Protagonistas de su película

M.G
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Protagonistas de su película - Foto: VÁ­ctor Ballesteros

Los usuarios de la ONCE acuden a sesiones de terapia rehabilitadora para aprovechar al máximo el resto visual, aprender a desenvolverse en tareas cotidianas y a moverse en la calle

«Aquí los protagonistas de la película son ellos y el entorno, los familiares y los amigos son los secundarios, pero para que la película funcione tienen que hacerlo ambos». Es lo que suele decir Dani Hormigos, técnico de rehabilitación de la ONCE, cuando ve por primera vez a un paciente. Por su despacho, lleno de lupas, gafas y artilugios, pasan muchos afiliados «para sacar el mayor rendimiento posible» a su resto visual. También acuden afiliados ciegos para aprender a desplazarse por la calle y a desenvolverse en la vida diaria.
Hay usuarios que con lupas de tres aumentos consiguen una ayuda importante, otros utilizan unas gafas con lupas para poder ver la televisión o pantallas similares a las del ordenador para leer y ver fotos y casi todos utilizan gafas oscuras para evitar que el sol termine eclipsando la poca visión que tienen por sus distintas patologías.
Dani explica que el 80%de los afiliados a la ONCE mantiene un resto visual del 10% o menos, mientras el 20%restante son ciegos. En  el área de rehabilitación se trabaja con los dos grupos y con cada persona se realiza esta labor de adaptación de forma individualizada, según sus necesidades, puesto que muchos de ellos tienen enfermedades que afectan a la agudeza visual, como cataratas o degeneración macular, y otros centradas en el campo visual, como ocurre con el glaucoma y retinosis.
Para que un usuario entre en el área de rehabilitación debe recorrer un itinerario. Tras su afiliación a la ONCE se estudian sus necesidades y se pone en marcha un plan de actuación, se le asigna un coordinador de su caso y se le deriva a un oftalmólogo a Madrid que tarda entre mes y mes y medio en atenderle. A los pocos días ya se sienta en el despacho de Dani, que a su vez ha recibido información suficiente de la patología y de sus necesidades.
una historia de lucha. Esta semana ha pasado por allí Carmen, que ha estado más de un día prácticando con el bastón para ganar seguridad en la calle. A ella le han ofrecido un perro guía, pero lo ha rechazado porque le quita autonomía y no se ve capaz de cuidar al animal. No todos los usuarios son candidatos y su asignación también requiere varias valoraciones previas, la del médico, la del psicólogo y la del técnico rehabilitador, puesto que es necesario aseguarse de que es la mejor fórmula, ya que exige el adiestramiento previo del ejemplar y el aprendizaje del usuario. También hay que tener en cuenta los costes, ya que cada perro guía puede alcanzar los 36.000 euros, «con lo que hay que estar seguro de que el perro va a ser la mejor ayuda para la persona».
Carmen vive sola y se desenvuelve con soltura en su día a día. Le ha costado tiempo y mucho esfuerzo, pero ella le ha puesto muchas ganas siempre. «Es muy peleona», confiesa Dani delante suya. Ambos se conocieron en La Iglesuela, su pueblo natal hace años, y él le recomendó que leyera y estudiara a pesar «de lo poco que veía». Le hizo caso, aunque no suele decir que fue a la universidad, y se convirtió en educadora social gracias a la diplomatura que cursó en Talavera de la Reina.
Carmen es inquieta. Le gusta estar en la calle, conocer lugares, lee todo lo que puede -«unas tres o cuatro horas diarias»- se prepara la comida sin ayuda de nadie e incluso limpia la casa. No le resulta fácil porque es prácticamente ciega, ya que únicamente le queda un resto visual de un 1%, pero lleva a rajatabla los consejos de Dani para conseguir una vida autónoma y se ha trasladado a vivir a Toledo hace seis meses.
«Siempre les digo que una persona afiliada tiene que ser muy ordenada». Es la clave para vestirse sin ayuda, moverse libremente por la vivienda y poder desenvolverse bien en su vida diaria.
Dani le propone a Carmen un ejercicio. «Toma», le dice y le da unas cuantas monedas. Ella utiliza la yema de los dedos para tocar y recorrer el canto de cada una de ellas y distinguir las monedas.  «Tres euros y medio», contesta al poco tiempo.
Carmen no tiene problemas tampoco para ir a comprar, pero ir al supermercado es demasiado porque resulta imposible dar con los productos en las estanterías. Para esta tarea necesita acompañante, llamar por teléfono para realizar el pedido o acercarse a Eroski, que hace tiempo firmó un convenio para acompañar a los clientes con discapacidad.
Quizá lo más curioso sea cómo se maneja limpiando la casa. Barre las habitaciones siguiendo cierto orden para arrinconar la suciedad y las pelusas en una misma zona antes de recogerlas. Es una prueba más de ese orden tan necesario en la vida de una persona ciega para no tropezar, para combinarse bien la ropa o, simplemente, para no perderse en una calle.
Ella tiene bien cogidas las medidas para hacer legumbres, pero se atreve con muchos platos más salvo con los fritos porque corre el riesgo de que el aceite le salte y prefiere el pescado o la carne a la plancha. Algunos usuarios le piden a Dani que les enseñe a cocinar, pero como rehabilitador lo que aprenden con él son normas de seguridad para no quemarse, cómo colocar las cacerolas y las sartenes bien en la vitro y otras medidas que también ayudan.
Carmen se afilió a la ONCE en 2005, pero llevaba toda su vida sufriendo distintas patologías en sus  ojos. «Mis problemas visuales fueron de nacimiento, pero mi familia no se dio cuenta. Empecé a perder vista y con 20 años o más fui a un oftalmólogo de Madrid y se echó las manos a la cabeza». De la consulta salió «con unas gafas horrorosas» con cristales muy gordos que le traumatizaron, pero se fue adaptando poco a poco a ellas, también a su ceguera progresiva, que se aceleró en los últimos años. Aun así, ha disfrutado de distintos trabajos, aunque le hubiera gustado también vender cupones en la ONCE, pero ya era demasiado mayor y no encajaba en el perfil.
Ahora, con 61 años, ha decidido mudarse y vivir en Toledo porque le gusta mucho la ciudad y mantiene varias amistades. Cuando ella necesita ayuda en la calle la pide sin problemas. También ha aprendido a rechazarla con amabilidad si se la ofrecen y no la necesita. En este caso, Dani habla mucho con los usuarios y sus familiares para evitar «la sobreprotección», ya que les resta mucha autonomía.
La terapia rehabilitadora termina con un paseo hasta la parada de  autobús más cercana, con escaleras y otros obstáculos casi insalvables porque la calle está en obras, pero Carmen los sortea con cierta agilidad a pesar de que el bastón le pueda jugar alguna mala pasada. Quizá tarde un poco más, pero a estas horas -las dos de la tarde- toca que se vaya a casa en autobús y se prepare algo para comer.