Informe del estado de algunas villas toledanas en el siglo XV

José García Cano*
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Un documento arzobispal de 1435 da a conocer aspectos económicos y sociales de Almonacid, Añover de Tajo, Yepes, Cabañas de Yepes, Cabañas de la Sagra, La Guardia o Lillo

Retrato de don Juan de Cerezuela, arzobispo de Toledo.

Gracias a una relación del estado en el que se encontraba el arzobispado de Toledo cuando don Juan de Cerezuela tomó posesión del mismo, podemos conocer algunas curiosidades sobre la sociedad y economía de diversas villas toledanas en 1435. Uno de los primeros datos que ofrece este documento es el mal estado en que se encontraban algunas de las históricas fortalezas de nuestra provincia, como era el caso de Almonacid de Toledo o La Guardia, algo que seguramente ocurriría en otros tantos castillos que, tanto por su tamaño, como por el coste de mantenimiento, estaban semi abandonados y ruinosos. Algo parecido ocurría también con las posadas propias del arzobispo, las cuales muchas de ellas aparecen arruinadas y descuidadas, con lo que ello suponía para las rentas que percibiría el señor arzobispo; así aparecen por ejemplo, los alfolíes de la localidad de Yepes, que no habían sido reparados cuando se necesitaba o en Cabañas de Yepes, donde el cura había descuidado el mantenimiento de las tinajas de vino y de vinagre, así como la casa del arzobispo que se estaba prácticamente hundiendo. A esta población le ocurría como a otras tantas en las que el lugar estaba en poder de algunos caballeros, escuderos y clérigos toledanos, existiendo unos cuarenta y cinco vasallos del arzobispo y el resto -en mucho mayor número- dependían de los señores del lugar, los cuales habían comprado las heredades del término, con la excusa de no pagar el tributo al arzobispo.  

La desidia también llegó hasta Añover de Tajo, donde se dice que de los cincuenta y cinco vecinos que había en ella, se había pasado a diez o doce solamente. La explicación que se da en el informe, son los altos impuestos que tenían que pagar los vecinos, tanto al rey como al señor del lugar y el mal repartimiento que había entre los habitantes de los pueblos. Una fórmula que como vemos se va a repetir en diversos puntos de la geografía provincial, fue la adquisición de heredades por ciudadanos de Toledo para así reducir la carga tributaria, ya que estos nuevos propietarios alegaban el derecho de 'franqueza' y, por tanto, no tenían que pagar esos impuestos arzobispales. Así ocurrió con las localidades de Yepes, Cabañas de Yepes, Cabañas de la Sagra y Almonacid. En el caso de esta última población toledana, se incluyó el inventario de pertrechos y armas que había en el castillo por aquel entonces, entre los que destacamos ocho lanzas de armas, veinte ballestas, cinco cureñas (armazón de dos tablones colocados sobre dos ruedas usado para montar los cañones de artillería) con sus llaves y estribos, dieciocho paveses (el pavés es un escudo usado para cubrir el cuerpo del soldado) de los cuales había siete blancos con cruces coloradas y once amarillos y colorados decorados con lunas y castillos, un bacinete, cuatro tornos de armar ballestas, cinco garruchas, diecisiete truenos, tres barriles de pólvora, cuatro almadraques (colchones) llenos de lana, veinticuatro tinajas grandes en el castillo más once que estaban en la aldea, tres cueros de tener vino y un fierro para poner lumbre a la pólvora de los truenos. De Almonacid también se informa que deben repararse las casas y posadas del lugar, que eran muchas y buenas, cuyas reparaciones se podrían hacer con poca inversión antes de que se estropeasen más. Por otro lado, se quejan los vecinos de que algunos hombres de Mascaraque labraban las tierras del término de Almonacid y no pagan al señor arzobispo la cantidad estipulada, para luego hacerlas suyas y venderlas a vecinos de Toledo. También había quejas tanto de los citados vecinos de Mascaraque como de los de Villaminaya, los cuales rompían los términos de las villas y quebrantaban las lindes, lo que provocaba tensiones entre las gentes de estas localidades y que posteriormente las abandonasen para evitar estos conflictos.

En La Guardia la posada que tenía el arzobispo se encontraba en buen estado, si bien necesitaba solamente cambiar tres o cuatro puertas y ventanas. De la torre que hizo el concejo, había que reparar con yeso la bóveda y retocar hasta dos o tres tapias de argamasa de la misma torre, las cuales tapias habían quedado de la torre vieja que hubo. Había en La Guardia una casa atarazana, que se usaba de alfolí, que era idóneo para el pan, y donde los arzobispos anteriores lo guardaban; parece ser que el cura había destejado el edificio y tanto las tejas como la madera se la llevó un tal Juan de Frías, que era arcipreste de La Guardia, el cual utilizó los materiales para hacerse otra casa en la misma población; posteriormente fue condenado por sentencia a que levantase la casa del arzobispo tal y como estaba, aunque luego se negó, ya que nadie le requirió a cumplir la pena citada que había dictado el abad de San Vicente.

Sobre la localidad de Illescas el informe se queja de que los regidores de la villa gastaban los maravedíes de los vecinos sin dar cuenta de ello y que algunos de los alcaldes pasados «tenían encubiertos muchos maravedíes» del concejo y por tanto el descontento de la población era más que justificado.  Del lugar de Yepes además del problema citado de los alfolíes, se explica que un tal Alfonso Gómez de Roa, mayordomo y bodeguero en esta localidad, había presentado quejas del anterior bodeguero, que se llamaba Martín González, también vasallo y bodeguero del arzobispo, al cual le ordenaron que los reparase, pero hizo caso omiso de su obligación. Sobre la casa que el arzobispo tenía en Yepes, también era necesario trastejarla y realizar algún otro reparo de mínima inversión. También había en Yepes una bodega con «muchos e buenos vasos», la cual necesitaba alguna reforma que se consideraba necesaria «porque vuestra merçed coje allá mucho vino e bueno, que puede fasta cinco mil cántaros, segund me dixeron, de señorío e diezmos».

Le toca el turno a Lillo, donde se quejan de los agravios e «sinrazones», entre los cuales destacamos lo ocurrido con un camino llamado Ruvielo, que venía a la Lillo desde la Villa de don Fadrique (término de la Orden de Santiago) por el cual entraban muchas mercancías del reino de Murcia y del Campo de Montiel y de Alcaraz, gracias a las cuales la villa de Lillo cobraba bastantes maravedíes como derecho de portazgo, pero que de un tiempo a esa parte habían cerrado el camino, con lo cual las gentes debían de cambiar de rumbo y tomar el camino que les llevaba a Corral de Almaguer o a Montealegre, perdiendo así el arzobispo las rentas del citado portazgo que pasaban a cobrar los miembros de la Orden de Santiago. Añade el informador de Lillo que era costumbre antigua que los vecinos de este lugar, cuando movían sus productos o mercaderías no pagaran portazgo ni en Tembleque, ni en Colmenar ni en Villacañas, lugares de la Orden de San Juan, pero que últimamente el prior les obligaba a pagar este impuesto, algo que veían sumamente injusto. No deja de ser interesante este informe, tanto por su antigüedad como por la aportación que nos hace al estado de algunas de las localidades que el arzobispado de Toledo controlaba fiscalmente y que servían como importante fuente de financiación de la mitra toledana.

*José García Cano es académico correspondiente en Consuegra de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo.