«Es la vida del cojo»

J. Monroy
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Javier Payo e IsabelFernández, responsables de Aidiscam, muestran las dificultades con las que se topa una persona en silla deruedas al tratar de entrar a los locales de una calle tan céntrica como la del Comercio

«Es la vida del cojo» - Foto: VÁ­ctor Ballesteros

«Es la vida del cojo», repite con ironía cada vez que topa con el problema Javier Payo, presidente de la Asociación para la Integración de Personas con Discapacidad de Castilla-La Mancha en Toledo (Aidiscam); como queriendo quitarle hierro al asunto. Aunque Payo sabe muy bien, lo sabe por las bravas, que no hay hierro que quitar. Por eso está dispuesto a denunciar estos problemas, la fatal de accesibilidad con la que las personas que tienen que utilizar una silla de ruedas se encuentran a la entrada de todo tipo de locales, ya sean comercio o bares.
Hemos elegido el Casco histórico para empezar. Aunque no es una situación exclusiva de este barrio de la ciudad. En Santa Teresa, por ejemplo, explica Isabel Fernández, vicepresidente de la entidad, «de los bares que yo frecuento, al único al que yo puedo entrar al bar sin problema y al baño es al Central Perk; el resto, o tienen escaleras, o la puerta es estrecha, o no hay baño adaptado». Así ocurre, en realidad, en toda la ciudad. A la hora de tomar una copa en un local adaptado en el Casco, entre ambos solo se acuerdan del Círculo.
Nos lo demuestran. Iniciamos nuestro recorrido por el Casco por un bar accesible, sin escalones para entrar. Pero ojo, apuntan ambos, «el baño está abajo, y hay escaleras». Más cerca de Zocodover, vamos a encontrar otro local adaptado, en el que, de nuevo, «sí, tienen un baño con personas de movilidad reducida, pero es un almacén», apunta Payo con la aprobación de Fernández, quien resalta que no es un hecho puntual, «me ha pasado muchas veces de querer ir al baño y me dicen que tienen que sacar las cajas, cuando yo tengo que ir ya».
Camino de Zocodover, todo son problemas. Hay turistas con maletas en medio de la acera. Y luego están los que esperan el trenecito o el bus turístico y no hacen el menor ademán de apartarse. Pues Payo y Fernández no están dispuestos a ir por la carretera en una calle tan transitada como Carlos V. Un vial que no solo tiene una cuesta muy pronunciada, sino que no tiene el mejor suelo para ir en silla de ruedas. A Payo le cuesta. Fernández es campeona del mundo de kárate, está en forma, pero esta mañana se ha lesionado un tanto entrenando, y tampoco va cómoda.
En Zocodover ya encontramos locales sin rampa. Y ojo, que los que tienen una entrada secundaria adaptada no lo avisan, como deberían, por lo que si la persona en silla de ruedas no lo sabe de antemano, lo más normal es que se dé la vuelta.
Nuestro objetivo es el vial más comercial del Casco, la calle ‘Ancha’. Allí lo primero que vemos son locales para el turismo y grandes cadenas de ropa. Es cierto, nos muestra Fernández, que algunas de las segundas se puede entrar por medio de una rampa. De poco le sirve. Para empezar, no hay espacio en los pasillos para que ella entre o gire con la silla. Luego, no hay ascensores para la distintas plantas. «Y si voy a un probador adaptado, lo tienen de almacén», se lamenta. El problema no es solo del Casco, se da también en los centros comerciales. Payo apunta todavía otro problema: hay locales con rampa con la apertura de puerta hacia la calle, cuando la ley dice que se tiene que producir hacia el interior del local, para facilitar el acceso. «Porque si ya de por sí nos cuesta acceder habiendo rampa, imagínate abriendo la puerta hacia la rampa», explica.
Nos encontramos también con un banco con acceso mecánico hasta el cajero, cuando haya una persona pendiente, pero con varias escaleras en el interior. Por la puerta principal no se puede entrar; otra cosa es que hubiera una puerta secundaria, pero de nuevo no se avisa en la puerta de que la haya.
Allí Payo señala su experiencia en una tienda de venta de carcasas de móvil, donde tuvo que comprar «desde lejos, porque no había rampa». Al final lo consiguió, pero desde la calle, sin poder entrar.
Gracias a la presión del Cermi, Starbuck es hoy en día un local adaptado, quizás de los pocos de la calle del Comercio, junto al espacio de al lado y la tienda de venta de jamón Viandas Salamanca. «Han puesto el acceso de aquella forma -comenta Payo-, pero dime otro sitio que esté adaptado», va contando durante el paseo. Además, para llegar a la rampa, hay que superar el escalón de la acera.
De ahí para abajo, ya la cosa de pende de la voluntad de los propietarios para poner una rampa de madera. Además, con tantos escalones, «si tienen una rampa, ¿de qué pendiente será?». Cierto es que encontramos hasta las Cuatro Calles tres locales con una pequeña rampa interior, pero dos de ellos con mucha pendiente y además, inclinada hacia un lateral, con lo que «al bajar te caes de lado».
Hacemos una prueba. Fernández trata de entrar a una concurrida tienda al final de la calle del Comercio. Después de estar esperando un rato en la puerta, llamando la atención de los trabajadores, consigue hablar con uno de ellos. La solución que le da es que le ayude alguien a subir los escalones, o que la tratan de subir a pulso entre varios empleados. «No me fío porque no son personas cualificadas para hacer el transporte de una persona en silla, a parte de la dignidad mía, me río por no llorar. No quiero que me suban en brazos, sino que me pongan una rampa, que ya lo hago yo». «Ese es el día a día que vivimos las personas con movilidad reducida», apostilla Payo.
Reconoce el presidente provincial de Aidiscam que en el Casco de Toledo, por su estructura, es muy difícil desarrollar ciertas reformas estructurales. Pero siempre hay alternativas. Se pueden buscar rampas de madera con un grado suficiente para sea fácil el acceso. Además, hay otras alternativas técnicas, como rampas retráctiles o montacargas. El problema es que «todos estos aparatos son muy caros». Todo queda, por lo tanto, a la voluntad del empresario o la cadena. Y si no hay voluntad en la zona más comercial de la ciudad, mucho menos lo habrá en otras zonas del Casco.
Legislación. Todo esto ocurre, mientras que la legislación trata de proteger a las personas con discapacidad. Recuerda Payo que hay diferentes leyes que recogen la obligatoriedad de que los negocios públicos sean accesibles. Curiosamente, donde sí se está cumpliendo la ley es en el mundo digital. Las web respetan la ley y son accesibles de forma muy avanzada, «pero realmente, la ley tangible, que es la ley de Accesibilidad brilla por su ausencia». Muchas instituciones y espacios públicos están adaptándose poco a poco, pero muchas todavía no están adaptadas». En lo que a los comercios que hemos visto se refiere, Payo advierte que ya ha pasado la moratoria para que los negocios se adapten, «y francamente, hay muchísimos lugares que no lo hacen».
En realidad, ¿qué dice la ley? Contempla que todo edificio ha de tener un itinerario accesible fácilmente localizable, que comunique al menos una entrada principal accesible con la vía pública y las plazas de aparcamiento.
Hay incumplimientos por todas partes, apunta Payo. Tantos, que Cocemfe desarrolló el pasado año una campaña de concienciación sobre personas secuestradas en sus propios hogares; hombres y mujeres con alguna discapacidad, a los que su comunidad de propietarios no les adapta la salida, y no pueden salir de casa. Son quizás personas mayores que viven en un segundo y no pueden salir.
Cuando no se dan las circunstancias de accesibilidad, a la postre, lo que está ocurriendo es que las personas con discapacidad optan por cambiar de bar. Podrían denunciar, explica Payo, «aunque habitualmente, la gente no lo hace». El resultado puede ser una sanción.
A la postre, concluye Payo, es una cuestión de voluntad y de civismo por parte de los propietarios de los establecimientos y de los responsables de lo público que quieran desarrollar estas políticas. Ahora que hay una nueva constitución de las distintas administraciones, expresa su deseo de que «ojalá que los políticos que entren ahora tengan una visión mayor».