El humor como alivio ante el final de la vida

Á. de la Paz
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El humor como alivio ante el final de la vida - Foto: Ví­ctor Ballesteros

Mario Coll dicta una conferencia en la Biblioteca de Castilla-La Mancha sobre la relación entre el sarcasmo y la muerte en los chistes de los principales humoristas españoles del siglo XX, un «mecanismo de defensa» frente a la realidad

El escritor y psicoanalista Mario Coll, hijo del humorista José Luis Coll -quien fuera mitad de la pareja Tip y Coll-, dictó en la Biblioteca de Castilla-La Mancha la conferencia Humor, surrealismo y muerte en la España del siglo XX: Gila, Tip y Coll y otros, un recorrido por el humor español de posguerra y la «relación estrecha» que estableció la sátira con la muerte. La cercanía entre dos campos tan alejados, el de la risa y el luto, explican un periodo prolífico para la creación humorística, un lapso marcado por la experiencia de la Guerra Civil, la posguerra y las estrecheces impuestas por la censura.
Coll se refirió al «disfraz cómico y sarcástico» que determinó la manera de interpretar de algunos de los humoristas más reconocidos de aquellos años. «La reflexión que quiero compartir tiene que ver con la sospecha de que el humor tiene una relación directa con la muerte», comenzó el hijo de uno de los más celebres del pasado siglo. «Mi padre era un hombre que tenía pánico a la muerte», aseguró. El deseo de aliviar el desenlace postrero fue una constante en el dúo que integró su progenitor; también en Gila, Eugenio o en Tono, el dibujante de la revista satírica La Codorniz.
«El humorista establece un mecanismo de defensa para protegerse del pánico que le produce la muerte», indicó Coll. Durante su charla, mostró vídeos y viñetas con ejemplos de chistes blancos, el humor absurdo que emergió como fórmula de expresión para contar y abordar la realidad existente. «Nuestro humor siempre ha estado relacionado con la muerte, con lo escatológico».
La ponencia recorrió el humor en España desde la Guerra Civil, aludiendo al caso de la revista satírica La Traca, una publicación editada en Valencia y cuyo director, Vicent Miquel Carceller, y dibujante principal, Carlos Gómez Carrera, fueron ejecutados en 1940. Desaparecido este medio impreso, La Codorniz tomó el relevo. Coll recordó que se llamaba a sí misma «la revista más audaz para el lector más inteligente», un subterfugio bajo en el que intentaban hacer una sátira alejada de las directrices del régimen dictatorial y con el que reclamaban la atención del lector. «La gente tiene que seguir viviendo y diciendo las cosas y La Codorniz cumplió esta función en la España de Franco».
Las piezas exhibidas evidenciaron aquella temática oscura, una elección a la que tampoco le fue ajena la estética empleada por los humoristas. Eugenio, otro icono cómica de la segunda mitad del siglo pasado, «nació en 1941, en la posguerra, y siempre vestía de negro, como de luto, sin que su cara mostrara sonrisas». Coll le definió «como una máquina de contar chistes» y apuntó la cifra de más de 4.000. «El humorista se defiende y nos ayuda a defendernos».
Gila también fue parte del trayecto propuesto. Coll recordó la complicada peripecia vital del madrileño. «Tuvo una vida tremenda. Y si vivió o no la experiencia del fusilamiento, sí tuvo la de la guerra».