Un ramo de flores para Anselmo

M.G. / Toledo
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Antonio Rodríguez ha tardado tiempo en intentar reconstruir los últimos años de su abuelo Anselmo Rodríguez, el jornalero de Novés que terminó recluido en San Bernardo y fusilado el 22 de julio de 1940. Ha sacado del anonimato su nombre

Un ramo de flores para Anselmo - Foto: Yolanda Lancha

Anselmo murió de una hemorragia el 22 de julio de 1940 Tenía 44 años. Aparece escrito así en su acta de defunción, como si la causa del fallecimiento fuera por motivos naturales, así figuraba también en otros muchos documentos en aquellos años. «Tiene guasa que lo digan así porque mi abuelo fue fusilado», cuenta Antonio Rodríguez, de 66 años, con los papeles en la mano. No puede disimular la indignación a pesar de su voz añosa y dulce, pero al menos conserva algunos documentos que le acercan a los últimos años de vida de Anselmo, un jornalero nacido en Novés, afiliado a UGT a los veintitantos «porque tenía ideas progresistas», que tuvo que separarse de su familia «para combatir en el frente cuando estalló la Guerra Civil».
Antonio ha visitado la fosa común en la que se encuentran los restos de Anselmo el pasado domingo para participar en el homenaje organizado por el grupo Ganemos Toledo para honrar la memoria de los represaliados del franquismo una vez adecentado el conocido Patio 31, que esconde, al menos, 223 cádáveres, nombres y apellidos que se pronunciaron hace dos fines de semana para que no se pierdan en la memoria. Y allí estuvo después de llevar casi una década intentando rescatar documentación sobre su abuelo para conocer más de cerca su historia. 
«Para mi padre y mi tío el tema era muy doloroso y no les gustaba hablar de ello». Pero tras la muerte del primero en 2008, Antonio intentó indagar sobre la vida de su abuelo, sus años en el frente, su detención, sus traslados a distintas cárceles y su asesinato y entierro en un caluroso día en Toledo. 
«Lo único que sabía es que lo habían fusilado en Toledo, pero no más». Tampoco tenía claro cómo empezar a buscar y localizó a Emilio Sales, presidente del Foro de la Memoria de Toledo, para que le pusiera sobre la pista. En este caso, conseguir documentación era esencial y Antonio tuvo que trasladarse a Novés a por la partida de nacimiento de Anselmo. Allí consiguió también la de bautismo, la de matrimonio y la de nacimiento del resto de su familia, ya que se casó y tuvo tres hijos.
La tarea ofreció dificultades. Antonio se trasladó también al Registro Civil de Toledo a por su partida de defunción, pero Anselmo no figuraba. En su lugar aparecía un tal Ángel Rodríguez García, y se quedó muy sorprendido porque tenía los mismos apellidos que su padre. El nombre se había confundido porque en la partida de nacimiento no aparecía claro y la última sílaba figuraba en otro renglón.
El periplo continúo por Instituciones Penitenciarias, el Gobierno Civil en Madrid, el Ministerio del Aire, y el Ayuntamiento de Toledo para comprobar en el libro-registro del cementario que su abuelo había sido enterrado en el Patio 31, junto a otros veinte represaliados, concretamente en una fosa común en el tramo 83. Y encontró que Anselmo fue fusilado y enterrado aquel 22 de julio de 1940 junto a otras nueve personas, a las que se sumaron otras once al día siguiente con el mismo destino. Ese mismo año consta el enterramiento de 174 represaliados en el cementerio.
La detención. Anselmo y su familia residieron en Novés hasta poco después del convulso calendario que partió de ese 18 de julio de 1936. El jornalero cambió la azada por el fusil para combatir en el bando republicano. El nieto no ha podido todavía encontrar datos ni pistas sobre la actividad de Anselmo durante esos años, pero mantiene que su abuelo «defendía al gobierno legalmente constituido». Mientras tanto, su mujer y sus tres hijos se trasladaron a un pueblo de Barcelona durante meses, aunque decidieron volver antes de que terminara la guerra para residir en Talavera de la Reina.
La fecha clave para Antonio fue ese 25 de mayo de 1939, día de la detención de su abuelo en Talavera  por la Guardia Civil. Anselmo había regresado mes y medio antes y alguien lo denunció. No hay constancia documental, pero el padre de Antonio comentó en más de una ocasión «que un familiar» le traicionó, aunque no sabe más. La única información parte de una notificación de la comandancia militar de Talavera que indica el día de la detención y la petición de ingreso en la cárcel. El registro del penal indica también que el recluso tiene un quiste en la nuca. Allí permaneció dos o tres días y después fue trasladado a la de Torrijos, en la que estuvo poco más de ocho meses.
El 6 de febrero de 1940 ingresó en la prisión provincial de Toledo ubicada en San Bernardo, un recinto «que adquirió un gran peso  durante la ofensiva final», apunta el periodista y escritor Carlos Hernández en su nueva obra ‘Los campos de concentración de Franco’, recientemente publicada. Las instalaciones pasaron de ser un depósito de prisioneros con apenas 300 recluidos a desbordarse y convertirse en un «campo de concentración» con más de 10.000 cautivos. San Bernardo permaneció abierto tiempo, aunque meses después de esa enorme acogida de prisioneros su población se redujo a medio millar de internos. 
Aunque el autor explica que San Bernardo estuvo operativo, al menos, hasta junio de 1939, lo cierto es que la actividad se mantuvo hasta 1942, cuya población condenada o pendiente de ella se utilizaba como mano de obra para la reconstrucción del Alcázar.
la carta. Antonio echa en falta esa última carta que escribió su abuelo desde San Bernardo horas antes de su fusilamiento. Era una práctica habitual de los reclusos una vez que se les comunicaba que enfilarían al paredón. Ha escuchado muchas veces a sus padres decir que la abuela la tenía bien guardada, pero tras su muerte se perdió también la pista. 
Aun así, las cartas que el jornalero de Añover de Tajo Florencio Soto mandó a su mujer desde San Bernardo antes de morir de un tiro en la nuca le sirven de consuelo y de modelo. Ese 22 de julio escribió a Modesta, que había recibido la noticia de que sería fusilado «junto a doce de diferentes pueblos». Florencio llevaba meses arrastrando su condena, la pena de muerte, igual que le ocurrió a Anselmo tras un Consejo de Guerra «por rebelión y por participar en revueltas», explica Antonio. 
«Sin más, no penséis en mi muerte que es una cosa que estaba demostrada desde que se acabó la guerra, no por ladrón, como ellos dicen, ni por manos ensangrentadas, sino por ideas...» Florencio se despidió con rabia contenida de su familia y con dos emotivas cartas que leyó su nieta Carmen en el homenaje celebrado en el cementerio.  Unas letras que Antonio también imagina de Anselmo, ya que pudo despedirse de los suyos antes de oler la pólvora que segó su vida con 44 años en manos de los represores que arrojaron su cadáver a una fosa común en el Patio 31 del cementerio municipal de Toledo sin más.
«Ha habido momentos duros y emotivos en estos años», comenta Antonio con la voz quebrada antes de pedir disculpas por la interrupción y continuar relatando que todo lo que sabe de su abuelo se resume en unas cuantas fotocopias con fechas, traslados, frases cortas y apresuradas.  
Aun así, también está contento por haber conseguido rescatar el nombre de Anselmo Rodríguez García de esa fosa común del tramo 83 que comparte con otra veintena de represaliados. «La sepultura pertenece a varios familiares de Olías del Rey, Lillo y Camarena que la compraron al Ayuntamiento de Toledo en los años 60, así que decidí contactar con estos últimos para preguntar si les importaba que el nombre de mi abuelo y el de Florencio Soto figurasen también junto al de los otros cinco y los pusimos hace seis o siete meses».
Antonio también está contento porque, al menos, ha localizado dónde reposan los restos mortales de su abuelo para llevarle un ramo de flores «porque muchos otros familiares siguen teniendo a los suyos en las cunetas».