La Argamasilla toledana del «Cura Loco»

A. de Mingo
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El sacerdote Ventura Fernández López (1866-1944) publicó un libelo en Madrid en 1918 con durísimos ataques hacia los fundadores de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo y hacia su primer director, Rafael Ramírez de Arellano

La Argamasilla toledana del «Cura Loco»


El sacerdote y periodista Ventura F. López (1866-1944), que ha pasado a la historia social de Toledo con el apelativo de «el Cura Loco», protagonizó no pocas anécdotas en los ambientes cultos de la ciudad durante las primeras décadas del siglo XX.
El 11 de mayo de 1915, por ejemplo, a punto estuvo de llegar a las manos con el anticuario Justo García Callejo por haberle entregado «una preciosa cabeza escultórica, hallada en los derribos de la casa de los Maristas». Según el Diario Toledano, el sacerdote -responsable de varias excavaciones arqueológicas, entre ellas la más temprana de las actuaciones realizadas en el Circo romano a comienzos del siglo XX- pretendía vender la pieza a «uno de los chamarileros de Madrid que se están llevando de Toledo todas las antigüedades de algún valor».
Tras negarse el anticuario a devolvérsela, ambos «promovieron una gran tremolina», llegando García Callejo «a amenazarle con uno de los ‘charrascos’ antiguos que hay en la tienda» (la cual estaba situada en las inmediaciones del Alcázar, cerca del actual edificio de los Sindicatos, según recogieron en su día Eduardo Sánchez Butragueño y Rafael del Cerro Malagón en una entrada del blog Toledo Olvidado).
Jesús Cobo, biógrafo de Ventura F. López en un valioso artículo publicado en la revista Archivo Secreto (2015), subrayó su «minúscula significación histórica» y a la vez «importancia y valor como sujeto mitológico». Según este investigador, «en Toledo, todos lo conocían. En todos los niveles sociales tuvo amigos y enemigos; todos se burlaron de él y a todos consiguió irritar. Como la anguila: nadie -salvo su propia enfermedad- fue capaz de agarrarlo. Una libertad indómita e irreprimibles anhelos de notoriedad: mala mezcla».
A comienzos de 1918, cuando sus fantasiosas teorías le habían procurado ya enfrentamientos con arqueólogos como Rodrigo Amador de los Ríos -quien le acusó por su parte de haber vendido una placa de barro con inscripción islámica a Muley Hafid, sultán de Marruecos, en una visita que hizo a Toledo tres años atrás-, «el Cura Loco» tuvo otro duro enfrentamiento con la recién creada Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo y con su primer director, el cordobés Rafael Ramírez de Arellano (1854-1921).
Los antecedentes de la disputa -junto, quizá, con la negativa de su ingreso dentro de esta institución- se remontan al año anterior, cuando Ventura F. López excavó un supuesto sepulcro visigodo del siglo VII en las inmediaciones de la basílica de Santa Leocadia (Cristo de la Vega). El interés de los académicos en conocer los detalles arqueológicos (o quizá su insistencia en que no se permitiera al sacerdote realizar otras excavaciones) le llevarían a considerar que «de lo que se trata con la flamante fundación [es decir, la Real Academia] es de acaparar los monumentos todos, y de que no haya quien ose en Toledo investigar sin permiso del secretario del Gobierno» (quien no era otro que el propio Ramírez de Arellano).
Conservamos un libelo con cinco demoledores artículos suyos, publicados en Madrid, en el periódico El Parlamentario -que no llegaba a Toledo «por ser todas las noches denunciado apenas aparece» en la propia capital-, con el seudónimo de «Juan Castrillón», en donde no dejaba títere sin cabeza sobre los nuevos académicos. Era el director de este periódico el malogrado periodista Luis Antón del Olmet, a quien Juan Manuel de Prada describía en su novela Las máscaras del héroe (Valdemar, 1996) como «bilbaíno y orate, bravucón y zampatortas, que había conseguido cierta notoriedad gracias a sus noveluchas», tras las cuales «se adivinaba a un hombre demasiado viril, presto siempre a enarbolar una lanza (pero su única lanza era la polla, como suele ocurrir entre los muy viriles) en pro de las viudas y las huerfanitas, con una prosa infame, como de campo sembrado de patatas».
Ventura F. López acusaba en El Parlamentario a los académicos toledanos, en primer lugar, de haber constituido «una Argamasilla», es decir, la academia (o más bien, reunión de simples) que Cervantes situó burlescamente en esta pequeña villa manchega, fuese la de Alba o la de Calatrava. Se mofaba Ventura F. López del título de «real», obtenido poco después de su constitución en 1916, considerando que «no tardará en llamarse pontificia, puesto que su primer académico honorario es el Sr. cardenal».
También dirigía sus dardos a los valedores madrileños de la institución, como el «Conde del Nadal» -Manuel Escrivá de Romaní (1871-1954), en realidad conde de Casal-, a quien se refería como «desecho de tienta y cerrado de las academias de verdad, que a falta de mejor título, pasean por la Corte el de sus correspondientes».
