El coleccionista de gigantes

C.M
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El coleccionista de gigantes - Foto: David Pérez

La sala de exposiciones Matías Moreno, de la Escuela de Arte Toledo, acoge hasta el próximo día 15 de febrero, la exposición fotográfica 'El coleccionista de Gigantes' firmada por Xavi Duarte

Tuvo un «flechazo fotográfico» Xavi Duarte frente a un taller artesanal en el que durante años se fabricaron gigantes y cabezudos. Ocurrió en Barcelona y durante un año este fotógrafo tuvo a bien visitar -casi a diario- un espacio sumergido en otro tiempo pero conservado en el presente. Cuenta, quien ha traído a la Escuela de Arte de Toledo 25 instantáneas de una serie de 300, que en el tiempo en el que duró este proyecto -‘El coleccionista de gigantes’- desempolvó cajas, recuperó piezas (muchas únicas) y rememoró, al fin y al cabo, un oficio y unos trabajos que han quedado ahora documentados en fotografía. Lo hizo uniéndose a un equipo de dibujantes franceses que le adelantaron en este empeño por exhibir y rescatar del olvido una artesanía ya, parece, que en desuso.
Para lograr mostrar los tesoros ocultos a la vista del común de los mortales, Duarte construyó bastidores, iluminó los rincones como pudo y extrajo (con intención) las esencias de los olores, los colores, los pinceles y los soportes utilizados por maestros. Porque la muestra recogida en la sala Matías Moreno apuesta por ser escaparate -reservado- de rostros, moldes, siluetas... nacidos de la mano de quien otorga color a las mejillas, de quien pinta uñas rojas propias de un desfile.
El sorprendente taller -protagonista de este recorrido expositivo- se sitúa en la trastienda de una pequeña y tradicional tienda que, en pleno corazón histórico de Barcelona, iba a cerrar por problemas generacionales pero que, quizá aupado por estos documentadores de artesanía, ha vuelto a tomar impulso abriendo de nuevo su espacio de maravillas.
Sabe, el autor de esta paseo fotográfico, que la cita oferta una «estética concreta» que la aventura única, razón por la que se ha ocupado de trazar un itinerario, para su muestra, que casi recorre el país y que, todavía sin fechas confirmadas, espera llegar a México. Ante caras anónimas, máscaras, gestos y bocas en mil posturas, preguntado Duarte por el objetivo de esta apuesta, responde que igual que a él de niño le emocionaba «la expresividad y los colores» de los cuadros que colgaban de las galerías de arte que visitaba, desea que el contemplador de su trabajo se convierta en «niño o niña» ante una imagen que «los emocione y que trascienda». No en vano, el corazón de esta exposición reside en el proceso de lo artesanal, en el valor que estos trabajos otorgan a la cultura.
En este punto, se fijó el autor en un pequeño cartel situado en uno de los rostros de un caballero cabezudo para indicar la importancia de lo allí escrito. «Pieza única, no se vende, colección personal». Porque gran parte de las obras fotografiadas así lo son, y eso no debería quedarse en una mera información, debería invitar «a que el niño/a» que se plante estos días frente a esta u otra fotografía «piense en el proceso» realizado en la consecución de un gigante (o cabezudo), que contemple el letargo adormecido de los botes de pintura que esperan en una estantería, del amarillento papel de periódico que recubre un molde, del desgastado cordel que agrupa volúmenes propios del oficio.