La receta del tiempo

Marta García
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la receta del tiempo - Foto: David Pérez

La jubilación de la pediatra María José Coarasa se ha estrenado con el título de Hija Adoptiva de Toledo. La pediatra repasa sus casi 30 años destinada en el centro de salud del Polígono

Hasta la semana pasada el tiempo  se paraba al final de uno de los pasillos. Los niños no entienden de relojes a pesar de las prisas diarias y ella tampoco cuando lo que importa es calmar la tos, mandar un antibiótico para unas anginas, recomendar líquidos y sueros para una gastroenteritis o vigilar que los virus y las bacterias no ganen más días de fiebre y de mala salud. El tiempo, aún con la sala de espera llena y con retrasos, ha sido la mejor receta de la pediatra María José Coarasa en estos casi treinta años de trabajo en el centro de salud del Polígono.
«Soy muy tardona», suele decir esta mujer menuda y tímida con su sonrisa bonachona, muy agradecida por la paciencia de unos padres, a veces agobiados por no volver muy tarde al trabajo, otras cansados de intentar entretener a los pequeños esperando turno, a media mañana. Pero no había quejas a pesar de que no era fácil coger cita por internet porque había que intentarlo a las ocho de la mañana y en minuto y medio se completaba la lista. Era el único sistema que le permitieron a la pediatra hace años para evitar que las citas se reservasen con días de adelanto y se duplicaran, se produjeran faltas o se pidieran «por si acaso y se quedara mucha gente fuera».
Coarasa colgó la semana pasada su bata, cerró la puerta de su pequeña consulta, personalizada con dibujos que traían los niños, para tener tiempo. «Lo más duro en estos años ha sido trabajar a contrarreloj. Aunque intentes ver a los niños con tiempo, sabes que hay un montón esperando fuera y trabajar así termina agotando». Su puerta, la última de las tres del pasillo de pediatría, también era la última que se cerraba cada día. 
María José entraba puntual e incluso algunos días veía a niños antes de comenzar la consulta porque a todos los padres les decía que si tenían algún problema y lo necesitaban pasasen antes de las ocho y media de la mañana. Y se iba a casa tarde y sin comer, a las cinco o más muchas veces. Los que la conocen también saben que es testaruda y más de una vez Laura, la mediana de sus tres hijos, se preocupaba por su salud y le recomendaba que de vez en cuando dejara la consulta para comer algo y aflojar la vejiga porque tantas horas no son buenas.
Y tanta dedicación merece un reconocimiento. El Ayuntamiento acaba de nombrarla Hija Adoptiva ayer por la tarde gracias a la iniciativa de un grupo de padres y madres del centro de salud que querían despedirla y agradecer su profesionalidad, su buen carácter, su paciencia diaria, y, sobre todo, su valía como pediatra. Un gesto que recogió el grupo Ganemos Toledo hace algunas semanas y lo impulsó para que la doctora disfrutara del homenaje celebrado ayer en el Centro Cultural San Marcos. 
«Todavía no me lo creo y no me lo esperaba», comenta un poco abrumada, sobre todo, porque siempre ha rehuido el protagonismo a pesar de su renombre como pediatra. Hace semanas llegó una mañana la alcaldesa a la consulta y le dijo la noticia. Desde entonces ha dado muchas vueltas al discurso de tres minutos que dio ayer por la tarde qué dirá esta tarde agradeciendo la distinción. Aunque se ha quitado un peso de encima sabiendo que no tendría que ir con mantilla y peineta, como le dijo su hija por teléfono para gastarle una broma haciéndose pasar por alguien de protocolo del Ayuntamiento.
trayectoria. María José sabía desde muy joven que sería médico, una profesión muy arraigada en su familia. Nació y se crió en Huesca y allí también se estrenó como pediatra en 1980. Pasados cinco años se marchó a Talavera de la Reina otros cinco años porque su marido Miguel Ángel Morlán, jefe de servicio de Cirugía del Complejo Hospitalario, ya trabajaba en Toledo. 
En Talavera también se peleaba con el tiempo. «A determinada hora tenía que dejar la consulta libre para el dermatólogo y siempre andaba por los pasillos con las familias detrás buscando otro despacho para seguir atendiendo». María José sabe que su otra batalla perdida es el ordenador y nunca lo ha ocultado porque más de una vez ha protestado porque el sistema se bloqueaba o no conseguía lo que quería en pantalla.
Su siguiente destino fue el centro de salud del Polígono en 1990, año en el que se inauguró y allí ha ejercido hasta la semana pasada, salvo un periodo de 15 meses que fue trasladada por confusión al de Palomarejos. Una experiencia positiva que le ayudó a tomar aire y desprenderse de los problemas sociales que se encontraba en el Polígono en aquellos años. «Al principio, me saturé un poco porque me daba la sensación de que no podía ayudar lo suficiente porque sólo pasas consulta», pero volvió «con fuerzas renovadas», una apretada agenda y muchas ganas de pasar su jornada laboral atendiendo a los pequeños de la casa. 
«Para ser pediatra te tienen que gustar los niños. Te rejuvenecen, te sonríen, te montan pataletas en la consulta y tienen muchas ocurrencias». A todos les decía algo cariñoso y a los chiquitines les regalaba una pegatina. También les reñía de vez en cuando para que los padres vieran que no pueden perder la autoridad, pero siempre con cariño y con ese acento peculiar del norte que no ha perdido del todo.
María José no se ha limitado a pasar consulta. Ayudó a los padres con hijos con TDAH para que se comunicaran entre sí y formaran un colectivo, colaboró en un grupo que se formó a mediados de los noventa para tratar los problemas de espalda de los niños, y siempre ha intentado echar una mano al margen de su profesión. Ha aprendido en estos años la importancia de conocer a los padres y escucharles para enriquecer la consulta con los pequeños. Quizá por eso también le ha marcado «el sufrimiento de los padres» en los años de crisis económica y la falta de apoyo psicológico en muchos centros escolares, algo que ha detectado en su consulta desde hace tiempo.
«Mi función no es únicamente curar unos mocos, que se curan solos, también es ver cómo se encuentra el niño física y psíquicamente también». Gracias, María José. Es lo que más han repetido los padres estos últimos días de despedida. Incluso las redes sociales han dado una buena muestra de cariño con muchos mensajes. Y entre ellos, el de una madre muy agradecida por haber salvado la vida a su sobrino.