Abascal patina y se pegará un morrón

Carlos Dávila
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El líder de Vox presenta una moción de censura al jefe del Ejecutivo, más para acuchillar al Partido Popular que para enojar suavemente a Pedro Sánchez

Abascal patina y se pegará un morrón - Foto: Pool

Es extraño: un tipo bragado, llegado de mil batallas, incluso de la sangrienta contra ETA donde un despiste traía la muerte, ha tomado una decisión que algunos de los suyos no entienden demasiado bien. «Creo que no ha calculado bien las consecuencias», decía al cronista un diputado leal sin embargo a su jefe como a su misma madre. La moción de censura que ha anunciado para cuando llegue septiembre peca de varios defectos, pero sobre todo de uno que no se puede permitir un líder: la precipitación. Así lo entiende también la dirección del PP, el partido más pegado a Vox, y así lo han denunciado la mayoría de los medios del país. Algunos políticos y varia prensa se ha tomado la iniciativa de Abascal con una dosis exagerada de pitorreo. Y no es para eso, sí es para realizar una consideración inicial: ¿qué pasará en España de aquí a septiembre? ¿qué ocurrirá en un país donde la nota diaria más distintiva es la sorpresa? ¿cómo prever el escenario de entonces cuando, hora a hora cambian noticias que, a menudo, alteran el panorama de la gobernación general? Todo esto parece lo importante porque, a mayor abundamiento, una moción de censura no es un trámite más o menos sonoro; es la oportunidad constitucional para que un aspirante se presente en sociedad como candidato a presidir la Nación. Nada menos. Por eso y para eso se necesita prestancia política y programa.
Deberíamos suponer que Abascal ha medido, al milímetro, qué gana y qué pierde en este trance. Por ejemplo, ¿ha calculado a quién o a quiénes beneficia o perjudica su evidente arrebato? En todas estas horas transcurridas desde que, de forma «solemne», avanzó su propósito, habrá constatado que el juicio general es que la presunta moción (lo será así mientras no se haga oficial) no ha sido atendida con ninguna ilusión; es más, en este tiempo el cronista no ha recibido más que desdenes para el adelanto de Abascal, aunque algunas descalificaciones -hay que repetirlo- rayen en la risión. Encima y al parecer, Vox analiza entronizar a Ortega Lara como defensor de la censura. ¿De verdad se ha pensado Abascal bien esta posibilidad? Sería cuanto menos irreverente con la historia de este héroe de la democracia. Aquí no estamos para tomar muy en serio esta opción, pero sí para avalar que, en la mayoría de los casos, los opinadores han llegado a la conclusión de que esta moción, no beneficia al propio Abascal, perjudica levemente a Casado y al PP, y llena de alegría a Sánchez y a sus conmilitones pelotilleros que ovacionan al jefe como si estuvieran -que lo están- a su sueldo, a sus prebendas en forma de cargo, y a sus generosas dádivas con el dinero de los españoles.
Abascal se pegará un morrón si, al fin, que está por comprobar, se sube a la tribuna y se presenta como la alternativa a la Presidencia del Gobierno. En principio, Sánchez está feliz: ¿qué más desea él que presentarse como víctima de la horrorosa ultraderecha? Ahora mismo cuando, con los vítores de sus paniaguados, ha advertido que se dispone a engañar a Europa incumpliendo sus compromisos, ¿qué más le pueda petar que los llamados sucesores de Franco le intenten menear la silla? ¡Vaya chollo! Abascal, lo tengo por seguro, tiene más por objetivo apedrear al PP que propinarle un pellizco de monja al Gobierno del Frente Popular. Las manifestaciones en la intimidad de los miembros de Vox inciden en este fin: a destituir al PP como el gran partido de la derecha. Vox -se dicen así- son los llamados a derribar al socialismo desde el más puro y acrisolado conservadurismo estético y agresivo. «Nada de derechita cobarde, nosotros hemos venido a destruir a la izquierda, no a convivir con ella». No les vale el clamoroso fracaso de los estultos de Ciudadanos hoy en situación de muerte por lisis, ni tampoco en la casi imposibilidad de hacer que Casado muerda el polvo, como se ha comprobado en Galicia. Vox y Abascal han presentado esta moción más para acuchillar al PP que para enojar suavemente a Sánchez, «cuya risa -me decía el jueves un parlamentario- ya se escucha a kilómetros de la Moncloa».
En estas condiciones, el morrón de Abascal no es una profecía, es un aviso. Hay dudas consistentes en si, por fin en septiembre, defiende la censura. La dirección socialista de Batet en el Congreso de los Diputados de va a hacer lo imposible para que la iniciativa de Vox se retrase lo más posible. La discusión de los Presupuestos, y el debate sobre los disgustos que nos siga proporcionando el maldito virus, trabajan en esta dirección. En plena pandemia, cuando los contagios por coronavirus, han superado de largo los mil diarios, el país no puede dedicarse a verificar rencillas en el Parlamento, menos aún si, por ahora, no parece detenerse la letalidad del sucio microorganismo. Tal parece que Abascal solo atiende a los suyos, a los que, al modo Sánchez palmean su bravura. No le resulta trascendente el que, tras la moción, que -ya insisto- está por ver, el complejo español del centro y la derecha que, solo construido en unión, aparezca como más roto que nunca, sin osmósis alguna para extraer del poder a un gobernante definitivamente asentado en su circunstancia que algunos expertos califican como cercana a la psicopatología narcisista. Sánchez, tras una mañana como la del pasado miércoles, se puede permitir, y se permite, la ufanía de asegurar al PP que «esperen sentados que esto va para largo, que va a durar toda la legislatura».
No existe duda de que, tras el aplauso colegial, casi de hooligan de sus ministros y diputados, también de los leninistas de Podemos, Sánchez está aún más soberbio, viviendo en su nueva normalidad que hoy es un fiasco gravísimo, sólo a la espera de que le toque volar de vacaciones a, claro está, viviendas del Estado. El morrón que se va a pegar Abascal alargará la legislatura de un Frente Popular que ya tiene como propósito -esa es otra- debilitar la Corona, el último bastión que impide la voladura de España que ensaya con todas sus fuerzas, el socio de Sánchez: el comunista Pablo Iglesias, que encima lleva nombre y apellido idéntico al de aquel fundador del PSOE que, en el Parlamento de la II República, amenazó a Antonio Maura: «Estamos dispuestos a llegar hasta el atentado personal», avisó el prócer.