que hacen para muchos de los vecinos insoportable la vida cotidiana. Es el gran reto, que hemos de afrontar urgentemente, porque, como he denunciado en múltiples ocasiones, podemos acabar teniendo parques temáticos pero no ciudades vivas.
Porque sin vecinos, no hay ciudad. 

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