El sacerdote consideraba que «la mayor parte son incondicionales de su presidente», que callaban a la espera de ver cómo al deslenguado «se lo lleva el diablo»... Les acusaba, en primer lugar, de fatuos que, «al objeto de decorarse», estaban prestos a «pedir un uniforme cualquiera, el de los antiguos cuadrilleros, por ejemplo, para asistir entre los armados [es decir, los devotos ataviados con las armaduras de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad de Santa Justa] a la próxima procesión de Viernes Santo».
Comparaba, en este sentido, a los académicos toledanos con los madrileños, quienes lo eran «a título de políticos y marqueses, gentes que suelen vestir de limpio»; los oriundos, por el contrario, eran «unos pobres hombres que [en actos como la sesión pública celebrada en 1917 con motivo del centenario de Cisneros] se escondían avergonzados detrás de los correspondientes, venidos de Madrid, únicos que vestían decentemente, salvo dos militares y un catedrático [probablemente el director del Instituto toledano, Teodoro de San Román], que dijo no sé cuántas impertinencias al ministro».
«¡Había que ver la cara del Sr. Prida [Joaquín Fernández Prida, titular de Gracia y Justicia] ante aquel cuadro! El ministro optó por marcharse a la estación, en vez de meter al catedrático en la cárcel, porque comprendió que tomar en serio a semejante academia solo se le pudo ocurrir al Sr. Francos Rodríguez [responsable, por su parte, de Instrucción Pública y Bellas Artes], que en su efímero paso por el ministerio, además, les prometió dietas: tres pesetas por barba». Para completar su caricatura, advertía a los nuevos correspondientes por Madrid de la Real Academia toledana que se exponían «a acudir a una sesión y ser obsequiados con chufas y cacahuetes, que a lo mejor entra algún académico numerario de la Argamasilla comiendo...».
Uno de los académicos que recibió sus ataques fue el secretario de la institución toledana, Adolfo Aragonés de la Encarnación (1871-1967), de quien señalaba «el Cura Loco» que seguía al director «por la calle a respetuosa distancia». Hablaba de él como «un hostelero -fue el propietario del Hotel Granullaque, en la plaza de Barrio Rey- que allá se va en la fama de guisar perdices con la de aquella de quien decía la nota marginal del primer Quijote que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha».
El «escultor primitivo» Aurelio Cabrera (1870-1936), en realidad un artista destacado en el Madrid de finales del XIX y director de la Escuela de Artes toledana, fue otro de sus enemigos, artífice de un busto de Ramírez de Arellano «del cual decían los chicos cuando estuvo expuesto: —¡Anda la órdiga!… ¡Hasta miguitas de pan se le ven entre las barbas!...». Otro contra quien arremetió Ventura F. López fue el doctor Juan de Mata Moraleda y Esteban (1857-1929), «cierto médico que recomienda calcetines sudados [?] para las anginas».
Las principales críticas, sin embargo, fueron dirigidas contra Rafael Ramírez de Arellano, a quien «el Cura Loco» acusaba, en calidad de secretario del gobernador civil, Emilio de Ignesón, de no comunicar a este sus descubrimientos. «Lector: le vas a ver en cueros», advertía el sacerdote al final del prólogo de su libelo, en donde acusaba a su contrincante de ir «dándose lustre» de «conservador de Toledo». Miembro de una gran familia de abogados y eruditos andaluces, Rafael Ramírez de Arellano era, según Ventura F. López, el centro de «aduladores baratos», quienes «ora le llaman gran pintor (y pinta aleluyas), ora arqueólogo insigne… y ora pro nobis -diremos, parodiando a Clarín- ya que el presidente de la de Argamasilla hasta ahora no ha hecho sino descubrir unos sotabancos de iglesia y calificar de ara visigoda una piedra que, con decir que tiene la cruz de Malta grabada, se dice del calificador bastante...».
«El Cura Loco» se mofaba del director de la Real corporación toledana por acudir a Alfonso XIII con el fin de obtener «algunos muebles de los arrumbados en los sótanos de palacio, a fin de que tengan siquiera dónde sentarse sus académicos». Admitía irónicamente, por cierto, la posibilidad de que si el monarca, «en una de esas genialidades que le hacen tan simpático, da por lo de Conde de Toledo [título empleado a menudo por Alfonso XIII a modo de seudónimo, por ejemplo, para competir en derbies] en comprar la casa de Mesa, donde la Argamasilla se halla instalada, miel sobre hojuelas, tendrá el Sr. Ramírez de Arellano casa de balde». Esta solución habría solucionado no pocos problemas a los académicos actuales, que en el año 2015 se vieron obligados a abandonar su centenaria sede para instalarse en las oficinas y despachos de la antigua Sindicatura de Cuentas de Castilla-La Mancha, en la calle de la Plata.
Por último, tras acusar a los fundadores de ser como «las academias rabínicas de Alfonso el Sabio» (planteando que su primer director era «rey como secretario del Gobierno, y es sabio como Alfonso… y quién sabe si también rabino»), tras imaginar «su estatua en la frontera plaza de Padilla, en lugar de la proyectada del gran comunero, tocando la guitarra», finalizaba su ataque con un correoso «Epitafio» del siguiente jaez: «Yace aquí un tal Arellano / que fundó la Argamasilla; / la cosa fue muy sencilla, / expulsóla por el ano… / Ante parto tan villano / sonrió todo Toledo, / y el hombre murió del… ledo / cuando le dio en la nariz… / ¡Lector, tapa con el dedo, / no repita el infeliz!».


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