Tras las rejas abiertas

Belén Monge
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La longevas monjas de clausura de Brihuega también tomarán un 'vinito' dulce en Navidad y engalanarán el monasterio. Hoy viven de una pensión de 600 euros que agradecen a Felipe González

Tras las rejas abiertas - Foto: Javier Pozo

Rezan en comunidad siete veces al día pero la edad y los achaques no perdonan. Por ello, aunque se encuentran bien, desde hace algún tiempo, en un guiño a Dios, las longevas monjas de clausura del monasterio cisterciense Santa Ana de Brihuega. en vez de levantarse a las cuatro de la mañana para maitines, se despiertan a las cinco y media. Las instalaciones del convento se han quedado sobredimensionadas para las seis hermanas que conviven hoy en él, tras el reciente fallecimiento de otras dos. Las vocaciones van en recesión y ellas lo saben. Empezaron siendo una treintena y  apenas quedan media docena. La más joven es la madre abadesa, Sor Isabel, que ya tiene 70 años y es una gran apasionada de la fotografía. Y la mayor de todas es Sor Socorro. A sus 97 años se mueve con dificultad pero su cabeza todavía permanece lúcida. Se encargaba de la huerta y los animales pero ya no puede.
Sor Vitoria es la que ejerce de cuidadora y enfermera. «Tengo el sueño muy ligero y cuando oigo algún ruido me levanto a ver si a alguna hermana le pasa algo», afirma. Además tiene la tarea de ajustar el presupuesto de la comida, arduo trabajo en el que le ayuda Alicia, una de las dos voluntarias que las atienden.  
Sor Amalia es la que siempre está sonriendo, la más besucona y la que lleva más en clausura, 64 años. Pese a que tiene que ayudarse de un andador, sigue teniendo la encomienda de tocar la campana para los rezos y la comida y lo hace con maestría. Sor Luisa jugaba en sus tiempos de juventud al baloncesto, ahora solo ve alguno por la tele. Es quizá la más tímida pero también tremendamente servicial. Y¿qué decir de Sor Teresa, la priora?,  una gran apasionada de la historia y la monarquía.  
 Viven felices en este gran convento y eso se percibe en sus rostros serenos, alegres y siempre sonrientes. Para ellas, las rejas no suponen un problema, y menos ahora que las han abierto. «La clausura no es lo que era», afirma Sor Teresa mientras muestra como se abre el enrejado del locutorio. A la par, la abadesa recuerda que el enrejado se puso en tiempo de Santa Teresa «no sé si para que no entraran o para que no salieran», afirma con cierta guasa.
Como monjas de clausura que son, tiene votos de silencio, obediencia, pobreza y estabilidad, pero recuerdan como el partido en el que España ganó el mundial de fútbol les hizo romper alguno de estos votos. «Ese día nos quedamos hasta las tantas y menudos saltos dábamos cuando metían gol», señala con voz risueña. No se aburren ni están triste, sino todo lo contrario. Pese a su edad, aseguran que con Uge y con Alicia, sus cuidadoras, «les ha tocado la lotería». Y no cabe duda de que a la inversa piensan muy similar y se refieren a ellas no como simples monjas sino como ángeles». Uge tiene ya su propia celda por si se tiene que quedar como pasó el pasado agosto, que un incendio obligó a las hermanas a abandonar el monasterio. Hoy están agradecidas a todo los briocenses porque «se desviven con nosotras», asevera la abadesa.  
La clausura solo les permite salir para votar, el médico, el notario, algún papeleo urgente o para convivencias, y es aquí cuando admiten que «lo pasan bomba». Pero el pasado 10 de noviembre ninguna salió a votar pues por razones de salud de alguna, decidieron hacerlo por correo. Sin embargo, pese a estar aisladas, no están ajenas a lo que pasa en el mundo. Tienen su propia opinión de cuestiones como el feminismo, los malos tratos o los políticos. De hecho, la madre abadesa recuerda de manera muy especial y con cierto agrado como, gracias al convenio suscrito entre la Conferencia Episcopal Española y el Gobierno de Felipe González, hoy ellas reciben una pensión como autónomas.
Cobran algo más de 600 euros cada una y están muy contentas por ello. «Si viviéramos las seis en un piso pequeño en vez de aquí, tendríamos dinero de sobra con las pensiones». Pero subraya que los gastos del convento «son muy grandes» y tienen que hacer malabarismos. Antes tenían un pequeño complemento con la venta de belenes, cruces y artesanía. Vendían bandejas, cuadros y «miles de meninas» al mismísimo  Museo Thyssent, pero hoy ya no pueden porque la edad no perdona. Lo único que mantienen es algún encargo de lavandería y costura.
Aseguran que la vida consagrada no es un sacrificio sino una elección y se sienten felices de haber entregado su vida a Dios. Viven apartadas voluntariamente pero «no estamos encerradas sino en comunidad», indica la priora, mientras Sor Isabel apostilla a preguntas nuestras que tampoco a los hombres, «aunque algunas han tenido sus novietes, añade con una sonrisa cómplice y picarona.  Yes que, estas longevas monjas son también un poco ‘yeyés’  por su alegría y su vitalidad. No se les pone nada por delante.
Ahora que llega la Navidad y el voto de silencio se vuelve menos rígido. La casa de transforma, cambian los rezos y se cantan villancicos. Cada esquina del convento se engalana con un nacimiento, un belén o un misterio. La comida en el refectorio se convierte en tiempo de recreo y hay un menú algo más especial que este año podría ser sopa marisco. y después, turrón y polvorones «por supuesto» , señala Sor Vitoria. «Yque no falte un vinito dulce la que pueda», indica Sor Isabel tras recordar como una vez acudieron al vino de consagrar porque no tenían dulce. La Nochebuena se celebra también en el convento. Hay Misa del Gallo pero con tres horas de adelanto, y luego pastas, «vinillo» y algún pequeño obsequio.  
Saben que el convento tiene los días contados. No hay fecha para echar el cierre pero no hay nuevas vocaciones. Su intención es seguir aquí el tiempo que puedan pero  cuando llegue ese día. Ya tienen todo hablado para marchar a una casa asistencial de la orden en Madrid. Esa es la idea de estas hermanas monjas dedicadas a la vida contemplativa, convencidas de que «sería más que un milagro que entrasen monjas jóvenes».