El accidente toledano de Auguste Rodin

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El famoso escultor francés visitó Toledo, acompañado de Zuloaga, en 1905. No le entusiasmó la obra del Greco, pero sí el vino de Illescas, que probó en una taberna y que después se haría llevar a París

El accidente toledano de Auguste Rodin


El escultor francés Auguste Rodin (1840-1917) fue uno de los artistas más importantes de cuantos visitaron Toledo a comienzos del siglo XX. En 1905 su éxito y contribución a la escultura contemporánea estaban ya totalmente consolidados. Rodin recibía entonces numerosos homenajes en países como Reino Unido, Alemania y también España, a donde viajó en el mes de junio para recibir el aplauso de algunos de sus principales representantes académicos y talentos artísticos.
El periódico El Heraldo de Madrid proporciona algunos datos sobre esta visita, que contó con la celebración de un multitudinario banquete en el restaurante La Huerta, junto al parque de La Bombilla. En ella fue la comidilla el accidente que el escultor había sufrido el día anterior, el 7 de junio de 1905, al realizar un viaje relámpago a Toledo en compañía de Agustín Querol, autor de los coronamientos escultóricos del Ministerio de Agricultura.
Con estas palabras lo expresaría algunos años después el crítico de arte Ricardo Gutiérrez Abascal (1883-1963), que firmaba sus crónicas con el sobrenombre de Juan de la Encina, parafraseando al escritor y periodista Corpus Barga: «Un amigo nos invitó a una excursión a Toledo en automóvil, y cuando estábamos llegando a Esquivias se nos interpuso en el camino un tío que iba montado en una mula. El auto le atropelló y estuvimos a punto de volcar. A Rodin le impresionó mucho el suceso y dio al pobre hombre, que estaba herido, todo lo que llevaba en la cartera, unas ochocientas o novecientas pesetas».
Los excursionistas aprovecharon entonces para hacer parada en Illescas y visitar los grecos del Hospital de la Caridad. Pintor, por cierto, que «no le interesó nada». «En cambio le entusiasmó el vino de la tierra -prosigue Juan de la Encina en su crónica-, unos huevos nadando en aceite y el pan negro que nos sirvieron en una taberna. Le gustó tanto el vino, que luego se lo hacía llevar a París».
La frialdad de Rodin por el Greco -pintor al que precisamente en 1905 dedicaba Miguel Utrillo su primera monografía como artista independiente- no era ninguna novedad. Hacía años que su amigo Ignacio Zuloaga intentaba transmitirle en vano su pasión por el artista cretense, cuya obra ambos visitaron en el Museo del Prado. «Ni Goya ni Greco le entusiasmaron. Más bien, al verlos aquí, sufrió una decepción. Le parecía que el Greco no sabía dibujar». Así lo repitió constantemente el francés durante su viaje a España, exasperando a Zuloaga, a quien Rodin acompañó a Córdoba para adquirir por apenas 1.000 pesetas el cuadro Visión del Apocalipsis, «que ahora es la obra que más estimo de cuantas poseo». Cuando el escultor la vio, llamó a Zuloaga aparte y dijo: «¿Pero es que se ha vuelto usted loco? No compre usted eso. Entonces le rogué que no volviéramos a hablar más del Greco».
En realidad fue la llanura castellana -«la soledad y aridez de esta y la grandiosidad de sus líneas le habían llegado al alma»- lo que más interesó a Rodin, al igual que la arquitectura de José Benito de Churriguera: «En ese gran artista veía algo profundamente identificado con la tierra de España». El escultor francés, no obstante, acabaría reconociendo al final de su vida los méritos del Greco ante su amigo Zuloaga. «Porque luego venía muy a menudo por mi estudio de París y se pasaba las horas mirando al Apocalipsis. Me empieza a gustar -me dijo una vez-. Y para mí era un misterio el que no le gustara apasionadamente el Greco, pues creo que Rodin es el artista moderno que mayor parecido tiene con el estupendo autor del Conde de Orgaz».