Orígenes de un mal modelo: la Vega Baja

A. de Mingo
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Los proyectos de la Dirección de Regiones Devastadas fueron el origen de los Bloques de Santa Teresa. Ya estimaban, a comienzos de los cuarenta, que la Vega Baja podría albergar a 6.000 personas

Orígenes de un mal modelo: la Vega Baja

Después de toda la controversia ocasionada durante los últimos quince años a propósito de la urbanización de la Vega Baja -el proyecto de construcción de 1.300 viviendas impulsado, en contra de la opinión de los especialistas, en una de las zonas con mayor potencialidad arqueológica de Toledo-, resulta muy llamativa la rotundidad con que los urbanistas de comienzos de los años cuarenta decidieron cuál habría de ser el principal eje de crecimiento de la ciudad para los próximos años: «La proximidad del ensanche a la carretera [de Madrid] interesa mucho más que la proximidad al ferrocarril, y por eso se ha elegido la Vega Baja y no los terrenos situados al otro lado del río [es decir, la Huerta del Rey]», aseveraba en 1942 el arquitecto Arístides Fernández Vallespín, responsable de la reconstrucción, para la Dirección General de Regiones Devastadas, de la plaza de Zocodover y la nueva sede del Gobierno Civil, entre otros muchos proyectos toledanos.
«No se puede condenar a la población a que viva para siempre en condiciones higiénicas detestables, sin que pueda desarrollar sus actividades en la industria y el comercio, viviendo en callejas muy pintorescas para pasear a la luz de la luna, pero en las que jamás penetró el sol», había planteado este mismo autor un año atrás, según consta en los ejemplares de la revista Reconstrucción que acaba de divulgar el Archivo Municipal de Toledo a través de su página web y a los que La Tribuna dedicó ayer un primer reportaje. «Es necesario que exista un lugar de expansión donde puedan vivir con decoro, desarrollando sus actividades sin los impedimentos que implica el valor artístico de todo lo que les rodea». El lugar elegido para ello fue la Vega Baja. Más concretamente, el margen derecho de la actual Avenida de la Reconquista, lo que pronto se conocería como ‘Barrio de los Bloques’ y que, en la actualidad, forma parte de Santa Teresa.
A comienzos de los años cuarenta no cabían consideraciones relacionadas con el paisaje, ni tampoco motivaciones arqueológicas que, a la postre, acabarían con unos espacios fundamentales para comprender el urbanismo de Toledo durante la antigüedad romana. El afán por preservar a toda costa el Casco -«sus edificios, sus calles, deben conservarse íntegros, y no hay problema de circulación que autorice a derribar murallas, como se hizo a los lados de la puerta de Bisagra»- trajo consigo la urbanización de esta zona tan próxima, pues se entendía que «no perjudica la silueta de la ciudad y tampoco está demasiado alejada de ella».
- Foto: En esta página mostramos el proyecto de uno de los primeros bloques construidos allí, viviendas que fueron catalogadas como «de categoría media» por el Instituto Nacional. Bloques de cuatro portales. Cuarenta y dos pisos cada uno, dotados de grandes espacios y comodidades para la época: Vestíbulo, comedor, cuarto de estar (con chimenea francesa), tres dormitorios principales, un dormitorio de servicio, cocina, baño, aseo, lavadero y despensa. Armarios empotrados. Absolutamente diáfanos y dotados de terraza-tendedero independiente.
Bien contextualizados en los primeros momentos de la arquitectura franquista, eran edificios que conjugaban la funcionalidad con una mirada a la tradición renacentista, fácil de reconocer en sus pórticos columnados. O, lo que es lo mismo, esa vaga consideración de «ambiente de estilo toledano» que le dieron sus responsables: «Lo señorial y popular se entremezclan» en este nuevo barrio «y su gran avenida», señalaron desde Regiones Devastadas cuando los dos primeros bloques de viviendas estaban ya finalizados, «constituyendo el verdadero pulmón de la ciudad».
En 1951, cuando ya habían fallecido Fernández Vallespín y Eduardo Lagarde, y seguían activos aún Francisco Moreno López y Esteban Riera, la superficie construida sumaba casi cuatro mil metros cuadrados. 298 viviendas. Casi una veintena de comercios. Aceras de cinco metros con arbolado y calzadas de cinco y medio.
Bien es cierto que quedaron pendientes iniciativas que no se materializaron, como «una escalinata de grandes proporciones construida de piedra y ladrillo» que permitiría el acceso al Hospital Tavera y una enorme plaza de cuarenta y cinco metros de lado. No obstante, la partida acababa de empezar. El ingeniero Luis García Vallejo, responsable de la ampliación del abastecimiento de agua en la zona, estimaba que los 100.000 metros cuadrados de toda la Vega Baja podrían permitir instalarse a 6.000 vecinos. «Hoy el paseo de la Vega es uno de los lugares más pintorescos de la ciudad, muy preferido de los toledanos con sus jardines y atractivas vistas, lleno de recuerdos históricos y de poesía».
La realidad, setenta años después, ha demostrado ser bien distinta. Ni la urbanización parcial de la Vega Baja se convertiría en un ensanche satisfactorio para la ciudad, hoy atomizada y repartida en barrios dispersos, ni se preservó eficazmente su patrimonio arqueológico con la construcción de edificios como el Colegio Virgen del Carmen, a mediados de los cincuenta, ni las edificaciones adyacentes. Un error, o mal modelo, que por desgracia aún se repite.