«Necesitamos un castellanomanchego de presidente del Gobierno»

Javier del Castillo
-

La escritora Ángela Vallvey le lanza el guante al actual presidente de la Junta: «A ver si se anima Page»

La escritora Ángela Vallvey, Premio Nadal 2002 y finalista del Planeta en 2008, presume con orgullo de su pueblo, San Lorenzo de Calatrava (Ciudad Real). - Foto: Juan Lazaro

Tiene alergia al sol – una enfermedad rara – y eso le obliga a tomar precauciones, como ponerse a la sombra y no pisar la playa en verano. Vestida con un traje de chaqueta verde, prefiere posar para las fotos antes de comenzar la entrevista. Cuando estamos a punto de sentarnos en la terraza de la cafetería que hay junto a su domicilio, esquina Zurbano, repara en la placa de la fachada donde vivió el poeta Ángel González y cuenta alguna anécdota de su ilustre vecino. Ángela Vallvey (59 años) estudió Filosofía y Letras en Granada, se doctoró en Derecho en Girona, vivió en diferentes países - Francia, Suiza y China –, pero nunca renunció a su pasión literaria. 

En su pueblo del sur de Ciudad Real, a un paso de la provincia de Jaén, su abuelo le explicó de niña cómo se juntaban las letras. Ahí empezó todo. Fue, según cuenta, un descubrimiento maravilloso. «Luego, aprendí a leer en un libro de Espronceda que tenía mi abuelo y que todavía conservo, si no se ha perdido en la última mudanza. Era un libro del siglo XIX, de esas ediciones preciosas, con los lomos dorados y repujados en tela. Un libro en el que aprendí poemas que después recitaba de memoria. Un ejercicio que he seguido haciendo toda mi vida. Una gimnasia mental que recomiendo vivamente». 

Una vida, la de Ángela Vallvey, que ha transcurrido por diferentes ciudades y países, a pesar de la lógica resistencia de su hija. «Vivir fuera es enriquecedor. En esta vida hay que vivir un tiempo en otros países. La experiencia vital es la que nutre luego tus historias, pero no sólo por eso. Los viajes son fundamentales para tu crecimiento personal y para ampliar tus horizontes mentales». Sus bisabuelos formaron parte de los colonos centroeuropeos que se instalaron en el siglo XIX en San Lorenzo de Calatrava y en las localidades jienenses de La Carolina y El Centenillo.

En la carrera literaria de Ángela – iniciada con novelas juveniles y libros de poemas – la novela A la caza del último hombre salvaje, publicada en 1999, marca un punto de inflexión. Un antes y un después. El libro fue traducido a varios idiomas y una productora compró los derechos de esta sorprendente novela para adaptarla al cine, con guiones de Rafael Azcona y de la autora. «Azcona estaba ya mayor y murió poco después. Aquel proyecto no prosperó, pero me sirvió para conocerle. Con esa novela gané bastante dinero y me dio oxígeno para seguir adelante», asegura la escritora. 

«En la vida eliges entre lo mucho o lo poco que te dan a elegir, y yo siempre he elegido la literatura»

Alguna vez se le llegó a plantear hacer carrera en la Universidad, porque «vivir de la literatura es una aventura muy azarosa». «Conviene tener otra fuente de ingresos. Ser autónomo y vivir de la literatura en España es muy difícil», añade la escritora manchega. Al acabar los estudios de Filosofía y Letras, en Granada, le ofrecieron una beca para quedarse en un departamento de la Universidad, pero tampoco se arrepiente de no haberla aceptado. «Hubiera podido prosperar y dedicarme a la docencia, pero en la vida eliges entre lo mucho o lo poco que te dan a elegir y yo siempre he elegido la literatura». 

A partir de ahí, con la decisión tomada, Madrid le abrió las puertas y le permitió hacer realidad algunos de sus sueños. «Viví muchos años en el barrio de Malasaña y, aunque sea poco humilde y discreto decirlo, hace unos años me dieron el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid, porque de alguna manera soy madrileña de adopción. Se decía que Madrid era un poblachón manchego y, para mí, es una ciudad maravillosa. La ciudad en la que más tiempo llevo viviendo. Madrid y el resto de Castilla-La Mancha…». 

