¿Apariciones en Burguillos en 1935?

José García Cano
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En la madrileña revista Estampa nº 384, del 25 de mayo de 1935, se narra la historia de un joven de la localidad al que se le apareció «Jesucristo 4 veces»

¿Apariciones en Burguillos en 1935?

En el artículo de hoy recuperamos un suceso ocurrido en Burguillos de Toledo y que cabalga entre lo histórico y lo inexplicable; entre la anécdota de un joven de 16 años y el fervor por una aparición misteriosa.
En la madrileña revista Estampa nº 384, de 25 de mayo de 1935 apareció una noticia sobre la localidad toledana de Burguillos. El titular ya de por sí es contundente: “Apariciones en Toledo. Un muchacho de Burguillos dice que se le ha aparecido Jesucristo cuatro veces”. Según el texto, el joven de 16 años Fausto del Castillo, había protagonizado un episodio cuanto menos sorprendente, pues según él mismo confesó, cierto día que estaba ayudando a su padre y a unos obreros a excavar un pozo, fue a llenar el botijo a la fuente conocida como la Torremocha, junto a un bosquecillo de junqueras a unos trescientos metros de la finca de su padre. Era el lunes 15 de abril de 1935, lunes de Semana Santa. Fausto una vez se fue acercando a la fuente se percató de que había una persona junto a la misma; desde lejos no podía precisar si era hombre o mujer, aunque al aproximarse se dio cuenta que era una persona alta y que tenía pinta de peregrino. Al mozo le extrañó la presencia en aquella fuente de un forastero. Al llegar junto a él le saludó, a lo que la figura le contestó “buenos días”. Mientras llenaba el botijo Fausto contempló al peregrino el cual llevaba un hábito pardo y calzaba sandalias; tenía la cabeza descubierta y una larga barba gris le caía sobre el pecho, lo que denotaba la avanzada edad del mismo. En ese momento el misterioso hombre le preguntó que para quién era el agua que cogía. El joven se asustó ante la pregunta y tembloroso contestó que para los trabajadores que estaban construyendo el pozo. Seguidamente le preguntó si el pozo tenía agua, a lo que el joven respondió que no. El peregrino contestó que muy pronto la tendría y entonces echó a andar arroyo abajo hasta que Fausto le perdió de vista. 
Pero lo extraño del asunto no termina aquí. Al día siguiente nuestro protagonista volvió a la misma fuente a llenar otra vez el botijo y de nuevo se encontró con el peregrino. En esta ocasión vestía un hábito morado e iba descalzo. La conversación casi fue idéntica a la del día anterior: “¿Para quién es el agua?, ¿para los mismos de ayer?”, a lo que Fausto contestó que sí. Y el personaje le preguntó de nuevo si el pozo tenía agua, a lo que el joven dijo que no; de nuevo respondió lo mismo: “Pronto la dará…” Y cuando Fausto había llenado el botijo el peregrino le dijo “dame agua” y por tres veces el muchacho le acercó rebosante de agua el vasito de estaño con el que había llenado el botijo y el hombre bebió en silencio. En ese momento le dijo al joven: “Mañana irás a misa y la escucharás de rodillas” y después se marchó. 
Ese mismo día Fausto contó a sus familiares y amigos los dos encuentros habidos con el peregrino, aunque aseguró al contarlo que no era un peregrino si no Jesucristo. ¿Qué le había hecho creer al joven que aquél hombre podía ser Jesucristo? Es difícil saberlo. ¿El miedo? ¿la imaginación del niño…? Como era de esperar la noticia corrió como la pólvora entre el vecindario de la localidad y como suele pasar con este tipo de asuntos hubo dos grupos de opinión; uno que creía la versión de Fausto y otro –más incrédulo- que no le tomaba en serio. Los primeros creían que efectivamente aquella figura vestida de nazareno podría ser la de Jesucristo. El caso es que aquél miércoles Santo y después de haber presenciado la misa de rodillas tal y como se lo había prometido a la aparición, Fausto volvió a la fuente de Torremocha. Pero esta vez no fue solo ya que le acompañaron su hermano pequeño y uno de sus amigos. Y los tres muchachos no vieron a nadie; llegaron a la fuente, llenaron el botijo y al regresar al pueblo entre risas y bromas, bruscamente y sin saber de dónde le venía, Fausto recibió una bofetada en la mejilla derecha por lo que cayó al suelo sin conocimiento. El botijo que llevaba en la mano se rompió en pedazos. Los dos compañeros de Fausto echaron a correr dando gritos de angustia… Poco después los obreros del pozo hicieron recobrar el conocimiento del jovenzuelo el cual siguió su camino para poco después, volver a ver al peregrino, el cual le dijo que le había pasado aquello “por no ir solo”. Dice la crónica que Fausto tuvo todo el día en su mejilla la señal de los dedos de la misteriosa aparición, la que según él seguía afirmando era Jesucristo. 
Poco después, vecinos de otros pueblos de alrededor visitaron Burguillos para oír de voz de Fausto la historia del peregrino, aunque el joven parece ser que se encontraba triste y no quería hablar; apenas salió de casa en los días posteriores. El sábado Santo volvió a ir al campo para ir a dar de comer a un caballo y al atravesar una alameda cercana al pueblo volvió a ver –por última vez que sepamos- al peregrino. El joven comenzó a temblar al verlo y se atrevió a preguntarle con voz entrecortada qué quería. “Ya te diré lo que quiero… no me tengas miedo”, respondió contundente aquél hombre.
Así finaliza el reportaje firmado por Javier Sánchez-Ocaña, quien visitó por aquellos días la localidad de Burguillos para obtener información sobre estos hechos, que sin entrar a valorar como sobrenaturales, si son cuanto menos sorprendentes, pues suponen un capítulo curioso e inquietante dentro de la historia contemporánea de la tranquila localidad de Burguillos de Toledo. Nos quedamos con la frase que Fausto le repetía al cronista cuando le preguntó sobre lo ocurrido: “Era Jesucristo… era Jesucristo… no puedo hablar más.”