Concha Berzosa: «Este país no quiere reconocersu propia historia»

M.G.
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Concha Berzosa: «Este país no quiere reconocer su propia historia»

La Asociación Amical de Mauthausen, fundada en 1962, es el alma y la voz de los deportados españoles a los campos de concentración nazis, de los supervivientes y de sus viudas. Sus objetivos se centran en mantener vivo el recuerdo

¿Qué le ha aportado a usted la Asociación Amical de Mauthausen?
Llevo vinculada a la asociación desde 1969 y lo hice por solidaridad porque no tengo ningún vínculo con nadie que haya muerto en los campos nazis. Se creó en Barcelona, en 1962, con supervivientes y viudas de deportados principalmente del campo de concentración de Mauthausen, pero no se legalizó desde el año 78.
Una de las iniciativas de la asociación es ofrecer charlas sobre la deportación los españoles y su paso por los campos. ¿En qué  se suele incidir?
En intentar desmontar ese mito de que fueron unas víctimas casuales de la Segunda Guerra Mundial, ya que fueron deportados a los campos nazis por ser luchadores antifascistas, y en los distintos  itinerarios por los que llegaron a los campos de concentración. Muchos eran refugiados en Francia y otros colaboraban con la resistencia francesa. También hubo españoles en las Compañías de Trabajadores que fueron capturados por la Wehrmacht, las fuerzas armadas alemanas.
¿La sociedad esta suficientemente concienciada con la tragedia de los represaliados españoles en la Alemania nazi?
En España no se conoce la historia cercana y menos la de nuestros compatriotas durante la Segunda Guerra Mundial porque se ha olvidado la trayectoria de aquellas personas que tuvieron que exiliarse. Todavía continúa vivo el mito de que España fue un país neutral durante el conflicto y no participó en la contienda. Además, se alimentó del hecho de que los aliados consintieran que en España siguiera la dictadura franquista después de la Segunda Guerra Mundial.
¿Es poco conocida también la resistencia de los prisioneros españoles en Mauthausen?
Casi todos los prisioneros que llegaron a Mauthausen, entre 1940 y 1941, formaron un colectivo identificado con un triángulo azul y encima una S de Spanier, lo que permitió que dentro del campo se identificasen fácilmente. Al mismo tiempo, el resto de los deportados en el campo les miraban con un cierto respeto porque sabían de su lucha durante la guerra en España. Al principio, para ellos fue bastante desconcertante entrar en el campo, pero como fue uno de los primeros grupos nacionales que llegaron en 1941, comenzaron a ocupar determinados puestos, en aquellos momentos privilegiados, de sastres, barberos o, incluso, en el servicio de identificación. Y esta condición les permitió tener acceso a determinada información, colaborar para que otros compatriotas tuvieran mejores destinos y salvar a gente.
Todo el mundo considera que los españoles ayudaron a presos de distintas nacionalidades para salvarles la vida o mejorar sus condiciones. Es algo reconocido por toda la comunidad internacional dentro de la historia de los campos de concentración.
En los últimos años ha aumentado la producción editorial sobre el tema de los campos de concentración. Pero el tiempo va pasando y los testimonios se van agotando, ¿se podría hacer más para no perder parte de esa memoria oral?
El paso del tiempo es imparable y las voces de los supervivientes se están agotando. Es responsabilidad de todos asumir el compromiso de mantener vivo el recuerdo de aquel sacrificio para que, por lo menos, no haya sido en vano. Todos somos deudores de lo que hicieron aquellas personas y si no se hubieran enfrentado a enemigos tan fuertes y poderosos que parecían invencibles no se hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial. También es importante conocer la historia más cercana, máxime cuando en nuestro país todavía estamos intentando aclarar cuál fue la Historia del siglo XX. Y es imprescindible que la juventud conozca la historia y mantengan la responsabilidad de este recuerdo.
Las mujeres también son las grandes olvidadas en la Segunda Guerra Mundial?
Siempre son las grandes olvidadas de todo. En el campo de Ravensbrück, exclusivo de mujeres, hubo alrededor de un centenar de españolas. Normalmente, las deportaban porque colaboraban con la resistencia. En este campo las condiciones fueron tremendas porque se practicaron bastantes experimentos médicos y hubo asesinatos masivos de niños, tanto de los que llegaron con sus madres como de los nacidos en el campo.
Resulta curioso el hecho de  que Francia y Alemania hayan intentado reparar el daño con indemnizaciones a supervivientes y a sus descendientes y España no haya movido un dedo por los deportados.
Sí lo es, sobre todo, porque muchísimos republicanos españoles han sido condecorados por los tres ejércitos, el francés, inglés y norteamericano, por su participación en la Segunda Guerra Mundial. En cambio, España nunca ha reconocido ni como excombatientes ni como exdeportados a ninguno de ellos y tampoco se les ha indemnizado. Sólo han recibido subvenciones del Gobierno francés porque fueron detenidos en su territorio, del alemán porque les transportó y del austriaco porque los campos estaban allí.
Incluso en el Comité Internacional que tienen todos los campos, formado por las nacionalidades de los internados, los países tienen como representante al ministro del Interior, pero la representación de España recae en la Asociación Amical de Mauthausen. No hemos conseguido en treinta y tantos años de democracia que el Gobierno ni el ministro del Interior se involucren en esta tarea, pero hay que seguir luchando para equipararnos al resto de los europeos.
También llama la atención las pocas investigaciones sobre la connivencia del gobierno franquista con las familias alemanas que se asentaron en España al finalizar la guerra o todos aquellas que huyeron utilizando este país como primer refugio.
Hay que darse cuenta de la política de los aliados tras la Segunda Guerra Mundial. Hubo una red, la famosa odessa argentina, y a través de España llegaron muchos nazis, otros, en cambio, se quedaron en nuestro país. España fue un refugio de criminales nazis de todas las nacionalidades. Además, la población conocía la ideología, en muchos casos, porque se celebraban fiestas y sus actividades eran significativas, pero el gobierno franquista siempre lo consintió.
Resulta curioso que en Alemania haya ahora un proceso abierto contra la policía criminal que colaboró con la Wehrmacht en los asesinatos masivos en Polonia, pero en España todavía no se ha planteado siquiera un proceso por los crímenes franquistas, por ejemplo. Es parte de la idiosincrasia de este país porque no quiere reconocer su historia.
Pero hace dos años la Audiencia Nacional inició un proceso tras una querella de supervivientes españoles contra un criminal polaco, ‘Iván el Terrible’.
Parte de la jurisprudencia que se estableció en los juicios de Nuremberg no se ha aplicado ni es aplicable. Así que aunque se presente una querella contra un señor que ha tenido una determinada ideología no se le puede enjuiciar salvo que haga apología. En los casos concretos de personas que han cometido los crímenes en otro territorio juzgarlos aquí en España es muy difícil también porque la legislación es muy tibia y ambigua. Pero hay que seguir luchando para que se pueda conseguir algún día.
Alemania ha sido el país más valiente, dentro del contexto europeo, por juzgar a determinadas personas y ha indemnizado a muchas afectados. Pero todavía quedan cuentas pendientes en Francia y en otros países.
¿Qué le parece el linchamiento que está sufriendo el juez Garzón, que finalmente ha sido absuelto por investigar los crímenes del franquismo?
Me parece un acto fascista y  una canallada. No es de recibo que la única persona que ha querido investigar los crímenes haya sido juzgada. Pero forma parte del contexto porque la Ley de Memoria Histórica, que permitía que el Estado no se hiciera cargo de las exhumaciones ni encausara a los criminales que existen y viven. Eso dice mucho de cómo es España.