Otro de los momentos importantes de la trayectoria literaria de Ángela fue la concesión, en 2002 del Premio Nadal a su obra Los estados carenciales, por el prestigio de este galardón literario y porque en su palmarés aparece el nombre de una amiga suya a la que quería y admiraba: Carmen Martín Gaite. Fue un honor recibirlo, recuerda, como lo fue ser finalista en 2008 del Premio Planeta con la novela Muerte entre poetas, aunque su retrato de los egos, las miserias, los odios y los rencores que abundan entre los escritores – tanto en verso como en prosa – le costó bastantes disgustos y enemistades. 

Le comento que debe resultar difícil sobrevivir al margen de camarillas, grupos de presión y certámenes o premios amañados. «Yo no he formado parte de ninguna camarilla. Si hubiera chupado rueda de algún grupito o me hubiera juntado con ciertos amiguitos, hubiera prosperado más. He pagado el precio de mi libertad, pero no me arrepiento, aunque es un precio muy alto. Si quieres ser libre en España, lo tienes claro. La verdad es que yo, para no haber estado sometida a ciertas servidumbres, creo que he conseguido el 90% de mis aspiraciones y posibilidades. Sin embargo, no cabe duda que pertenecer a camarillas te facilita las cosas. Despeja el camino. Siento que he pagado un precio muy alto, pero ha merecido la pena». 

«Como no somos independentistas y no molestamos a nadie, estamos olvidados»

La conversación con Ángela Vallvey es una especie de viaje de ida y vuelta entre su actividad literaria y sus inquietudes más personales, con alguna parada inevitable en su añorada tierra de Castilla-La Mancha. Su rostro, casi siempre sonriente, refleja en estas paradas el cariño que le tiene a su lugar de nacimiento. «Lo he dicho muchas veces – afirma con cierta vehemencia -, pero no me escuchan: Castilla-La Mancha es uno de los sitios más excepcionales de España. Yo soy muy fan de mi Comunidad, precisamente porque he vivido en otros países y tengo puntos de referencia. ¿Qué pasa? Pues que, como no somos independentistas, somos discretos y no molestamos a nadie, estamos olvidados. Es como si el orgullo por tu tierra chica tuviera que ir asociado a ser conflictivo y jodedor. Como si hubiera que estar danto todo el día la brasa. ¿He dicho que somos discretos…? Bueno, yo soy un poco menos discreta que mis paisanos».

Puestos a subrayar – incluso a ensalzar – las virtudes que adornan la manera de ser de los habitantes de su región, Ángela Vallvey se detiene y repara en el sentido del humor de los manchegos. «El humor manchego está a la altura del británico, incluso superándolo. Y Ciudad Real tiene unos pueblos que son espectaculares…», remata. 

«Este es un país de lagartos, excepto yo que soy un vampiro, por mis problemas con el sol»

En invierno – le digo - nuestros pueblos se despiertan vacíos, a la espera de que llegue el buen tiempo, un puente, Semana Santa o las vacaciones estivales. Turismo de fin de semana. «Eso es inevitable. No puedes darles a los turistas una cartilla de racionamiento de visitas. En cuanto a las condiciones meteorológicas, te diré que este es un país de lagartos, excepto yo que soy un vampiro, por mis problemas con el sol. Es verdad. La gente sólo sale con el sol y cuando tiene unos días libres. Pero eso es normal. Y ojalá que siga yendo gente a los pueblos – vayan cuando vayan – porque es la única manera de que haya vida en ellos».

