Hasta que el virus nos separe

Susana Rodríguez (EFE)
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La convivencia fruto del aislamiento en el estado de alarma ha sido un experimento sociológico insólito que ha hecho que muchos matrimonios se resquebrajen y que los roles de género se refuercen

Hasta que el virus nos separe

La obligación de permanecer confinados durante tantas semanas (siete de ellas sin poder salir más que a la compra o a trabajar) y con una convivencia familiar tan intensa como nulo era el contacto con el exterior, ha supuesto un experimento social y antropológico que, según los expertos, puede desembocar en un aumento de divorcios o el agravamiento de conflictos entre padres e hijos, pero favorece un cambio en la organización familiar y la universalización del teletrabajo. Tras esos casi 50 días, salir de nuevo a la calle, aunque sea con las restricciones propias de cada fase de la desescalada, supone todo un ejercicio de libertad.
En estas semanas, quienes viven solos se han visto privados del contacto físico con otras personas, mientras que las familias han pasado por la experiencia de convivir las 24 horas del día.
Un encierro así ha sido una experiencia sin precedentes, por lo que universidades y grupos de investigación han empezado a estudiar las consecuencias de la COVID-19 desde vertientes distintas a la sanitaria.
Para Inés Alberdi, catedrática de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2019, la reclusión ha sido un fenómeno «muy peculiar, extraño e interesante». Aunque habrá que esperar al menos un año para obtener resultados científicos, la reflexión «está en marcha» y abarca varios ámbitos, desde la pareja o las relaciones paterno-filiales a la difícil experiencia de las familias monoparentales y el teletrabajo como práctica generalizada.
La obligación de permanecer en casa ha puesto a prueba las relaciones familiares y ha servido de termómetro para medir el estado de salud de cada pareja.
Alberdi opina que ha sido «una oportunidad para encontrarse de nuevo, para compartir tiempo y espacio o, por el contrario, para ahondar en las diferencias y hacer aún más dura la convivencia».
Rosa María Frasquet, miembro del Institut Català d’Antropologia (ICA) y fundadora de la asociación L’Etnogràfica, Antropología para la Transformación Social, considera que la pandemia ha agravado la brecha de género en cuanto a la distribución de los trabajos domésticos y de cuidados, reforzando dinámicas ya presentes en las familias. «Las mujeres se han quedado en casa cuidando a los niños, mientras que los hombres han asumido tareas como ir a hacer la compra, que se puede relacionar con el rol de proveedor vinculado a la masculinidad tradicional y que se podría entender como un acto de riesgo al exponerse al contagio, pero que también otorga el privilegio de salir a la calle».
Esta especialista en antropología de las transformaciones de la familia ve, no obstante, un lado positivo: el hecho que se hayan visibilizado esas dinámicas puede llevar a que se reabra el debate en la sociedad y en la familia, algo que genera la oportunidad de que las tareas se reorganicen equitativamente.


El espejo de Wuhan

Rocío García Torres, psicóloga clínica especializada en terapia familiar, alude a lo ocurrido en Wuhan, la ciudad china donde comenzó la pandemia, para anticipar un aumento de los divorcios en España. «El hecho de encontrarse en una convivencia forzada genera en muchos casos la tensión de enfrentarse a un matrimonio que no iba bien».
Considera que el aislamiento ha puesto de manifiesto que vivimos en una sociedad «muy individualista» en la que es indispensable la voluntad de trabajar en una misma dirección: «Hemos sido privados de libertad, no hemos podido salir a trabajar y hemos tenido que organizarnos con los hijos. Si no hay una cierta filantropía en la pareja, lo que se genera es más desencuentro, distancia y confrontación».
Por su experiencia en el servicio asistencial habilitado por Sanidad, García Torres concluye que el confinamiento ha significado para muchos «vivir en una cárcel», porque una convivencia de la mañana a la noche expone a la pareja a una situación que antes evitaba refugiándose en el trabajo o en la vida social.
«En determinados casos ha sido el método forzoso de convivir con personas a las que ya no se quiere. Muchas llamadas nos han hecho ver que hay gente que no lleva la vida que desea pero, con tal de no buscar soluciones, hace barbaridades», cuenta esta psicóloga, que también lo ve como una oportunidad de «recolocar las piezas del puzzle familiar» para que encajen y no formen, como antes, un armazón «disfuncional».