Patxi Andión fue Carvalho en Tembleque

Adolfo de Mingo / Toledo
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El polifacético actor, cantante y profesor, recientemente fallecido, interpretó al detective creado por Manuel Vázquez Montalbán en la película 'Asesinato en el Comité Central' (1982)

Patxi Andión fue Carvalho en Tembleque

Quienes le conocieron bien aseguran que poco había en el polifacético Patxi Andión, trágicamente fallecido en accidente de tráfico a finales de 2019, de la personalidad cínica y desengañada de Pepe Carvalho, el célebre detective creado por Manuel Vázquez Montalbán en 1972. Alguien capaz de resistir los intentos de seducción de una jovencísima Victoria Abril -con la que coincidió en Asesinato en el Comité Central (1982), a las órdenes de Vicente Aranda- reconociéndose cohibido por las comunistas y su «sentido épico o ético del polvo». 
Carvalho, a quien un miembro de la Brigada Central de Información apodado «Dillinger» -trasunto del inspector «Billy el Niño», cuyos interrogatorios y torturas durante la Transición fueron tristemente más reales que cinematográficos- describía como un excomunista que «además vive liado con una prostituta, tiene como empleado a un reconocido chorizo y recibe en su casa al elenco más impresionante de anarcoterroristas intelectuales». Un breve paso por la CIA -algo había en él que recordaba a los clásicos norteamericanos, más un aire al  francés Jean-Louis Trintignant, que es como lo imaginaba en realidad Vázquez Montalbán-, una vasta cultura y una verdadera obsesión por la gastronomía terminan de configurar un personaje a quien pocos actores habrían dicho que no.
Asesinato en el Comité Central (Planeta, 1981), la quinta novela de la serie sobre el detective, recoge la muerte del secretario general del Partido Comunista -Fernando Garrido, alter ego de Santiago Carrillo, hasta en la costumbre de fumar- a comienzos de los años ochenta, precisamente al mismo tiempo que la formación política experimentaba un serio proceso de descomposición. La adjudicación del caso a un comisario de conocidas tendencias anticomunistas lleva a los responsables del Partido a contratar a Carvalho para que identifique al asesino, quien forzosamente -Garrido fue apuñalado en un recinto cerrado y en la oscuridad, en mitad de una reunión del Comité- tiene que ser uno de los suyos.
En la película -que fue la segunda adaptación al cine de las aventuras de Carvalho tras Tatuaje (Bigas Luna, 1979)-, las pesquisas del detective le llevan hasta Tembleque, ya que de este municipio procede uno de los sospechosos de asesinato, Roberto Escapa, «campesino manchego». Este personaje, interpretado por Juan Jesús Valverde, es el alcalde de un pequeño municipio que reivindica la tradición castellana de la dulzaina como símbolo identitario. «Mi abuelo la tocaba; mi padre y un tío mío las hacen. Estaba casi abandonado todo eso hasta la democracia. Pero, como ahora todo el mundo saca señas de identidad hasta de debajo de las piedras, nosotros tenemos la dulzaina».
Desgraciadamente para el político y músico comunista, Carvalho acaba descubriendo que fue la insignia honorífica de solapa que él mismo impuso al secretario general minutos antes de su muerte -una dulzaina en miniatura representada sobre una corona de laurel- la que permitió a su asesino no errar el tiro. «Tuvo usted en las manos un objeto fatídico. La pieza fundamental para culminar con éxito una operación minuciosamente calculada. Una miniatura que emitía luz roja y que sirvió de piloto para asestar la puñalada que acabó con la vida de Garrido». El diálogo entre ambos se desarrolla en una de las galerías porticadas de la plaza mayor de Tembleque, espacio que aparece repleto de figurantes en plena fiesta local.
La investigación del detective, entorpecida tanto por agentes de la CIA como de la KGB, se desarrolla en medio de una España que va poniendo punto final a la Transición. Patxi Andión y Victoria Abril -que interpreta a Carmela, «la chica más guapa de la burocracia comunista occidental»- recorren las calles del Madrid de comienzos de los ochenta en un Renault 6 amarillo. Al igual que los escenarios, son también reconocibles varios personajes de esta etapa. El secretario Garrido es un trasunto de Santiago Carrillo, sí, pero el anticomunista comisario Fonseca (el actor barcelonés José Vivó) lo es a su vez de Roberto Conesa, tristemente célebre por sus métodos policiales, lo mismo que «Dillinger» recuerda a «Billy el Niño».
Así como Vicente Aranda sitúa a comunistas y anticomunistas frente a «espejos deformantes», según han planteado Rubén Romero y Ana Mejón (Universidad Carlos III) en un reciente análisis de la película, publicado en la revista Trípodos, tampoco faltan referencias al Gobierno de Suárez, los democristianos y la gauche divine, encarnada en personajes como Pérez-Montesa de la Hinestrilla (el actor Carlos Plaza), una suerte de Miguel Boyer: «¡Está usted hablando con un funcionario público, con un servidor de un Gobierno democrático y un demócrata de años! -exclama el personaje al sentirse acusado por Carvalho de contribuir a sostener las cloacas del estado- ¡Fui accionista de Cuadernos para el diálogo!».
A pesar del indudable atractivo de la historia y de su protagonista -con el paso del tiempo encarnarían a Carvalho Eusebio Poncela, Juan Diego y Juanjo Puigcorbé, entre otros-, Asesinato en el Comité Central no fue bien acogida ni por la crítica ni por el público, recaudando en taquilla apenas treinta y uno de los treinta y seis millones de pesetas invertidos. La «monocorde» interpretación de Patxi Andión -según La Vanguardia- no recibió precisamente grandes elogios. Todo lo contrario sucedió con Victoria Abril, que acababa de filmar, también a las órdenes de Vicente Aranda, La muchacha de las bragas de oro (1980).
Salvo la labor de Abril y del pequeño puñado de dirigentes comunistas, miembros del Comité llevados a la pantalla por intérpretes de la talla de Conrado San Martín, Héctor Alterio, Juan José Otegui o Miguel Rellán -un veterano antifascista, un ingeniero casado con una aristócrata, un antiguo etarra y un profesor universitario-, en el resto de la película la dirección actoral brilló por su ausencia. La crítica no solo acabó rechazando el inexpresivo registro de Andión, sino también actuaciones como las de los agentes extranjeros (entre ellos Jack Taylor, omnipresente en el cine español de los setenta) o el desaforado comisario Fonseca, cuya imagen de «perseguidor de rojos en otra época», molestó a ABC. Tampoco gustaron los mimbres que Vicente Aranda dio a los comunistas («Los dioses han muerto, pero los sacerdotes han quedado», manifestaba por TV una joven Rosa María Mateo para resumir la crisis del Partido tras el asesinato del secretario general). «¿Pues cómo se los imagina...?», pregunta un joven militante a Carvalho al inicio de la película. «Con cara de obrero. Una manía».