Miguel Ángel Dionisio

El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Luis Tristán

13/03/2024

Cuando pensamos en un pintor vinculado a Toledo en el paso del Renacimiento al Barroco, instintivamente se nos viene a la cabeza la figura del Greco. Sin duda alguna, uno de los genios del arte universal. Pero su misma excepcionalidad y brillantez hace que se oscurezcan otros autores que, por aquellos años, seguían haciendo de la ciudad un núcleo de alta creatividad artística. Entre ellos destaca, con luz propia, la figura de Luis Tristán, de cuya muerte celebramos este año el cuarto centenario. Una buena excusa para conocer mejor la vida y el legado de quien, después del cretense, fue el pintor más valorado y prestigioso de la ciudad.
Y, sin embargo, pocos datos tenemos sobre sus orígenes, aunque parece que nació en el entorno de Toledo hacia 1585-1590. Los primeros años usó el apellido materno, Escamilla, empleando a partir de 1611 el de Tristán, que podría venirle por vía paterna, aunque no fue utilizado por su padre, Domingo Rodríguez –la versatilidad en el empleo de los apellidos en la época es un verdadero rompecabezas-. En torno a los catorce años se convirtió en discípulo del Greco, con quien mantuvo una relación cordial, siendo muy amigo de Jorge Manuel Theotocopuli. De Toledo pasó a Italia, donde conoció el estilo de Caravaggio, que influiría en su obra, haciendo que evolucionara en un sentido distinto al arte de su maestro toledano. Regresó en 1612, comenzando una fructífera labor, siendo su primera obra conocida la Sagrada Familia del Museo de Minneapolis, en la que se percibe el influjo tenebrista, en contraste con el rojo y azul intenso del vestido de la Virgen, con un joven san José que repite el gesto de una obra romana de Carlo Saraceni.
Tristán trabajó para el cardenal Sandoval y Rojas, del cual ha dejado un retrato en la sala capitular de la catedral; para parroquias e iglesias de la ciudad y de su entorno, como las espléndidas tablas del retablo de Yepes o la Santa Cena de la parroquia de Cuerva; conventos y monasterios, en los que realizó obras de la envergadura del retablo de Santa Clara, el bellísimo San Miguel de Santa Isabel o el San Jerónimo doctor del convento de las Jerónimas. Sus santos penitentes reflejan la espiritualidad surgida de la Reforma católica posterior a Trento, como vemos en el Santo Domingo del Museo del Greco, el San Juan Bautista del Palacio Arzobispal o el San Pedro de Alcántara del Museo del Prado. Junto a esta obra de carácter religioso cultivó también el retrato y conservamos un autorretrato.
La muerte le sorprendió aún joven, un 7 de diciembre de 1624, siendo enterrado en San Pedro Mártir. Su última obra, Ronda de pan y huevo, nos habla de una piadosa cofradía toledana, dedicada a asistir a pobres y necesitados, reflejando una curiosa escena costumbrista.
Tristán, un gran pintor, cuyo centenario es una invitación a disfrutar de su arte.