"Los españoles somos muy intensos y algo rencorosos"

María Albilla (SPC)
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"Los españoles somos muy intensos y algo rencorosos" - Foto: NACHO GALLEGO

José María Pérez, Peridis es como un hombre del Renacimiento, pero en pleno siglo XXI. Capaz de diseñar o restaurar un edificio, caricaturizar la actualidad política, hacerte reír con un chascarrillo o escribir un libro, tiene ahora entre sus manos una obra muy especial. Es El corazón con que vivo, Premio Primavera de Novela 2020, un título con el que él mismo renace tras superar el envite del coronavirus  y que le ha mantenido cuerdo cuando el dolor le arrastraba tras la muerte de su hijo. Ahora se muestra recuperado, risueño y «vitalista» con una historia con la Guerra Civil como telón de fondo en la que recuerda que, por encima de cualquier ideología, están siempre las personas. 


No puedo empezar sin preguntarle por su salud después de superar la COVID-19. ¿Cómo está?
Fui herido por un rayo, pero estoy bien gracias a Dios, como dicen en mi pueblo, y a los médicos. Lo cogimos a tiempo y tuve suerte. Sentí que tenía mucho hambre, y eso significaba que había ganas de vivir.


¿Tuvo miedo?
Cuando salí de mi casa para ir al hospital sí pasé miedo. Temí no volver, pero estaba todavía pendiente de presentar la novela, volver algún día a Aguilar de Campoo (Palencia)... y eso me dio mucho ánimo en todo momento. 


Ahora que ha pasado un tiempo y que parece que las cosas vuelven a complicarse tras un escueto paso por la nueva normalidad. ¿Qué opinión tiene del panorama?
La verdad es que yo he salido bien de esta aventura, pero el virus es muy traicionero. Esto ha sido más que una gripe de gestión difícil. Algunos países lo han hecho mejor que otros, pero está claro que el sistema sanitario no estaba preparado para un golpe así. 


Superada la enfermedad y tras los retrasos por el estado de alarma afloró El corazón con que vivo, su última novela, escrita también en un momento trágico de su vida como fue la muerte de su hijo. ¿Cómo sacó fuerza?
Soy una persona más vitalista que optimista, porque el vitalista tiene que poner los medios. Dentro de la enorme desgracia yo he tenido dos suertes. La primera, pensar que me tenía que agarrar a un tronco cuando me llevaba la corriente, y ese tronco fue esta novela. Como dice Jane Austen, no hay nada como una febril actividad para combatir la melancolía.
Mi segunda suerte fue encontrarme en un tren con un desconocido que vino a saludarme. Descendía de mi pueblo y caí que era pariente de don Arcadio... Su familia tenía una novela detrás y era, precisamente, la que yo estaba intentando escribir. 


¡Vaya regalo del destino!
La providencia, o la suerte, me vino a ver y me hizo un regalo, sí. Aquel hombre me contó muchas cosas y durante la conversación caí en la cuenta de que llevaba unos gemelos muy peculiares. A partir de ahí... empieza la historia.


Llevamos hablando apenas unos minutos y ya ha nombrado al menos dos veces su pueblo, Aguilar de Campoo, un sitio que conoce bien. ¿Cómo siente esa España vacía de la que todos hablan, pero poco hacen?
Pues con mucha pena... Tantas casas vacías, las iglesias con las puertas cerradas, hay pocos jóvenes, ningún niño... Mucha nostalgia, pero creo que no es definitivo. El coronavirus nos ha enseñado que esta cultura necesita del campo, del paisaje amplio, de las ovejas, los templos románicos y los ríos que discurren por la montaña. El trabajo a distancia ya es factible por lo que se va a poder compatibilizar con la vida rural. 


En la novela están esas dos Españas que surgen con la Guerra Civil, pero sobre todo las personas a las que les toco vivir aquella situación, que todavía hoy nos tiene marcados.
Son una familia de falangistas y otra de republicanos que viven en el mismo pueblo. Cuando se dio el golpe de Estado no se pensaba que aquello pudiera acabar en una Guerra Civil. Aquellas personas compartían Ayuntamiento, familia, estudios y hasta la calle en la que vivían. El conflicto les corta la vida. Fue una confrontación a muerte que despertó tantos odios que hicieron muy difícil mantener la honestidad y la dignidad. La novela lo que intenta es meterse en el corazón de las personas para ver cómo vivieron ellos la contienda. Y no me refiero a las batallas, sino la situación de guerra entre hermanos.


Y así aparecen personajes reales dignos de novela, ¿no?
Aquí aparece Germán Blanco, que fue en realidad el abuelo del presidente del PP, Pablo Casado. Un personaje extraordinarios, un médico excepcional. Asumió un liderazgo higiénico en la cárcel de Palencia y curaba y operaba con lo que tenía a mano. Contaban que intervino con una lata de sardinas a un enfermo y le salvó la vida. Además, procuraba que hubiera higiene en el presidio, que se ducharan, que se limpiaran las uñas... 
Aquello sí que fue un confinamiento... No estuvo condenado a muerte porque había sido congregante y un fraile se encargó de mover los hilos para que no le mataran, pero le condenaron a cadena perpetua y hasta el año 1941 no le conmutaron la pena. Paso cuatro años de su vida confinado. Una tragedia como la de tantos otros.

