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Acoso y derribo de un coloso

Enrique García Gómez*
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«Este fin de semana hemos asistido a uno de los mayores atentados al medio natural de la ciudad de Toledo». Enrique García Gómez se refiere a la «mutilación que ha sufrido uno de los más importantes árboles del término municipal», el Taray de Safont

El taray de Safont fue mutilado el pasado viernes. - Foto: Enrique García Gómez

Durante estos últimos días, semanas y meses no ganamos para sustos. Parece que la naturaleza se rebela ante la presión humana y utiliza las diferentes armas que tiene para contraatacar. Nos encontramos en un momento caótico: pandemias, tempestades… Y las personas ante tantos y tan importantes contratiempos parece que andamos descentrados, o como dirían algunos de manera más castiza, andamos barutos.

No puede ser de otra manera si pensamos en alguno de los aconteceres más recientes que estamos viviendo, ante la furia de la naturaleza una reacción sin control de personas y personajes sobre todo aquello que se puede someter.

Este fin de semana hemos asistido a uno de los mayores atentados al medio natural de la ciudad de Toledo. No me refiero al caótico estado en que ha quedado el arbolado urbano y el entorno forestal tras el paso de Filomena, que ha obedecido a la saña con la que se ha cebado la naturaleza y poco podíamos hacer. Me refiero a la mutilación que ha sufrido uno de los más importantes árboles del término municipal. Ha sido un ataque a la línea de flotación del patrimonio toledano. No era un árbol, ¡era un monumento!

El taray de Safont el 1 de noviembre de 2016.El taray de Safont el 1 de noviembre de 2016. - Foto: Enrique García GómezEl Taray de Safont, con mayúsculas, pues su importancia le hacía tener nombre propio, era un regalo de la naturaleza, una de esas cosas tan asombrosas que hay que verlas para creerlas. Aunque estaba –y aún están los restos que han quedado– en medio del parque de Safont, en las proximidades de la presa, es de los pocos retazos naturales que se mantienen de cuando el río era más libre, tenía sus crecidas y avenidas, erosionaba y aterraba sus márgenes, era dueño de sus dominios y generaba una vegetación de ribera mucho más allá de la propia lámina de agua. Era uno de los últimos testigos de esos procesos naturales que con el desarrollo urbano quedó atrapado por la ciudad, en lo que ahora se llaman parques periurbanos. Todavía así, alejado de su cauce madre y de los avatares del río, vegetaba con una vitalidad extraordinaria, ajeno a los cambios de su entorno y demostrando que era el legítimo habitante del lugar, el merecedor de todos los afectos y el más admirado ser vegetal de centenares de metros a la redonda.

Al parecer el luctuoso hecho se llevó a cabo el viernes 22 de enero, quizás para hacer los honores en la víspera de la celebración de san Ildefonso, el patrón de la ciudad. ¡Extraña forma de conmemorarlo! A lo mejor tiene que ver con aquella tradición que existía en algunos pueblos cuando los quintos del año, en la víspera de la talla, para ir a la mili, buscaban y cortaban el mayor árbol que hubiese en el término municipal para llevarlo a la plaza y acabar con él carbonizado.

Al día siguiente tuve la descorazonadora ocurrencia de ir a ver los restos de tan grandiosa obra arboricida. Desazón, impotencia, rabia… Allí yace postrados los restos de esa monumental faena.

El taray de Safont es una fotografía del 12 de marzo de 1991.El taray de Safont es una fotografía del 12 de marzo de 1991. - Foto: Enrique García GómezLos tarayes, en este caso el ejemplar es de la especie Tamarix gallica, son, según los libros y la teoría, grandes arbustos o pequeños arbolillos. Sin embargo, a nadie se le ocurriría denominarle así a nuestro triste protagonista, sería un deshonor para él, pues era de una talla descomunal. Tienen la característica de que no crecen con un único tallo vertical, erguido, recto, que culmine en la copa, como es la imagen de la mayor parte de los árboles, so pena que estén sometidos a periódicos recortes y podas para guiarlos. Son tortuosos, ramosos, irregulares, con varios troncos y siempre torcidos y retorcidos. No son el estereotipo de árbol.

Una ciudad patrimonial como Toledo lo es por sus monumentos, su historia…y lo debería ser por su cultura. Sin embargo, actos de este tipo nos hacen dudar de esto último. ¿Qué hace falta hacer para que quede claro que el patrimonio natural es una parte básica del patrimonio? La obra de la naturaleza suele ser más perfecta y más armónica que la del ser humano. Hoy nos falta un monumento, que equiparándolo con los arquitectónicos podría ser la Puerta del Sol o la iglesia de Santiago el Mayor ¡En ese rango estaba el árbol! Si uno de esos monumentos hechos por las personas se hubiese derribado por la acción humana el viernes por la tarde en estos momentos estaría temblando el cielo y la Tierra de la reacción social.

