Batallas por la música del Barroco

José María Domínguez*
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Éxito de la XIV batalla de órganos en presencia del consejero de Educación, Cultura y Deporte, Ángel Felpeto, con lleno en la catedral

Emoción, acción y reflexión son las tres ideas que resumen lo mejor de esta batalla en la que la musicalidad fue mucho más allá de lo que prometía el ingenioso argumento de partida: el combate entre los siete pecados capitales y las siete virtudes. El gesto de mayor emoción lo tuvo al principio Carlo Maria Barile. Tras su primera improvisación sobre «El santo Job» (que desplazó el significado del adjetivo «soberbio» de la primera a la tercera acepción de la RAE), el organista italiano señaló con euforia al órgano del Emperador, como queriendo abrazar la gigantesca fachada del instrumento que poco antes había sometido al imperio de sus brazos y sus pies, casi insuficientes para expresar su desbordante creatividad. Una fusión del músico con su instrumento (con nuestro patrimonio) llena de simbolismo. Vino después la acción durante el magno concierto de Johann Sebastian Bach BWV 594, con Barile y Juan José Montero a los realejos. Un duelo de complicidades, una lucha generosa en la que Montero demostró su capacidad como acompañante inigualable, al servicio del virtuosismo de Barile. Bach escribió esta obra hacia 1714 a partir de un concierto para violín de Vivaldi durante su etapa como organista y konzertmeister de la corte de Weimar (1708-1716). Suele explicarse esta etapa como el momento clave para la síntesis de estilos que representa su obra madura y se habla del estudio «científico» de la música francesa e italiana que Bach acometió por las obligaciones de su cargo. Según Johann Nikolaus Forkel, «Vivaldi enseñó a Bach a pensar musicalmente». ¿No es para reflexionar? Un organista italiano y otro español tocando juntos en realejos del siglo XVIII la música de un alemán madurada a la luz de la de otro italiano. Lo que las fronteras han separado, lo une la música. Pero hubo otro momento precioso para la reflexión: la propina de los cuatro organistas sentados por parejas ante dos de los realejos improvisando sobre temas de los cantos gregorianos «Ave maris stella» y «Regina coeli». Un homenaje, en palabras de Montero, a la dedicación mariana de la catedral y a la madre de Dios como espejo de virtudes. De nuevo, una síntesis radical llena de infinitas resonancias culturales.
Pablo Márquez demostró una personalidad improvisatoria particular durante su ilustración de la avaricia-generosidad: reflexivo y pausado, extendió una interesante acuarela sonora de índole francesa (Debussy) o quizá germana (Liszt, Wagner). No hubo improvisación solista de la cuarta organista, Atsuko Takano, aunque sí tuvo su momento de protagonismo tañendo con virtuosismo analítico la dificilísima glosa de Francisco Correa de Arauxo sobre la canción «Susane un jour», quizá la obra menos coherente del programa. Atsuko se unió a los tres colegas en las últimas improvisaciones: «David y Betsabé» sobre una base respighiana en torno a la lujuria-castidad cuyo final, por cierto, no fue entendido por el público (nadie aplaudió) y «Samuel contra los amalecitas» como ilustración del par ira-paciencia (se diría que el programa contó con la asesoría de un teólogo experto en Biblia). En el capítulo de improvisaciones, destacable también la gran sutileza del motivo de «Los [siete] planetas» de Gustav Holst en la improvisación sobre «Caín y Abel» entre Montero y Barile con unos toques casi de vanguardia al final.
No llegaron a funcionar del todo las transcripciones de la sinfonía de «Il primo omicidio» de Alessandro Scarlatti (1707) ni El verano de Vivaldi, aunque la solvencia de los intérpretes quedase fuera de toda duda.
Fue un programa, por lo demás, forjado con inteligencia. El señor deán, don Juan Miguel Ferrer, habló de dinamismo como esencia de la virtud en sus palabras de bienvenida. Junto al contraste, ínsito a cada batalla, dinamismo y movimiento son también la esencia de la música del barroco, bien escogida para articular el discurso de este concierto. Una música que avanza vertiginosamente en esos pasajes que los alemanes llaman «fortspinnung» tan característicos de Vivaldi, esas espirales de secuencias armónicas y melódicas que impulsan la música hacia adelante. No es de extrañar que hubiera algún desajuste en la entrada del ritornello (el motivo que retorna tras un prolongado «fortspinnung») al final del primer movimiento del concierto BWV 594. Pero ese vértigo y esas imprecisiones que se repitieron en la complicadísima versión a 4 órganos de la Tocata y fuga en Re menor BWV 565 que cerró el programa oficial, son parte de la música del barroco (complicadísima por las distancias, por la dificultad de coordinación de los intérpretes).
Aunque no se hicieron largas las casi dos horas de música, en algún momento pensé en cómo cambiaría la escucha si, en lugar de estar sentado, el público pudiera moverse libre y barrocamente por las naves de la catedral. No faltó quien se sintió impelido o, mejor dicho, impelida, a unirse al juego de improvisaciones. Larga vida a estos combates por la música del barroco y por la cultura de nuestro tiempo.

* José María Domínguez es Profesor del Departamento de Musicología de la Universidad Complutense

El organista pablo Márquez en plena ejecución. Yolanda Redondo
El organista pablo Márquez en plena ejecución. - Foto: Yolanda Redondo