Ana Nodal de Arce

Me la juego

Ana Nodal de Arce


Nuestra patria

21/12/2023


Decía el poeta Rilke que la verdadera patria del hombre es la infancia. Debe ser así, porque, al evocar las navidades, son aquellas de cuando era niña las que dibujo con más nitidez  y con una nostalgia que llega a doler.
En mi bendito barrio, el Poblado, la Navidad empezaba con las vacaciones, que solían coincidir con el sorteo de la Lotería y aquellos monótonos cánticos de los niños de San Ildefonso. A la hora de comer, veíamos en el telediario a los agraciados, que descorchaban botellas de sidra, mientras anhelábamos ese premio gordo que nunca llegó. Bueno, ni ese ni ninguno, aunque en casa cada 22 de diciembre se celebraban los cumpleaños de mi padre y de mi abuela. El tiempo fue implacable y llegó un momento que esos aniversarios se escondieron en la memoria del corazón a la que alude García Márquez.
La Nochebuena era nuestra fiesta grande, sin luces, sin derroches, más allá de la ilusión y de festejar una cena especial. Antes, por la tarde, tocaba pedir el  aguinaldo por las casas del barrio, pandereta en mano y entonando a voz en grito uno de los villancicos propios de estas fiestas. Nada de Mariah Carey, esa señora que ha desplazado a nuestros peces en el río o al borriquito que iba a Belén, invadiendo nuestro espacio, sin saber siquiera qué dice en su pegadiza, pero cansina canción. Aprovecho para reivindicar esos villancicos de toda la vida, los que aprendimos en el colegio, en mi caso en el de la Fábrica de Armas, y los que se perpetuaron en la memoria de nuestros hijos, vestidos de pastorcillos el último día de clase.
Mi barrio, es verdad, sigue sin luces, salvo el austero 'Feliz Navidad' que se repite cada año. Yo no quiero más. No me gustaría que nuestras calles fueran conquistadas por esos colores que se me antojan espléndidos en el Casco. Ahí no hemos cambiado. Sí echo de menos las alegres nochebuenas de la infancia, esas cenas suculentas, para nuestras costumbres, con la abuela, los tíos, mis queridos primos y mi madre acogiendo a su familia con la generosa calidez del inmenso cariño. Nuestro universo infantil era ajeno a las preocupaciones, mientras se palpaba una felicidad pura, limpia, inocente. Tan lejana ahora como esas primeras emisiones de la tele en color, que vaticinaban un futuro que no fue tan brillante como esperábamos.
La siguiente gran celebración era la Nochevieja, con las uvas atropelladas, el reloj de la Puerta del Sol y sus engañosos cuartos, y la música de las galas, presentadas  por artistas guapas, escotadas y de largo, y señores elegantes, con pajarita. El 1 de enero, los valses desde Viena. Y los saltos de esquí. Pero faltaba lo mejor: la Noche de Reyes, en la que sus majestades de Oriente no solían dejarnos los regalos que habíamos pedido en nuestra carta, aunque eso daba igual. Al fin y al cabo, nos sentíamos afortunados de recibir presentes, entre los millones de niños del mundo que sufrían carencias. Con el paso de los años, cuando pesan las ausencias, quiero expresar mi agradecimiento eterno a esos reyes que en el hogar nos transmitieron los valores que, aún hoy, nos hacen volver a la infancia en busca de nuestra verdadera patria. Cuando dejamos de creer, se acaba la magia. Y eso, nunca. Feliz Navidad, queridos lectores.