La última espada de San Pablo

Francisco J. Rodríguez
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Al cardenal Gil de Albornoz se le atribuye traer a Toledo en el siglo XIV el arma con la que fue supuestamente degollado el apóstol. En 1936 desaparece tras estallar la Guerra Civil. Franco organizó dos búsquedas, en 1950 y 1967, pero no tuvo éxito

El Museo del Ejército tiene entre sus fondos no expuestos otra réplica que llegó a sus manos tras el cierre de la Fábrica de Armas en 1996 y que estuvo en el Santa Cruz hasta 2010 - Foto: Víctor Ballesteros

Una reliquia perdida, por dos veces buscada y jamás hallada. Reproducida y una vez más extraviada. La narración popular siempre mezcla hechos reales y fabulados, pero pocas veces existen tantas certezas como las que rodean a lo que sería la historia de un objeto muy particular, vinculado desde antiguo a Toledo y conocido a lo largo de los años indistintamente como ‘la espada de San Pablo’ o ‘el cuchillo de Nerón’.
La denominación no es baladí. El arma en cuestión llegó a Toledo con la atribución de que con ella se había degollado al apóstol San Pablo, una muerte que la historia atribuye al emperador romano Nerón.
La antigua tradición cristiana testifica que la muerte de San Pablo tuvo lugar en Roma entre el año 67 y el 68 después de Cristo. Su martirio se narra por primera vez en los ‘Hechos de Pablo’, escritos hacia finales del siglo II, los cuales señalan que el emperador Nerón lo condenó a muerte por decapitación. Era ciudadano romano y no podía ser crucificado. La sentencia se cumplió en el acto.
La imaginería se encargó años más tarde de recrear el martirio, incluyendo el arma que segó su vida: una espada.
Pero, ¿cómo llegó ese arma a la ciudad? La figura que presuntamente se encarga de traerla directamente desde Roma tampoco tiene desperdicio.
Se trata del cardenal Egidio Álvarez de Albornoz y Luna, más conocido como Gil de Albornoz, que fuera arzobispo de Toledo entre 1338 y 1350 y cuyo sepulcro ocupa un lugar destacado en el centro de la capilla de San Ildefonso de la Catedral Primada.
Gil de Albornoz, fundador del Colegio de Bolonia, trajo a Toledo la presunta espada con la que fue degollado San Pablo directamente desde Roma como un regalo del Papa Urbano V. El Santo Padre número 200 mantenía una estrecha relación con Albornoz, no en vano éste había renunciado a la tiara propiciando así su elección.
Las armas eran un elemento cotidiano para un hombre como Albornoz. Con 28 años, antes de ser nombrado arzobispo de Toledo, ocupaba el cargo de arcediano de la Orden de Calatrava. Su faceta de militar y religioso lo llevó a combatir en la cruzada europea en Algeciras contra los benimerines del Reino de Fez, y, sin duda, su experiencia militar fue determinante para que Clemente VI le diera el mando del ejército papal en 1350.
Viajó desde Aviñón, sede francesa del papado, con la misión de recuperar los Estados Pontificios. No fracasó, y su figura fue determinante en la configuración del actual Vaticano.
Gil de Albornoz murió el 24 de agosto de 1367 en Viterbo, y en 1371 se decidió el traslado de sus restos hasta Toledo en un cortejo por Italia, Francia y España en el que hasta el propio rey Enrique II de Castilla se encargó de portar el féretro.
En su testamento, rubricado bajo la denominación de «Canciller de Castilla y Caudillo de Italia», y en el que se detallan sus posesiones y las donaciones que hace tanto a Toledo como a Cuenca (de donde era oriundo), no figura referencia a la espada de San Pablo, por lo que es complicado datar cuándo llega ésta a Toledo.
El historiador Antonio Martín Gamero, en su libro ‘Los Cigarrales de Toledo’ (página 71), hace referencia a Albornoz como poseedor del cuchillo hasta que lo dona al convento de la Sisla. Lo denomina «preciosa reliquia» que regaló a la Catedral con otras muchas cosas que trajo de Roma.
Si se tiene como correcta la referencia de que Urbano V regala la espada, teniendo en cuenta que su papado duró de 1362 a 1370, y que Albornoz muere en 1367, estaríamos hablando de que el cuchillo de Nerón llegaría a Toledo en algún momento entre 1362 y 1367.
Además, hay que tener en cuenta que el convento de la Sisla se funda en 1384, por lo que no se pudo cerrar la donación en vida.
Sea como fuere, lo cierto es que la reliquia terminó en manos de los monjes jerónimos de La Sisla, y desde entonces queda datado, tanto por el historiador Martín Gamero, como por Sixto Parro (‘Toledo en la mano’, tomo II, Página 13), como por Rodrigo Amador de los Ríos (‘Una excursión a las ruinas de la Sisla’, 1910), que el cuchillo era venerado por los fieles el 25 de febrero de cada año, día del apóstol San Matías, permitiéndoles besar la reliquia.
La espada estuvo en La Sisla hasta la Guerra de la Independencia, cuando se traslada por seguridad al convento de las Jerónimas de San Pablo «para que no fuera robada por los franceses», pero finalmente retorna en 1814.
Permanece allí seis años más, y en 1820, debido a la expulsión de los monjes jerónimos de La Sisla por la desamortización, la madre abadesa de las Jerónimas de San Pablo escribió una carta al entonces arzobispo de Toledo, Luis María de Borbón y Vallabriga, con fecha 25 de octubre de 1820, solicitando el cuchillo de San Pablo. Fue entregado finalmente a ellas por el padre prior Fray Francisco Moreno de Guadalupe.
Allí permaneció el cuchillo hasta la Guerra Civil, momento en el que desaparece de las páginas de la historia... para pasar a los periódicos.

 

Se busca. El 3 de enero de 1950 el diario El Alcázar titulaba en portada: «Se busca el cuchillo con el que fue degollado San Pablo». El periodista Luis Moreno Nieto fue el encargado de recoger tan inusual acontecimiento, haciendo referencia levemente a que el cuchillo fue traído a Toledo por Gil de Albornoz y pasando posteriormente a detallar lo que ocurrió con la reliquia durante la Guerra Civil en lo que es hasta la fecha la creencia aceptada de lo sucedido.
Al llegar las tropas republicanas a la ciudad, con el Alcázar sublevado y atrincherados allí militares y Guardias Civiles, lo primero que hicieron fue tomar los conventos de la ciudad para usarlos como cuarteles. Se arrestó a las monjas, pero la historia de lo que le pasó al cuchillo llegó en boca de una de ellas a la que, «anciana e impedida», se le dejó permanecer en el convento.
El artículo del diario El Alcázar narra cómo esa monja contó que el demandadero del convento arrojó la espada, junto a una escopeta vieja que guardaba, al pozo del patio del convento antes de que llegaran las tropas republicanas. Ahí se perdió el rastro de la reliquia.
Pero, ¿quién decidió buscar en 1950 un cuchillo que prácticamente había sido olvidado por la guerra? Pues alguien que lo tenía muy presente desde antes de 1936.
La orden de iniciar tan peculiar búsqueda partió del propio General Franco. Desde que en 1907 entró como cadete en la Academia de Infantería de Toledo quedó fascinado por la historia de la espada y, según relatos de las propias monjas jerónimas, solía acudir a venerar el cuchillo, que hasta 1936 se expuso en la iglesia abierta al culto del propio convento.
Iniciar la búsqueda en 1950 tenía también la intención, según se recoge en la prensa de la época, de recuperar la reliquia para poder regalársela al Papa Pío XII para celebrar el recién instaurado Año Santo y, de paso, limar las asperezas entre España y el Vaticano que por entonces negociaban la firma de un nuevo Concordato.
La búsqueda de la espada fue un acontecimiento en la ciudad. Los bomberos llegaron a descender al pozo del convento para encontrar la reliquia, buscaron por todos los tejados y se tiraron varios tabiques sin éxito. No había rastro del arma.
La obsesión de Franco por el cuchillo de San Pablo le persiguió durante años. Luis Moreno Nieto, en su libro, ‘Franco y Toledo’, narra como el general solía contar la historia de la reliquia a cada uno de los seis gobernadores civiles que nombró en vida para la provincia.
Es conocida la fijación de Franco con otra reliquia, ‘la mano milagrosa de Santa Teresa’,  un guante de plata con dedos engalanados por piedras preciosas que guardaba en su interior restos incorruptos de la santa, así como que en su lecho de muerte pidió que le trajeran el manto de la Virgen del Pilar para colocarlo a los pies de su cama.
Las interpretaciones ocultistas de su vítor, que apareció de la nada para celebrar su victoria militar y desapareció casi de igual forma; su animadversión a la masonería, a pesar de que dos de sus hermanos lo eran; o la simbólica arquitectura de su faraónica tumba en el Valle de los Caídos son otros elementos que refuerzan la idea de que Franco, al igual que otros dictadores de la primera mitad del siglo XX, tenía tendencias ocultistas que, en el caso español, enraizaban con el catolicismo.
Sin éxito en la búsqueda pasaron los años, y en 1967 se produjo lo que la prensa de la época catalogó como «un hallazgo providencial». En los archivos del Museo de Santa Cruz se encontró un pergamino, compuesto por dos hojas de vitela cosidas, en el que se dibujaba el cuchillo tanto en su anverso como su reverso.
El historiador Julio Porres consideró que el documento era obra de Francisco Xavier de Santiago Palomares y su hijo Dionisio, eruditos toledanos que en el siglo XVIII se dedicaron a catalogar armas y contrastes de maestros armeros toledanos.
Con este documento se reavivaron las ascuas de la búsqueda. De nuevo el Régimen Franquista inició una campaña en prensa para dar a conocer la historia y tratar de encontrar algún rastro. La televisión naciente también fue una buena herramienta para propagar la imagen del cuchillo por si alguien conocía su paradero. Todo fue en vano.
Finalmente, ante la falta de éxito pero con tan completa descripción, se optó por realizar «dos réplicas». Los artesanos de la Fábrica de Armas se encargaron de dar forma al objeto con las indicaciones del arma registradas en el pergamino de Santa Cruz. Un artículo de ABC narra cómo el 3 de diciembre de 1967 se hizo entrega a Franco de una de las réplicas en la finca ‘Castillo de Higares’, en Mocejón, de manos del gobernador civil Thomas de Carranza.
La espada fue entregada personalmente por el ingeniero jefe encargado de la Fábrica de Armas de Toledo en aquella época, Buenaventura Osset Rey. Horas antes de ser regalada a Franco se mostró la espada a las monjas jerónimas de San Pablo, que, según recoge la crónica del periódico, «debido a la calidad de la copia creyeron encontrarse ante la auténtica».
El 14 de junio de 1969 el cardenal primado de Toledo, Vicente Enrique y Tarancón, recibió como regalo de la Fábrica de Armas la otra réplica de la espada. Curioso regalo en común para una figura que protagonizaría duras disputas con Franco y que, a su muerte, se caracterizó por su talante conciliador durante la transición.
Se cerraba así la búsqueda del cuchillo de San Pablo, que ha permanecido oculta en la memoria de los que la vivieron hasta que La Tribuna ha tratado de juntar de nuevo las piezas de esta peculiar historia.
Y es que, ¿dónde están ahora mismo las dos réplicas de la espada? ¿Qué pasó con ellas a la muerte de Franco y el cardenal Tarancón? Otro misterio.