Luego hablamos de su actual relación con la tierra en la que empezó a juntar palabras y de la sensación que tuvo al recibir de manos del presidente de la Comunidad, Emiliano García-Page, la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha. «Le estoy muy agradecida a Page porque me parece que es una manera, un gesto, de reconocimiento. No es un valor material, sino que tiene un valor sentimental muy importante, que aprecio enormemente. Pero, además, me siento reconocida también porque la gente me trata con cariño. De no ser así, me hubiera comprado la casa en Guadalajara o en Segovia, que están a menos de una hora de Madrid. Lo único que no me gusta demasiado de mi tierra es el clima, por mi dichosa alergia al sol. Padezco mucho, pero me aguanto».

A la autora de Los estados carenciales le duele que el Gobierno de nuestro país no sea capaz de corregir las desigualdades territoriales, sino, todo lo contrario, aumentarlas. «En España el refrán de 'quien no llora no mama' es tal cual. Las regiones más reivindicativas son las que consiguen más recursos. En Castilla-La Mancha – lo sé por experiencia – te compras una casa y te fríen a impuestos, en lugar de darte facilidades para que no se hunda esa vivienda y pase a formar parte de la España de los tejados hundidos. En Ávila, que está cerca de Madrid, hay tejados hundidos por doquier. Pero, vete a Bilbao o a San Sebastián. Lo que no tienen en el País Vasco es porque no lo han querido, como el AVE. Han estado poniendo bombas y amenazando a la gente para que no se haga. Que hace falta ser imbécil para eso». 

Está claro que no le gusta lo que está ocurriendo en la España de las autonomías. «En nuestro país se cometen tantas estupideces que parece mentira que siga en pie. Si se mantiene en pie, es porque hay gente buena e inteligente sosteniéndolo por abajo. Porque, por arriba, lo están demoliendo constantemente. Así es que la construcción de España no acaba de hacerse nunca. Si no fuera por estos inconvenientes, seríamos el mejor país del mundo, sin ninguna duda».

«Sánchez no se da cuenta de que será un apéndice pequeñito y, a lo mejor, humillante»

En su opinión, uno de los problemas más serios que tiene nuestro país es su clase dirigente. «Estamos en manos de cuatro gatos desquiciados – se lamenta – y esto es un disparate. España, como siempre, conducida al disparate por sus élites. Asistimos ahora, como en tiempos de la Primera República, a un sainete esperpéntico, dirigido por personas ridículas y codiciosas que solamente piensan en ellas. Y, cuando tu dejas el bien común en manos del mal minoritario, es decir, de la gente que quiere el mal para todos, ¿a dónde vas?».

La clase política tampoco sale muy bien parada en su personal retrato de la actualidad. «Creo que la política se ha democratizado en el peor sentido de la palabra. Cualquiera tiene poder o puede acceder a él, y eso antes no ocurría. Las élites estaban más encauzadas. Ahora uno que pasaba por ahí te ha caído simpático y le dices: 'oye, tú, ven conmigo que te hago subsecretario de Estado. O a tu escolta, o a la señora con la que te ves los fines de semana. Hay mucho poder en manos de gente que solo lo utiliza para su propia conveniencia».

Columnista de La Razón y tertuliana del programa de Antena 3, Y ahora Sonsoles, echa en falta en la política nacional el sentido común manchego. «Necesitamos – apunta – un castellanomanchego en la Presidencia del Gobierno. A ver si Page se anima, ahora que está bien situado. A Sánchez le preocupa cómo pasará a la historia. No se da cuenta de que será un apéndice pequeñito y, a lo mejor, humillante».

«La soledad es mayor en la ciudad. Por eso he invertido en mi tierra»

Tiene grabado en la memoria el suelo y el cielo. El valle y la montaña. Pero, sobre todo, una infancia feliz. «Esos paisajes han marcado mi existencia. Mis abuelos ejercieron de padres. Gente extraordinaria, buena y sabia. Unos de la España nacional y otros de la España republicana». Ángela mira a los ojos, gesticula y ríe, como si quisiera reencarnarse en aquella niña adolescente que veía caer las perseidas del cielo en los meses de verano y que bailaba en las verbenas de las fiestas patronales.