 
¿Alguna vez ha hablado con Casado de esta historia?
Claro. Le envié el libro dedicado y me mandó un correo muy afectuoso. He hablado con su madre y voy a ir a verla a Palencia algún día porque tengo curiosidad sobre los pormenores de la vida de esa familia y de aquella persona. Cuando tienes un personaje así, modélico, excepcional, de una calidad humana como la suya, quedan ganas de saber más.


¿Las guerras, las crisis, las situaciones adversas sacan lo mejor de nosotros mismos?
Sacan lo peor y lo mejor las crisis, pero las guerras no. Las guerras son destrucción, muerte, agravios, rencor... Un conflicto como la Guerra Civil es un terrible ajuste de cuentas en lo que sale lo peor. 


¿Se ha llegado a dar la reconciliación necesaria en España?
La reconciliación es la Constitución, la transición. Yo he visto fotografiados a Carrillo y a Fraga. Aquella generación supo que no podía volver a a haber una Guerra Civil en España y establecieron un sistema democrático con reglas homologables con toda Europa con la premisa de que se permitiera la alternancia del Gobierno en el poder a nivel municipal, provincial regional y nacional. Bendito régimen del 78 que nos dio y encauzó la reconciliación.
Lo que pasa es que un conflicto así deja unas heridas tan profundas que es obligación de cada generación volver a reconciliar, igual que se hace la Cuaresma y la Semana Santa todos los años. Cada 25 o 30 años habría que tocar las campanas de la reconciliación. 


No sé si corren buenos tiempos para alzar esas campanas...
Es que los españoles somos muy intensos y algo rencorosos. Mira Portugal. ¿Por qué nosotros somos así? Ahora mismo lo que toca es salir lo mejor posible de la crisis del coronavirus. Es la prioridad porque lo primero es la salud, que parece que la prioridad es echar a Pedro Sánchez. Cuando tengamos el tema del bicho encauzado, pues ya se tratará de echar a Sánchez si es que hay que hacerlo.
El problema es que los políticos no tienen  una agenda que mire cuáles son las preocupaciones de la sociedad, qué es lo que toca. Y ahora toca salir de la pandemia y poner la economía en marcha de forma que se repartan las cargas y evitemos al máximo el sufrimiento de muchas capas de población.


También supongo que esta «intensidad» tan nuestra viene bien para tener material para hacer una tira de humor gráfico diaria...
Bueno, yo me apaño aunque haya menos intensidad... La situación política no se corresponde con las preocupaciones de la ciudadanía y yo lo tengo que reflejar y así lo intento cada día con mayor o menor talento.  


¿Qué situaciones son las mejores para caricaturizar?
Aquellas que tengan protagonistas. No hay drama sin personajes, pero en la política no tenemos grandes personajes porque no han tenido  tiempo de hacerse. Son muy jóvenes, poco expertos y algunos tienen mucha prisa. Unos por hacer su revolución y otros por dar marcha atrás al reloj. Estamos entre esas dos tensiones. 


Presidió durante 40 años la Fundación Santa María la Real para la recuperación del arte románico. ¿Ha sido su manera de canalizar su profesión de arquitecto?
Estuve 40 años tirando del carro, pero lo dejé hace tres. Llegué a una edad, pues como los papas y los obispos, que tienes que dejar a las nuevas generaciones que pasen.
Como arquitecto, además de rehabilitar el monasterio de Santa María la Real, en Aguilar de Campoo, he rehabilitado edificios como el Teatro Principal de Burgos, por ejemplo, o San Benito en Valladolid.
Mi principal preocupación desde la Fundación fue comunicar a la sociedad española los valores del románico y permitir el disfrute de un arte único, primigenio y de una enorme belleza.


Hay un proyecto pendiente al respecto que es la Enciclopedia del románico de la Península Ibérica. ¿Qué puede adelantar de este?
Se está acabando ya. Queda la edición de unos pocos tomos de Cataluña y Portugal. Va a recoger 9.000 testimonios y será una obra única en el mundo. Estoy seguro de  llegará a las principales bibliotecas. Desde el Congreso de Estados Unidos a las grandes universidades, incluso a China y Japón. 
A este proyecto he dedicado una buena parte de mi vida. Y también a la promoción del empleo de los jóvenes a través de las escuelas taller y el emprendimiento solidario, donde desempleados restauran a desempleados. 
Antes los jóvenes restauraban patrimonio y ahora el mejor patrimonio son las personas, por lo que unos jóvenes ayudan a otros a encontrar trabajo y mejorar su empleabilidad.