Campanadas a mediodía

J. M.
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El volteo de campanas que a las doce de la mañana hacen todas las parroquias de la archidiócesis se hace más sobrecogedor en espacios como el Casco

El confinamiento está cambiando usos y costumbres de todos y dejando imágenes y sensaciones inusitadas. En un paseo por cualquier barrio de la ciudad, por ejemplo, lo primero que llama la atención es la falta de actividad, naturalmente. Pero no hace falta ser observador avezado, sino mantener unos segundos la atención, para percatarse de que la falta de contaminación permite respirar mejor y que, en ausencia de coches y ruidosos seres humanos, otros sonidos parecen ganar en importancia.
Uno no sabe si es que los pájaros siempre están ahí, pero se les ignora o es que, en ausencia del hombre, parafraseando a Unamuno, han vuelto los vencejos y «con su alegre chillar el aire agitan». El caso es que, en el Casco, sin ir más lejos, repica el piar de los pájaros y su eco como hace años que no se escuchaba. A ese sonido se une el del volteo de campanas.
El pasado 15 de mayo, la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal invitaba a todas las Diócesis de España que lo consideraran oportuno a que a la hora del Ángelus, es decir, las doce del mediodía, sonaran las campanas de los templos «para invitar a orar a quienes permanecen en casa y hacer llegar, a quienes sirven y trabajan, la ayuda del Señor y el agradecimiento de la Iglesia».
Los campanarios marcan el 'skyline' toledano.Los campanarios marcan el 'skyline' toledano. - Foto: Yolanda LanchaComo no podía ser de otra forma, el arzobispo de Toledo, Francisco Cerro, asumió la propuesta, y las campanas voltean cada día a las doce del mediodía en cada una de las parroquias de la Archidiócesis Primada.
Campanas de la Catedral. Pero es quizás en el recogimiento del Casco donde las campanadas, como los vencejos, parecen impresionar más, con mayor fuerza todavía en unas calles vacías otrora atestadas. Y aunque son todas las parroquias las que tocan, parece que por altura, volumen y cantidad, destacan las de la Catedral.
Son doce las campanas que conserva el templo primado y parece que todas repican, salvo la Gorda, que permanece parada por motivos obvios. Campanas «chillonas, otras graves, con distintas intensidades y tonos, música ondulada según los caprichos del aire», como describía Benito Pérez Galdós, tan amigo del campanero Mario Portales, en su novela Ángel Guerra.
Comenzando por la Gorda, o de San Eugenio, que según la tradición puede acoger «siete sastres y un zapatero y la campanerita y el campanero». Mide 9,25 metros de circunferencia y 3,35 de alto. Alrededor de ella, otras ocho campanas, la Calderona, de la Ascensión, de la Resurrección, de San Juan, de Santa Leocadia y San Joaquín, de San Ildefonso, de la Encarnación y la de San Felipe. Más arriba, otro cuerpo con las campanas de San Sebastián y del Santo. Por encima todavía, la carraca de Semana Santa y más allá, la campana del Ángel.
Todas estas campanas, no olvidemos, no solo se pueden escuchar, sino que se pueden volver a visitar de nuevo desde hace unos años. Quizás sea una actividad a hacer sin falta cuando concluya el confinamiento.