Don Marcelo, primado que huía de lo 'políticamente correcto'

Miguel Ángel Dionisio
-

Han pasado quince años de su muerte y, sin embargo, la figura de don Marcelo no sólo no ha caído en el olvido sino que, poco a poco, va adquiriendo el lugar que le corresponde en la Historia, tanto de la Iglesia como de la de la España contemporánea

Don Marcelo, primado que huía de lo ‘políticamente correcto'

Hace quince años, el 25 de agosto de 2004, fallecía, en el palentino pueblo de Fuentes de Nava, una de las figuras eclesiales más importantes de la reciente historia de España, el cardenal arzobispo de Toledo y primado de España Marcelo González Martín, don Marcelo. Pocas personalidades han logrado marcar, como don Marcelo, su impronta en una época y en un lugar concreto del modo como él lo hizo en estas tierras toledanas, de las que fue pastor desde que en 1971 el papa Pablo VI le designara como sucesor del cardenal Tarancón hasta que Juan Pablo II aceptó su renuncia por edad en 1995.
Han pasado quince años desde su muerte, y sin embargo, la figura de don Marcelo no sólo no ha caído en el olvido sino que, poco a poco, va adquiriendo el lugar que le corresponde en la Historia, tanto de la Iglesia como también de la de la España contemporánea. El pasado año, centenario de su nacimiento, diversos actos y publicaciones permitieron profundizar en diferentes aspectos de su vida, magisterio y espiritualidad. Asimismo, de la mano del que fue su secretario, don Santiago Calvo, pudimos conocer facetas de la vida privada del cardenal, su perfil más íntimo y personal, que denotan una rica, recia, profunda personalidad.
Es cierto que la figura de don Marcelo suscitó a lo largo de su vida profundas adhesiones junto a no menores rechazos, en el contexto de la difícil aplicación del Concilio Vaticano II en España, complicada por el complejo contexto político del final del franquismo y la Transición, en la que el primado tuvo un protagonismo eclesial y social indudable. Sin embargo, según se han ido calmando las aguas se ha podido comprobar la pertinencia de la opción tomada por don Marcelo en el plano de la renovación de la Iglesia. Son muchos los frutos que han enriquecido la archidiócesis toledana, siendo el Seminario el más destacado de ellos, aunque no el único. Don Marcelo quiso poner al día la vieja sede primada convocando un Sínodo diocesano, algo que no se hacía desde la época del cardenal Portocarrero, en el siglo XVII; prestó especial atención a la ciudad de Talavera, con la creación de nuevas parroquias y la mejora del cuidado pastoral; promovió la educación y formación humana con la renovación del viejo Colegio de Infantes, en el que tantas generaciones de toledanos nos hemos educado; atendió a la cultura en sus más diversas facetas, con una preocupación digna de sus antecesores Cisneros y Lorenzana, a los que imitó asimismo con la renovación y actualización del rito hispano-mozárabe; se preocupó de una forma especial de la América de habla española, de su evangelización y promoción humana. Y así un largo etcétera que conforman un rosario de preocupaciones, de atención a todo tipo de realidades de la más diversa índole.
Una de las grandes pasiones de don Marcelo era la Historia. En sus visitas al Seminario, preocupado  por la formación de un clero de alto nivel intelectual y espiritual, animaba a los seminaristas a que en sus ratos de ocio leyeran Historia. Creo que esa afición e interés fue lo que le ayudó a valorar el papel de Toledo en la configuración de nuestro país, desde la etapa visigoda hasta la modernidad. Don Marcelo era consciente del peso que tantos siglos de vida, cultura y civilización cristiana, promovidos por los prelados anteriores a él, tenían sobre su propia actuación. Y fue digno sucesor de esa larga lista de arzobispos que podemos contemplar en la bellísima sala capitular de la catedral, de Ildefonso, Julián, Eugenio, Raimundo, Jiménez de Rada, Gil de Albornoz, Mendoza...hasta los de la Edad Contemporánea, que también marcaron su impronta en la vida nacional, Sancha, Gomá, Pla y Deniel, Tarancón. Sin embargo ese amor al pasado no se quedaba en nostalgia estéril. Como escribió en un breve artículo Joaquín Luis Ortega, titulado ‘El trigo de don Marcelo’, no se quedaba en retóricas vacías, ni en predicaciones (siendo, como era uno de los mejores predicadores españoles) sino que sabía ‘dar trigo’, tomar decisiones, promover acciones que resolvieran las grandes cuestiones que iban surgiendo en la vida de la Iglesia y de la sociedad española, sin olvidarse de América.
Don Marcelo, y este es también otro de sus rasgos más destacados, era un hombre libre, capaz de dar su opinión e impartir su magisterio episcopal ante cuestiones que sabía podrían resultar impopulares. No se dejaba influir por lo ‘políticamente correcto’ y tanto en sus escritos como en su predicación se mostraba coherente con sus obligaciones como pastor y maestro del Pueblo de Dios. Predicaciones que, por otra parte, eran una de las facetas en las que desde joven más destacó. Ya en Valladolid llenaba iglesias y en sus últimos años en Toledo, a las celebraciones de Semana Santa acudían personas de fuera de la ciudad para escuchar sus profundas homilías, pronunciadas en un riquísimo y bello castellano.
Otra de las facetas más importantes de su vida fue la preocupación social, desde sus tiempos de joven sacerdote, en que fue nombrado consiliario de los hombres de Acción Católica y se dedicaba no sólo a impartir conferencias sobre Doctrina Social de la Iglesia sino que, ‘dando trigo’, promovió la creación de dos barrios obreros en Valladolid, el de San Pedro Regalado y el de España; esta preocupación la continuó en las diversas diócesis por las que pasó como obispo, Astorga, Barcelona y Toledo, donde impulsó, entre otras actuaciones, la construcción de albergues para transeúntes, residencias de ancianos y la obra de Cáritas.
Son muchos los aspectos de la vida de don Marcelo que me dejo en el tintero. Sirvan estos para testimoniar mi admiración y respeto por su figura. Otros harán la crítica. Todo es necesario para ponderar adecuadamente la realidad de cualquier figura pública. Yo, al evocar a don Marcelo en el aniversario de su muerte, me quedo con lo bueno.