Nuestro protagonista de viejo y voluminoso yacía con sus dos brazos apoyados sobre el suelo, un proceso natural. La fuerza de la gravedad dominaba sobre sus añosos troncos, incapaces se erguirse. Troncos que en las mediciones llevadas a cabo hace diez años medían 3 m de perímetro uno y 2,5 m el otro. Hace una década otros descerebrados tuvieron la ocurrencia de cortar otros dos brazos –troncos– de similares medidas pues debían considerar que un árbol que se precie debe tener sus troncos erguidos y no paralelos al terreno. Contra viento y marea, dos lustros después, el taray se había rehecho, aunque las heridas de guerra nunca se curan.

Esta fotografía permite ver el tamaño y dimensiones del taray si se compara con las dos personas que pasean junto a él.Esta fotografía permite ver el tamaño y dimensiones del taray si se compara con las dos personas que pasean junto a él. - Foto: Enrique García GómezQuizás el peso de la nieve le rompiese alguna rama, pero desde luego no resquebrajó los troncos a la altura que los han cortado, dejándolos como muñones. Si hubiese habido alguna fractura en sus ramas nunca, nunca, es motivo para masacrarlo. Se me viene a la cabeza cuando en octubre de 2018 se cayó una piedra de la torre de la Catedral Primada. A nadie se le ocurrió tirar la torre para evitar problemas semejantes en el futuro, todo lo contrario, sirvió como acicate para proceder a la magnífica restauración de la misma.

No es un árbol descubierto ahora que ha ocurrido un suceso tan escandaloso. Ya en el libro de ‘Plantas singulares de la ciudad de Toledo’, de 2007, aparecía como uno de los grandes y vetustos ejemplares. También se destacaba en el de ‘Árboles y arboledas monumentales del río Tajo en la provincia de Toledo’, publicado en 2011. A pesar de toda su importancia y monumentalidad nunca el consistorio municipal hizo nada para protegerlo junto a sus destacados congéneres de celulosa. Localidades de la provincia como Illescas tienen, desde hace 20 años, una Ordenanza de protección de arbolado de interés local, precisamente para proteger a los ejemplares destacados y evitar lo que ha sucedido en este caso.

Sé que el Ayuntamiento no ha estado directamente implicado en este caso, pero sí tendrá la responsabilidad de investigar qué y quién ha actuado así, impunemente, sin control de ningún tipo, ante un monumento natural. Tiene la obligación de buscar responsabilidades. Y tiene la obligación de legislar y regular de una vez por todas el patrimonio arbóreo de la ciudad  ¿Se imaginan a una cuadrilla de operarios derribando al Hospital de Tavera o a San Juan de los Reyes porque tienen el mal de la piedra en algunas zonas?, ¿o a la misma cuadrilla enfoscando de cemento gris por su cuenta y riesgo los tres metros inferiores de la Mezquita del Cristo de la Luz porque las piedras están feas y con coqueras? ¡Que tiemble el cielo! El escarnio y sometimiento en plaza pública de los culpables sería poco. Para mantener un patrimonio hace falta rigor y criterio. Resulta que para hacer un enganche de agua hace falta un arqueólogo –y así ha de ser para proteger nuestras raíces históricas–, y para eliminar una maravilla centenaria de la naturaleza es suficiente con algún desaprensivo sin control ninguno y una motosierra en sus manos.

Habrá quien diga que no es tan grave, que brotará, que esa especie tiene esa capacidad. Es verdad, eso sucederá, pero el resultado final también tiene su comparación. Ante un problema estructural se podría tirar la ermita del Valle… pero no habría problema, pues quedarían los cimientos y la base de los muros para conocer las dimensiones y distribución de la misma. Quedaría una muestra de lo que fue.

Como me escribe en estos momentos un amigo: «este episodio debe ser el final de este triste periodo de castigo y odio hace el árbol en Toledo».

Todos conocerán la fama de los tarayes (mal llamados tamarindos) del Paseo de la Concha de San Sebastián, orgullo cívico de una ciudad. Pues bien, esos tarayes son soldados rasos, tropa, nuestro ejemplar era el emperador, y el mismo Dios único.

*Enrique García Gómez es Doctor en Medio Ambiente, vicedecano del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales y académico numerario de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo