«Toledo es, sin duda, mi lugar en el mundo»

J. Monroy
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Mario Paoletti, Hijo Adoptivo de Toledo. - Foto: La Tribuna

Mario Paoletti es desde este San Ildefonso el nuevo Hijo Adoptivo de Toledo. Este argentino llegó a la ciudad directamente desde la cárcel de Videla, y en la capital de Castilla-La Mancha ha escrito 20 libros de todos los géneros. Pura inspiración

Muchos grandes toledanos, de los que dejaron huella, no nacieron en Toledo. Se puede hablar del Greco, Cervantes, Juanelo, Gregorio Marañón o Bahamontes. En los últimos años, el Ayuntamiento ha tenido el acierto de conceder el título de Hijo Adoptivo de la Ciudad a toledanos que, de hecho, lo son, aunque en su DNI no lo especifique. Es el caso de Mario Paoletti, que ayer recogía el honor.
Hace ya casi cuarenta años que Paoletti llegaba a Toledo, directamente desde la cárcel del dictador Videla. Entonces la ciudad ganó un gran profesor, un estudioso y amante de la literatura, un escritor y un periodista, un intelectual de los que se labran su propio camino y ayudan a los más inexpertos a vislumbrar el suyo. 
«Que una ciudad como Toledo te declare hijo suyo (o suya, porque aún no sé si Toledo es varón o mujer) es todo un honor», apunta este Hijo Adoptivo que no quiere ser desagradecido. Don Quijote, recuerda, solía decirle a Sancho que el Infierno está lleno de desagradecidos. «Ese no será mi caso. Si he de ir al Infierno, aunque no lo creo, no ha de ser por ingrato. Toledo me ayudó cuando más lo necesitaba, y sin pedirme nada a cambio. Es una deuda eterna e impagable», apunta. En su discursito de recepción de ayer reconocía que esta designación «me hace sentir una especie de Juanelo Turriano (salvando, claro, las diferencias). Lo que no es del todo extraño porque al fin de cuentas los escritores también nos dedicamos a fabricar hombres de palo».
Cuatro décadas de toledano. De la cárcel de un dictador, Videla, a Toledo. Ese fue el recorrido que dio con los huesos de este poeta y escritor en la ciudad. Había entrado en la cárcel por pensar, por escribir, por ser periodista. Quizás por eso, recuerda, «pasar de las humillaciones y el mal trato a la magia de enseñar literatura a jóvenes entusiastas fue una especie de desquite que consiguió cerrar buena parte de aquellas heridas».
¿Cómo han sido estos cuarenta años? Paoletti no duda en definir su vida en Toledo como «muy feliz». Porque «pude al fin dedicar buena parte de mi tiempo a producir una obra literaria y porque aquí encontré a la mujer de mis sueños justo en el momento en que empezaba a creer que ese asunto de ‘la mujer de mis sueños’ era sólo una broma de mal gusto». En 1980, recuerda, Toledo estaba siendo ‘refundada’ por su nuevo carácter de capital autonómica, que trajo a la ciudad gente de todos lados, «suavizando con ese aluvión ciertas asperezas sociales que Toledo había ido consolidando desde tiempo inmemorial». «Hoy se puede decir sin temor a equivocarse que Toledo está más lindo (o linda) que nunca y que sus gentes han adoptado, por fin, las dulzuras del trato ameno», explica.
Pero no se puede hablar de Mario Paoletti sin acordarse de la Fundación Ortega y Gasset, hoy Ortega-Marañón. Durante más de treinta años fue el director de este Centro de Estudios Internacionales, por el que pasaron miles de estudiantes de Estados Unidos y América Latina. Algunos de ellos, nos cuenta, son ahora jefes de estudios y decanos de sus propias universidades y gracias a aquella experiencia se han vinculado, de por vida, a la ciudad de Toledo. «Siempre estaré agradecido de haber podido poner en práctica mi vocación docente, que tiene como punto de partida la convicción de que la educación es la mejor palanca para mover el mundo hacia mayores cotas de justicia. Aquella experiencia en la Fundación, que dejé hace ahora cuatro años para jubilarme, fue uno de los momentos más dulces de mi vida», rememora.
De una u otra forma, Paoletti sigue allí presente. Hoy sigue siendo residente del Casco, de la Cornisa, vecino del famoso Diamantista, no lejos de la Fundación. La suya, reconoce, es una casa en medio de la naturaleza. Aquí puede presumir de residir en una ciudad con dos mil años de historia (¡y qué historia!) y al mismo tiempo compartir espacio con garzas y cormoranes es un lujo al alcance de muy pocos. «Toledo es, sin duda, mi lugar en el mundo», sentencia.
Vive Paoletti en un Toledo, reconoce, al que también debe «haberme procurado ‘un lugar limpio y bien iluminado’ -como proponía Hemingway- en el que producir mi obra literaria». Veinte libros de todos los géneros ha publicado en estos cuarenta años y ha obtenido muchos más premios de los que cree merecer (incluidos el ‘Ciudad de Toledo’, el ‘Rafael Morales’ y el de novela de Castilla-La Mancha) el último de los cuales es esta designación de hijo adoptivo.