Luces y Tinieblas

Ana María Jara*
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Arranca una nueva edición del Festival el Greco en Toledo con una Batalla de órganos bajo el título de Ángeles y Demonios

La catedral vivió ayer una nueva batalla de órganos. - Foto: Yolanda Redondo

Las batallas de órganos empiezan a formar parte de nuestro calendario musical sin renunciar a la sorpresa en cada una de sus ediciones. Los organistas demostraron ser un grupo compacto y bien sincronizado en una propuesta arriesgada como es la musicalización del Diablo, un monstruo de azufre que resonó en la Catedral en la Batalla número 13. Un cuarteto formado por el improvisador solvente y eficaz S. Liégeon, el carismático e innovador B-F Marle-Ouvrard, el defensor del patrimonio toledano y responsable del sonido rescatado de los órganos J. Montero y una figura emergente del panorama solístico la joven L. Dollat, una organista que pudimos escuchar por primera vez en la ciudad y que supo adaptarse a la veteranía y experiencia creando así un grupo de alto nivel con firme sentido de la unidad.
Inició el concierto una reconvertida “Tocata y fuga” de Bach. Obra conocida pero que encontró una nueva interpretación en los cuatro órganos. Los músicos supieron organizar cada fragmento de la pieza y atribuirla al instrumento que mejor podía defender esa música. Primeros acordes desde Berladonga, sentenció el Emperador y el delicado juego melódico a cargo del Sagrario. Otra transformación, el “Concierto Op. 4” de Haendel, otro de los nombres más emblemáticos del barroco y de biografía tan distinta de Johann Sebastian. Obra interpretada en los realejos por Montero y Dollat en el que se demostró que la complicidad jugó a favor de una interpretación delicada y musical.
Improvisación: Luzbel y Lucifer. Un diálogo del ángel caído y su perdición y destierro definitivo. Se escuchó por primera vez el registro de regalías, rescatado como nuevo recurso sonoro. De inicio casi comedido, el motivo que sonara estable y medido se fue transformando, añadiéndose notas en un camino hacia la oscuridad desde Echevarría y Berdalonga. A continuación Marle-Ouvrard supo hacer grande el tiento de Cabanilles en una interpretación personal de la pieza desde el Emperador.
Una referencia a la creencia de que a medianoche se propicia una hora extra al demonio para que realice sus diabluras en la improvisación de las Trece campanadas. Juego de luces y los cuatro órganos. Sonidos desde la timidez hasta condensación sonora. Música envolvente y constante creando así incertidumbre. Pareciera que una puerta se abría al mal. Siguió Liégeon con el Diabulus in música. El intervalo temido, el tritono del que ya nos advirtieran los teóricos medievales fue el protagonista de una improvisación magistral. Sucesión de sonidos ascendentes que disfrazaba la distancia inquietante hasta que se convirtió en protagonista.
Desde el Echevarría se escuchó la fuga “le Galop des démons” de Cohen, una obra de finales del siglo XIX, época en la que el órgano acaparó la atención de los músicos que buscaban espiritualidad y recursos sonoros. La obra fue presentada en una interpretación de Montero en el que se apreciaba nítidamente la melodía con una interesante y apropiada registración. Trece campanadas fueron las que se escucharon desde el Reloj de la Catedral. La coincidencia de la hora y los cuartos propició un acertado juego en el que las referencias al misterio de la numerología sirvieron a la temática del concierto.
Tartini, conocido violinista del Barroco, fue uno de los músicos que tuvo encuentros demoníacos que reflejó en su sonata “Le trille du diable”. El virtuosismo y la coherencia formal estuvo presente en la interpretación de los tres realejos. Su sonoridad demostró ser apropiada para las melodías más exigentes. Un descubrimiento fue la tocata de Rossi, quien a mediados del siglo XVII se atrevió con búsquedas melódicas propias de tiempos futuros. Un final en cascada que recorrió todo el teclado del órgano del Sagrario en una cuidada interpretación de Dollat.
La leyenda del diablo confesor se convirtió en música. Se inició desde el Sagrario con una melodía que sonó lúgubre hasta convertirse en un gran conjunto de los cuatro órganos. Una improvisación plagada de efectos con sonoridades funerarias. Terminó el concierto con El infierno. Ráfagas y llamaradas parecieron surgir en una eclosión de sonidos. El bis fue una pieza breve, el “Reloj de los Ángeles”, de Haendel en un intento de alejar esos infiernos y acercarnos a sonidos amables.
Los órganos van creciendo en cada batalla. Berdalonga y Echevarría están aprendiendo a enfrentarse en una lucha musical de poder. El Emperador sigue siendo un especial referente con sus graves poderosos y los Realejos pareciera que suenan más en cada concierto, son ya inseparables. Estos instrumentos están encontrando su función y ya intuyen que son imprescindibles en el patrimonio musical europeo en un concierto que solamente puede hacerse realidad en la Catedral Primada.

*Ana Mª Jara es musicóloga y profesora del Conservatorio Jacinto Guerrero de Toledo.