Felpeto: «Allí llegamos a reunirnos cerca de 3.200 personas»

A. de Mingo
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Ángel Felpeto, consejero de Educación, Cultura y Deportes de Castilla-La Mancha, fue director de la Universidad Laboral de Toledo, centro al que se incorporó en el año 1976.

Ángel Felpeto es consejero de Educación, Cultura y Deportes de Castilla-La Mancha. - Foto: Víctor Ballesteros

«En agosto de 1976 -apenas cuatro años después de la construcción de la Universidad Laboral- no había prácticamente nada construido por allí. Recuerdo una vaquería que había en lo que llamaban Campos de don Gregorio e ir a comprar leche allí. Estaba también el antiguo gabinete de Seguridad e Higiene y la planta de gaseosa La Casera en la esquina de la avenida Europa. No había mucho más».
Ángel Felpeto, consejero de Educación, Cultura y Deportes de Castilla-La Mancha, recuerda así su llegada a la Universidad Laboral de Toledo, centro que doce años después llegaría a dirigir y al que ha permanecido estrechamente ligado durante la mayor parte de su actividad docente. Tiene grabados en la memoria todos y cada uno de los hexágonos que configuran el proyecto de Fernando Moreno Barberá. 
«Las residencias eran para 36 internos -calcula: «seis habitaciones de seis alumnos cada una»-, más la habitación del educador. Yo me fui pronto de alquiler a un piso de los bloques de Buenavista I, cerca de la iglesia de Santa Teresa, pero me tocó dormir muchísimas veces en el centro». 
Noches, por cierto, en las que montaban guardia y ronda dos vigilantes armados con mosquetón, «con su chapa y con su correaje, me acuerdo perfectamente: les decíamos, medio en broma, que no fuesen con aquello cargado por ahí... Hoy parece increíble». El consejero también se acuerda de una gran alberca que había construida en las inmediaciones, donde hoy se encuentra el parque de las Tres Culturas. «Siempre que llegaba el buen tiempo había que tener cuidado con los internos, porque muchos iban a bañarse allí y en seguida recibíamos el aviso, porque era terreno militar».
Eran otros tiempos y «éramos un pequeño mundo en medio de la nada», una población que acabaría sumando, entre alumnos, profesores y personal administrativo, nada más y nada menos que 3.200 personas en la década de los noventa, el periodo con mayor número de matriculaciones. Un mundo que en los años setenta constituía aún una de las grandes apuestas educativas del Estado, «con un régimen de ayudas para el alumno por encima de cualquier programa: libros y material escolar de todo tipo, guardapolvos para los laboratorios... Y si estabas interno, desde la ropa interior hasta doble juego de pantalones, camisas, jerséis, chándal, zapatos... Incluso el betún. Absolutamente todo». Afortunadamente, añade, «esos tiempos han cambiado y el resto de centros fueron a más, de manera que muchas cosas que entonces solo teníamos nosotros -desde un amplio programa deportivo hasta semanas culturales- se fueron extendiendo».
En 1977, cuando Antonio Hernández Carpe realizó su mural -una enorme alegoría de ocho metros de altura, a menudo ensombrecida por el gran Mural del Anillo, instalado en la cafetería-, llegaba aún hasta los Campos de don Gregorio la sirena de la Fábrica de Armas: «Era nuestro despertador, cada mañana, a las siete menos diez y a las siete». Felpeto recuerda también la explosión en el complejo militar de 1986 -un muerto y más de treinta heridos-, «con una columna de humo enorme, que podía verse desde las ventanas».