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De «tafurerías» y antiguos «tablajeros» toledanos

Adolfo de Mingo
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Esta ciudad era célebre por su juego a finales de la Edad Media. La antigua «Tafurería» o «Casa de Tahúres» estaba situada junto al mesón de la Calahorra, cerca de Zocodover, a la altura de la calle de la Sierpe

De «tafurerías» y antiguos «tablajeros» toledanos

Hace alrededor de veinte años, durante las obras de demolición de una antigua vivienda en el Corredorcillo de San Bartolomé, apareció una vieja baraja de finales del siglo XVI. Estaba formada por 49 naipes -firmados algunos de ellos por Felipe Ayet y Pierre Pepín, de supuesto origen valenciano o sevillano- y tenía la propiedad de trasladar a quienes los contemplaban al bullicioso Toledo transmitido por Cervantes o Guzmán de Alfarache. Una ciudad famosa a finales de la Edad Media por sus tableros de azar y donde dados, naipes y chuecas compartían espacio con alquerques, jaldetas y otros juegos de los que apenas si podemos recordar los nombres.

Algo semejante sucede con la vieja «Tafurería», edificio situado en las proximidades del mesón de la Calahorra, cerca de Zocodover -probablemente a la altura de la calle de la Sierpe-, mencionado ya en el siglo XIII, cuando Alfonso X el Sabio reglamentó el funcionamiento de las tablajerías o casas de juego en su Ordenamiento de las tahurerías (1276). Tanto la Tafurería como su mesón inmediato seguían funcionando en 1312, cuando ya eran propiedad «del común de Toledo», es decir, de titularidad municipal, y le eran arrendados a Alfonso Esteban para su explotación.

Los tableros -que, como recuerda el historiador Ricardo Izquierdo en su libro Un espacio desordenado: Toledo a fines de la Edad Media (UCLM, 1996), generaban «unos impuestos que, en concepto de rentas (la renta de los tableros de los juegos por el pago del uso de las mesas sobre las que se jugaba) podían suponer unos importantes ingresos para las haciendas municipales»- reportaron a Toledo pingües beneficios hasta que el rey Juan II decidió prohibirlos en la primera mitad del siglo XV. Durante los cien años siguientes, esta ciudad sería el núcleo de numerosas disposiciones, tanto a favor como en contra, relacionadas con el juego. Enrique IV, en 1461, advertía a las autoridades toledanas su relajada actitud contra quienes mantenían la costumbre de practicarlo, incluso en espacios pertenecientes a la Corona, en contra de las leyes de Castilla. Estas estipulaban duras penas contra los jugadores: dos años de destierro y la pérdida de sus oficios y de todos sus bienes. De poco sirvieron.

Diez años después se ordenaba que nadie osase «tener tableros de jugar dados en sus casas», ni consintiese su instalación, so pena de destierro (si el infractor era un caballero), pérdida de los bienes (si se trataba de un escudero) y una enorme multa, para el propietario de los dados, de 5.000 maravedís y cien azotes públicos. El gran número de medidas adoptadas para reprimir el juego a lo largo de la segunda mitad del siglo XV nos indica una práctica generalizada que pronto llevó a regular incluso el monto de las apuestas, permitiéndose a partir de 1478 hacerlas en fruta o en vino, siempre que la cantidad no superase los dos reales.

Tanto los Reyes Católicos -especialmente en las Cortes de Toledo de 1480, con las súplicas posteriores por parte de las autoridades municipales de que fuese levantada la prohibición, que tantos miles de maravedís al año les arrebataba- como Juana I continuaron en esta línea. El 24 de agosto de 1529, Carlos I ordenaba desde Toledo a las audiencias y justicias de Indias la prohibición, bajo amenaza de fuertes sanciones, de «los grandes y excesivos juegos, y que ninguno juegue con dados, ni los tenga en su poder (…) y que nadie juegue a los naipes ni a otro juego más de 10 pesos en su día natural de 24 horas».