La última espada. Este diario ha tratado sin éxito de encontrar y fotografiar las réplicas que en 1967 y 1969 se regalaron, respectivamente, a Franco y Tarancón. Patrimonio Nacional, organismo público dependiente de la Presidencia del Gobierno y responsable de los bienes de titularidad de Estado Español, ha confirmado a La Tribuna que no tiene entre sus inventarios, tanto del palacio del Pardo en el que residió Franco, como de toda su red a lo largo del país, ningún objeto que se corresponda con la descripción de la espada. Eso sí, remitieron a la existencia del pergamino del siglo XVIII de Palomares entre los fondos del Museo de Santa Cruz.
La Fundación Francisco Franco tampoco tiene constancia del objeto, y un nieto del ingeniero jefe de la Fábrica de Armas Buenaventura Osset, Fernando Campoy, tampoco recuerda nada del día en el que su abuelo entregó la espada al dictador.
El Museo de Santa Cruz tiene aún entre sus fondos el citado pergamino, y a su vez su dirección confirmó que pudo exhibir desde 1996 a 2010 una réplica de la espada, que llegó a ellos como cesión del Museo del Ejército y que luego devolvieron. Ése arma en concreto es el que aparece fotografiada en este reportaje.
Germán Dueñas, conservador jefe del Departamento de Armas del Museo del Ejército, confirmó a La Tribuna que el arma les llegó a través de «fondos de la Fábrica de Armas», a la vez que no descarta la hipótesis que se hicieran más de dos réplicas.
El Arzobispado de Toledo tampoco tiene constancia que entre el patrimonio que dejara Tarancón (no es habitual llevarse los regalos) se encuentre nada parecido al cuchillo de San Pablo, mientras que en el Arzobispado de Madrid, siguiente destino del cardenal, confirman que ni en los inventarios de la Catedral de la Almudena ni en el Palacio Episcopal consta ninguna espada o réplica que perteneciera a Tarancón.
Una vez más, la historia se repite y los rastros de la reliquia, ya sea copia o no, se borran.
Por último, y puestos a ampliar la historia de la espada, es de especial interés el relato de la actual madre superiora del convento. La Madre Teresa cuenta con 86 años. Navarra de nacimiento, entró en el convento de las Jerónimas de San Pablo en 1947 y recuerda a la perfección la primera búsqueda de la espada, un relato que entona sin recibir por parte del redactor contaminaciones de la historia plasmada en la prensa de la época.
«Vinieron y nos dijeron que iban a buscar la espada, y que si la encontraban nos arreglarían el convento. Dejaron todo patas arriba, tiraron varios tabiques y se fueron dejando las cosas peor que estaban», recuerda como testigo presencial de la búsqueda de 1950. «Buscaron en la mina», aclara para referirse, no al pozo del patio del convento, como afirma la creencia general, sino a una especie de aljibe que abastece de agua al convento, «pero no lo encontraron».
Y es que, la madre Teresa tiene otra versión de los hechos que contradice la oficial, y que le llegó de boca de dos de sus hermanas, que eran novicias cuando estalló la guerra en 1936. «Los soldados entraron en el convento y cuando sacaban detenidas a las monjas uno de ellos, en la portería, tenía en su mano el cuchillo de San Pablo. Algunas le gritaron que lo soltara, que era una reliquia, pero él se limitó a decir que era un arma para intentar matarles y que lo iba a tirar. Después fusilaron en la misma portería al portero (demandadero) y a un sacerdote en una columna del patio».
Con testigos, sin pozo y sin la teoría de la ocultación por parte del difunto demandadero, el destino de la espada original sigue siendo un misterio. Guardada hoy en los fondos del Museo del Ejército, la única réplica conocida mantiene vivo su legado y es el recuerdo de un mito que, muy posiblemente, aún no ha escrito su última palabra.