Sin toros no hay paraíso

Mario Gómez / LAS VENTAS
-

Una anodina corrida de Victoriano del Río da al traste con las intenciones de la terna. Rufo pasea una oreja, Castella muestra voluntad y Manzanares adolece de clarividencia

Rufo firmó lo más destacado de la tarde ante el tercero. - Foto: Plaza 1

El primer gran cartel de San Isidro tuvo todos los ingredientes, menos el principal: el toro. Y no es porque la ganadería anunciada no tuviera la categoría suficiente, pues este mismo coso ha sido testigo de grandes toros de esta divisa, sino porque lo que sorteó, enchiqueró y lidió Victoriano, del Río no fue ni por hechuras ni por juego propio de la casa.

La corrida estaba saliendo más muletera que de primeros tercios, pero en el tercero el run-run comenzó cuando Blasco y Sánchez se desmonteraron. Mientras tanto Rufo brindaba al público y se echaba de rodillas en el tercio para torear en redondo. Ya erguido toreó también en redondo, pero el de Victoriano se lo echó a los lomos y lo lanzó por los aires. Volvió a la cara del toro, asentado sobre los riñones, tragando y empujando las embestidas de un ánimo que ya no pasaba. Madrid se puso en pie para valorar el esfuerzo de un Rufo que rubricó la faena con tres cuartos de  estocada en lo alto que reventó al burel y puso un trofeo en su mano.

El saludo al sexto pasó inadvertido entre miaus y guaus y gritos de "toro-toro". Todo ello a un 'Ebanista' de 592 kilos y dos leños por delante. Duarte y Sánchez se desmonteraron, antes de que Rufo comenzase por estatuarios una faena que tenía al público con él. Victoriano es una de sus ganaderías fetiche y Ebanista traía en sus adentros las embestidas, trasmisión y emociones que el toledano necesitaba. Lo que subió por la derecha, Ebanista lo perdió por el izquierdo, y el desarme valió a Rufo para volver a derechas, pretendiendo relanzar la faena. Ya nada fue lo mismo, nada se asemejó a lo anterior, ni siquiera la espada.

Frenado salió el primero y Castella sufrió el aire, con el capote, pero especialmente con la muleta. Y eso que comenzó buscando el resguardo de las tablas en el seno de la Puerta Grande. Animal con querer pero sin poder. Entre voces de protesta al trapío del toro y rachas de viento, Castella se colocaba y el aire lo desbarataba. No va más.

La suavidad de los toques de Castella al cuarto contrastaba con lo volcánico de su inicio de faena. Apostó por estatuarios antes de alternar ambos pitones. Antes de alternar trazos rectos y curvilíneos, antes de procurar el arrimón en los terrenos de un toro de medias arrancadas, freno tras el embroque y miradas de reojo a tablas. Hubo también hueco para artificios por detrás, quintetos de pases de pecho encadenados, y varios intentos de muletazos a pies juntos que, ante la falta de mando, quedaron en tornillazos a la muleta en una faena de más a menos, que a pesar del aviso, tuvo leve petición.

A pesar de que le arrancó el capote, el segundo llevaba miel en sus embestidas. Hacía el avión por el derecho y fumigaba de aroma los muletazos. Madrid se lo cantó pronto a un Manzanares elegante y esteta, pero el 7 aprovechaba para tocarle las palmas de tango y protestar la colocación. Madrid con más rabia jaleaba al alicantino, que por el izquierdo se topó con la condición del animal y la molestia del aire. Una tanda más por el derecho y con la duda de qué pasaría, media, en muy buen sitio, recibiendo dejó todo en ovación.

Al quinto lo cerraron tras banderillas en el burladero del 1, y casi no llegó a rematar cuando Manzanares ya lo recogió con la muleta. Dos buenos puyazos de Paco María precedieron un trasteo despegado del alicantino. Siempre hacia afuera, Manzanares no pareció cómodo con el burel y ni siquiera con la espada anduvo fino. Pitos

ARCHIVADO EN: Toros, Ganadería, Madrid