El de los dados parece haber sido el juego más representativo de aquella época, o, al menos, contra el que iban dirigidas la mayoría de las disposiciones. Es posible, según Izquierdo, que algunas de ellas tuviesen calado entre la población, pero no para disuadirla de seguir jugando, sino para sustituir, a finales del siglo XV, el juego de los dados por otro de tablero llamado «jaldeta» o «cincuenta». Este debió de ser muy popular en la época, según recogió Juan del Enzina en sus Disparates («En un puerco, a la jineta, / vi venir a san Zorito, / jugando con un garlito / al juego de la jaldeta»). «Lo que verdaderamente se prohibía, más que el juego en sí -concluye Izquierdo-, era jugar a dinero, pues en ello era donde se consideraba que radicaban los motivos de muchas alteraciones, tanto del orden moral, al considerar al juego como un vicio (blasfemias, presencia de menores, etc.), como del orden público (reyertas, engaños, robos, etc.)».

La literatura picaresca, desde El Lazarillo de Tormes hasta Guzmán de Alfarache, aportan numerosos detalles sobre el juego. Este último, por ejemplo, describe el «flux» o mano de cartas de un mismo palo que entró a un labrador vecino de Olías del Rey durante una partida. Diego de Carriazo, uno de los dos protagonistas de La ilustre fregona, de Cervantes, «aprendió a jugar a la taba en Madrid y al rentoy en las ventillas de Toledo, y a presa y pinta en pie en las barbacanas de Sevilla». El rentoy era un juego de naipes por parejas y con señas en donde se repartían tres cartas y se robaba, siendo el número dos la carta mayor de cada palo. Los juegos de tablero, por otra parte, seguían siendo un entretenimiento cotidiano en tiempos de Tirso de Molina (1579-1648), quien los convirtió en metáfora amorosa dentro de sus Cigarrales de Toledo (1621): «Tahúr es amor tirano / y este jardín tablajero, / jugad los dos mano a mano, / y tiraos como enemigos / los restos, que yo os prometo / que estáis picados, amigos».

Ni siquiera la propia iglesia estaba a salvo de estos recursos retóricos. Manuel de León Marchante dedicó en 1657 dos de los abundantes villancicos conservados en la Catedral de Toledo -los cuales suelen encerrar, como ha estudiado el profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha Javier Moreno Abad, una dimensión social ligada al hecho religioso- al «juego del hombre», es decir, la mismísima religión resumida como si de una partida de naipes se tratase: «Es la baraja la Muerte, / y entra en el juego el Infierno; / púsole de esclavo el nombre, / al hombre el rey del Ocaso; / y como él dijo: yo paso, / dijo Dios: pues yo me hago hombre». En este singular villancico, Herodes era el «rey de espadas» y «nació Dios humilde y pobre, / como diestro jugador, / que para arrastrar después, quiso triunfar de menor». En otro, personajes como san Pablo, Longinos (el soldado romano que dio la lanzada a Cristo) o Gestas (el mal ladrón, crucificado junto a Cristo y san Dimas) juegan a las cartas según sus identidades. San Esteban, por ejemplo, que murió lapidado, gana la partida por acumular tantos o «piedras». San Pedro, que juega a espadas, lanza una «polla» (expresión entendida como «apuesta») que, de no cantar el gallo, perdería contra los demás.

En los siglos posteriores, miles y miles de partidas se sucederían en esta ciudad, algunas tan insólitas como la que tuvo lugar el 4 de enero de 1830, cuando se congeló el río Tajo durante ocho días, especialmente entre los restos del Artificio y la presa aguas abajo del Barco de Pasaje, y los toledanos -recogió el curial Felipe Sierra- «bailaban encima y tendían las capas para jugar a los naipes».

Con la llegada de la prensa se conocerán nuevas timbas ilegales, como las que bandas de chiquillos acostumbraban a montar en las plazas de Padilla y de los Postes. O en la calle de la Merced, junto al palacio de la Diputación Provincial, donde -según El Castellano, en 1926- «se sitúa con bastante frecuencia durante las horas de siesta una partida de mozalbetes que mueve los naipes con bastante soltura y juega palabras indecorosas y blasfemias de todas magnitudes con incalificable descaro».

También el resto de la provincia de Toledo abunda en ejemplos similares, muchos de ellos sucesos violentos como resultado de trampas o de simples discusiones al calor de la partida, como la que hundió la cabeza a Ignacio Urbina tras un banquetazo, propinado por Santiago Sánchez Hijón después de una mala mano de brisca en Santa Cruz de la Zarza en 1923. No debemos olvidar, para finalizar, que incluso la propia patrona de Maqueda, según una antigua tradición, es venerada en esta importante localidad toledana con el nombre de la Virgen de los Dados.