«Tengo un amigo humorista, de estos modernukis, que me decía que no sabía lo que era un pueblo y que era más de barrio que un locutorio. Y yo le decía: pues eso que te pierdes, porque no hay nada más bonito que ser joven y disfrutar de las fiestas de tu pueblo; es maravilloso». En San Lorenzo de Calatrava sigue viviendo su madre, con 86 años que no aparenta, y ella ha adquirido una casa grande en el pueblo vecino de Viso del Marqués - «en el mío tendría que haberme hecho una nueva y no tenía tiempo, ni fuerza» -, a la que ha trasladado ya sus casi 20.000 libros y los enseres que llevaban siete meses esperando en un guardamuebles de Madrid.

Le pido que me describa su pueblo natal, cuyos orígenes se remontan a la repoblación llevada a cabo por Manuel Godoy, secretario de Estado con Carlos IV, en el siglo XIX con inmigrantes centroeuropeos, y su descripción parece sacada de alguna redacción de la escuela donde estudió de pequeña. «Es un pueblo de unos cuatrocientos habitantes, con unos paisajes extraordinarios. Cuando te acercas al núcleo urbano, por una carretera de montaña, ves un cartel que dice: cuidado, paso de linces. Tiene mucha gracia porque piensas: aquí tiene que haber gente muy espabilada».

Entre sorbo y sorbo de café, en una terraza de la plaza de San Juan de la Cruz, próxima a su domicilio, la escritora cuenta que la actual iglesia de su pueblo es de los años 70, porque derribaron la antigua para ampliar la plaza. También comenta que quiere investigar sobre los orígenes de San Lorenzo de Catalatrava. «Es interesante datar y documentar esta historia sobre un poblamiento que enlaza con otras historias y con otros movimientos de población. Ahora, la inmigración procede de África, pero en otras épocas llegaba de Europa», comenta Ángela.  

Hasta finales del año pasado, antes de comprarse la casa en Viso del Marqués, al lado de la plaza mayor y cerca del espectacular palacio italiano del Marqués de Santa Cruz, la escritora y su marido, Jenaro Talens – poeta, ensayista y traductor – tenían una segunda vivienda en El Casar (Guadalajara), pero las raíces manchegas de Ángeles se impusieron a las comodidades de estar cerca de Madrid. «Además de mi madre, tengo familia en Puertollano y muchos amigos en Valdepeñas. Fui pregonera de la Fiesta de la Vendimia y soy amiga de su alcalde, Jesús Martín. Lleva la tira de años en la alcaldía, aunque dice que lo va a dejar cuando se jubile. Si no, es tan buena gente que podría seguir ahí toda la vida».

El aprendizaje de esta mujer – inquieta y luchadora – fue prematuro. «No es por darme el pisto, pero yo aprendía a leer sola. Mi abuelo – comenta – me dijo cómo se juntaban las letras y ya está. Yo las junté. Me pareció un descubrimiento maravilloso. Descubrí el poder de las palabras, el poder del lenguaje. La gente que sabe leer, sabe leer también el mundo».

Una de las ventajas de vivir en un pueblo – aunque sea de forma temporal – es, según Ángela, la cercanía y la solidaridad de la gente. El jefe de la empresa que se encargó de la mudanza - de origen búlgaro, como el resto de los empleados -, se lo corroboraba de esta manera: «aquí, si necesita usted algo, solo tiene que salir a la calle y todos los vecinos la ayudarán». 

Las palabras de ese hombre, curtido en el trabajo de poner y quitar muebles, le invitan a reflexionar sobre la soledad. «Aquí, en Madrid, sales a la calle pidiendo auxilio y lo mismo piensan que estás loca. Nadie te hace caso. La soledad es mayor en la ciudad. Por eso he invertido en mi tierra». 

Por eso, y por estar cerca de su familia. «Tenías que conocer a mi madre. Es increíble. A sus 86 años tiene su cabeza igual de severa, pero también es muy graciosa. Está muy ágil y cuando camino con ella, después de mucho tiempo andando, dice: me he cansado un poco. Pues ya era hora de que te cansaras…», comenta divertida esta manchega, afincada en «el poblachón de La Mancha», como definió Azorín a Madrid.