Dónde está mi pediatra

María Albilla (SPC)
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Dónde está mi pediatra

Las malas perspectivas laborales hacen que en las universidades apenas unos pocos médicos potenciales quieran dedicarse en el futuro al cuidado de los niños en atención primaria

L a falta de pediatras en el Sistema Nacional de Salud está siendo un clamor en las últimas semanas. No hay especialistas y esto, en realidad, no es nuevo. Uno de cada cuatro niños en España es atendido por un médico de familia, y tampoco en la atención primaria están pingües de personal.
El problema, según Concha Herranz, presidenta de la Asociación de Médicos que ejercen en Atención Primaria Pediátrica, es que no hay especialistas que quieran ejercer en los centros de salud. ¿Por qué? Cobran menos, no hay guardias para tener ingresos extra, tampoco oportunidades para la promoción ni opciones para investigar. Como consecuencia, los jóvenes que eligen una especialización en este campo se quedan, sin duda, en los hospitales en los que han recibido la formación.
Y el clamor llega desde las propias aulas de la universidad, donde muy pocos alumnos tienen como meta ser pediatras. No les seduce la idea de dedicar una década de su vida a estudiar para pasarse luego horas infinitas en consultas abarrotadas viendo a niños con catarros y recetando paracetamol.
Con este panorama asustan más aún las estadísticas que afloran que en las Islas Baleares hay 48,9 plazas pediátricas de Atención Primaria no ocupadas por estos expertos. Un caso que se repite, por ejemplo, en 41,1 puestos en Castilla-La Mancha. En Castilla y León el dato se rebaja hasta 8,4 y, como curiosidad, es de cero en La Rioja. Al menos estas consultas tienen al frente a un profesional. Según la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (ASEap), en todo el territorio español hay 62 plazas vacantes en los centros de salud, lo que supone, unos 62.000 niños sin un médico asignado.
Estos son los datos, pero detrás de cada número hay un bebé, un niño o un adolescente... y sus padres. Pocas situaciones causarán más angustia y nerviosismo en unos progenitores que ver enfermos a sus hijos y más si habitan zonas rurales en las que su única referencia es su coche para tener que trasladarse ante un percance o, como se quejan algunos, programar la enfermedad del chaval para que se ponga malo solo los días de la semana en los que un pediatra se puede acercar un par de horas al pueblo.
Pese a lo convulso del panorama político actual, esta es una patata caliente que tendrá que afrontar el Gobierno que salga de las urnas el próximo 28 de abril. Por el momento, el Ministerio de Sanidad se ha comprometido a incrementar en un 9 por ciento las plazas de formación especializada en 2020 (450 para médicos) a través de un MIR extraordinario, pero eso no significa que vaya a ser un incentivo para despertar vocaciones entre potenciales especialistas.
Jesús Martínez, pediatra autor del libro y el blog El médico de mi hij@, defiende que el modelo de atención a la infancia está cambiando e incide en que la Pediatría de atención primaria no es atractiva. «Horarios y contratos basura que no permiten a una profesión ni la más mínima conciliación familiar de verdad, hacen nada sexy la pediatría e un centro de salud para un joven recién acabado en la élite, con las mejores notas en selectividad y el MIR», escribía hace unas semanas.
Referencia hasta los 18. Seguro que echando la vista atrás muchos lectores recuerdan quién fue su pediatra o el de sus hijos. Evocarán lo que les ayudó en una situación complicada, el cariño con el que le comentaba cómo iba el crecimiento de su bebé o el buen ojo que tuvo para detectar las enfermedades de la niñez. Porque, ellos también les han visto crecer. Antes, la atención pediátrica solo alcanzaba hasta los siete años, pero ahora el mismo médico ve a los niños hasta que ya no lo son tanto y cumplen los 18 años. De hecho, esta es una de las recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que aconseja que el profesional debe ser una persona cercana al menor desde muy pequeño para seguir su desarrollo durante toda la adolescencia, ya que ayuda a un control global de su historia clínica.
Más plazas, incentivos económicos, facilidades para conciliar... Sanidad va a tener que mover ficha más pronto que tarde para solucionar un problema creciente que, por ahora, solo se mantiene por el sobreesfuerzo de muchos profesionales que tiran, sobre todo, de vocación.