El público y los Ángeles elevan a su Cristo

J. Monroy
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La plaza de San Vicente volvió a atestarse de público para observar la salida y la elevación del Cristo de los Ángeles, en lo que solo es el inicio de una procesión marcada por el Sermón de las Siete Palabras.

Por lo abierto del espacio y por lo singular de su salida, también quizás por la cercanía a la del Cristo de la Misericordia, la procesión del Cristo de los Ángeles pude ser la que más público acumula cada año en su inicio desde el convento de las Gaitanas. Este año no ha sido distinto.
Lo curioso es que media hora antes, la plaza de San Vicente estaba vacía. Luego se atesta, todo el mundo lo sabe, sobre todo tras la salida de la Misericordia de Santa Justa y Rufina, que hizo llegar una nueva avalancha desde la calle de la Plata. Y llegan las tensiones por un sitio. Hubo diversas quejas a la Policía por la situación de gente que había llegado más tarde; incluso quejas de que la propia Policía ‘tapara’ la salida; y más allá comentarios maleducados sobre la «cara de poco devoto» que tenía algún agente, que no estaba allí disfrutando, sino haciendo su trabajo.
El caso es que la plaza de San Vicente se llenó de nuevo este Martes Santo, con público de todas las edades, para ver salir del convento de las Gaitanas al Cristo de los Ángeles. Vieron todos primero los vistosos hábito y verdugo rojo púrpura de los penitentes, con escapulario blanco, en cuyo centro va bordado el emblema de San Agustín. Sobre el verdugo, la medalla con la imagen del Cristo. Aunque inicialmente nació en torno a profesionales de la educación del colegio Infantes, se ha ido nutriendo gracias al relevo generacional en sus miembros y a la incorporación de amistades de estos. Hace dos años, se puso en marcha una sección infantil, con miembros de ocho a diez años.

El público y los Ángeles elevan a su Cristo
El público y los Ángeles elevan a su Cristo - Foto: VÁ­ctor Ballesteros
Los primeros penitentes comenzaron el acostumbrado redoble de tambor, sobre el que se desarrolló la complicada salida del templo. Primero lo hizo sobre raíles situados sobre los escalones la carroza articulada repletas de flores del mismo rojo púrpura. Era necesario que lo hiciera, para poder sacar al Cristo a la calle, dado que por su altura no puede salir por la puerta del Convento.
El Cristo muerto en la cruz, del siglo XVII salió tumbado, a hombros de sus penitentes. Es una talla en madera con rica policromía y paño dorado, de autor anónimo. Una vez fuera, se aceleran los redobles, y comienza la elevación, grado a grado, del Cristo sobre su carroza, donde lo acompañan seis ángeles mancebos que portan cálices y los atributos de la pasión.
La expectación durante el proceso es máximo, como máximo es también el brillo de los dispositivos digitales con los que tantos quieren dejar inmortalizado el momento, que llega a competir que la fuerte llama de las antorchas de los penitentes. Todo termina con un fuerte aplauso.
De procesión. Tal era la cantidad de público, que algunos asistentes se tuvieron que echar para atrás en Cardenal Lorenzana para dejar pasar cofrades y la carroza. Se inició así la segunda procesión dedicada al Sermón de las Siete Palabras en este Martes Santo.
Poco después, San Vicente quedó casi vacío, y la procesión se encontró con un público muy dispar, más presente en teatro de Rojas o Zocodover. Por segundo año, allí no se desarrolló el encuentro con el Cristo de la Misericordia y Soledad de los Pobres. Es recomendable acompañarla en el evocador callejón de Jesús y María arropa a la imagen del Santo Cristo mientras se escuchan cantos corales que crean una atmósfera espiritual e íntima al paso de la procesión.
Finalmente, a diferencia del año pasado, lo que sí se produjo es el encuentro con la otra procesión de la noche de las Siete Palabras, la del Cristo del Amor, que estaba esperando en San Vicente.