El tesoro iconográfico de Carlos V

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La Biblioteca Nacional expone, en hojas separadas tras su restauración, uno de los manuscritos iluminados más importantes del mundo, con 1.200 ilustraciones, propiedad del emperador y que hasta 1869 se guardó en la Catedral de Toledo

El tesoro inconográfico de Carlos V


Es un museo en miniatura. Un tesoro de más de 500 años que ha recuperado su esplendor. Una joya dentro de los manuscritos ilustrados realizada por los mejores maestros franceses, que fue propiedad del emperador Carlos V, se guardó durante años en la Catedral de Toledo y ahora ha vuelto a recuperar su brillo original y se puede contemplar expuesto en la Biblioteca Nacional de España (BNE) hasta el próximo 4 de enero.
Y es que, la restauración del denominado ‘Libro de horas de Carlos V’ ha motivado que sea desencuadernado y que sus hojas puedan ser expuestas por separado en una oportunidad única, ya que el libro será reencuadernado tras su restauración.
Además de treinta y siete páginas del manuscrito, la exposición se acompaña de otras cuatro piezas de la propia BNE, una estampa, una encuadernación y dos manuscritos, que proponen elementos de comparación y ayudan a contextualizar esta obra maestra de la iluminación francesa en el tránsito entre los siglos XV y XVI.
El libro, realizado en un taller parisino hacia 1500, posee una extraordinaria riqueza de imágenes, más de 1.200, muchas de ellas de gran originalidad iconográfica. Aunque no fue encargado para Carlos V es altamente probable que formase parte de su biblioteca, y por ello pudo emplearlo en sus rezos cotidianos.
En la segunda página del manuscrito hay una inscripción del siglo XVII que indica que perteneció al emperador Carlos V: His liber fuit Magni Imperatoris Caroli Quinti. Le fue regalado, supuestamente, por un donante anónimo, cuando era muy joven, de ahí su especial carácter pedagógico y moralizador. Permaneció en la Casa de Austria hasta que Felipe III se lo regaló al cardenal François de Joyeuse. Pasó posteriormente al cardenal Francisco Javier de Zelada en el siglo XVIII, que lo donaría a la biblioteca de la Catedral de Toledo y de allí en 1869, pasaría a la Biblioteca Nacional de España.
El libro, en pergamino de vitela de 230x153 mm con texto en letra gótica en latín, está lujosamente ilustrado en 320 páginas completas y en 3 a doble página, de sus 333 páginas.
El comienzo de la obra plantea un calendario ilustrado muy original ya que los dos ciclos iconográficos habituales, los signos del zodiaco y los trabajos de los meses, quedan arrinconados y las escenas principales desarrollan la historia de dos hermanos, uno bueno y piadoso, que terminará por ascender al cielo, y otro disoluto y lujurioso que acabará sus días en el infierno. A continuación las imágenes del libro plantean un complejo discurso teológico que servía al fiel que lo utilizaba como guía de su vida cotidiana. En este sentido puede seguirse buena parte del relato bíblico desde las escenas del Génesis en torno a Adán y Eva hasta las historias de los Evangelios e incluso algunos pasajes de la historia de los primeros siglos del cristianismo como la leyenda de la Santa Cruz.
Junto a estas escenas religiosas el Libro de horas de Carlos V contiene un Oficio de difuntos, ilustrado con diferentes y variados temas macabros, que incluyen temas de raigambre medieval como el Encuentro de los tres vivos y los tres muertos o la Danza de la muerte, en la que la figura alegórica de un esqueleto arrastra hacia su fin a miembros de las distintas clases sociales.
El último apartado del libro está constituido por los Sufragios de los Santos, esto es, oraciones destinadas a suplicar su intercesión, muchas veces para problemas muy concretos, como enfermedades específicas. Las escenas representadas oscilaban entre la mera representación de sus efigies hasta distintos episodios relacionados con sus vidas: milagros, martirios, etc. Son impactantes sus escenas sobre la danza de la muerte.
Una obra tan compleja y con un número tan grande de imágenes tenía que ser obligatoriamente fruto del trabajo de varios talleres de miniaturistas, entre los que se encuentran varios de los más importantes y activos en París en el tránsito entre los siglos XV y XVI. Son maestros anónimos, pero de gran calidad, conocidos por nombres convencionales como el Maestro de Martainville, el Maestro de la Crónica Escandalosa, el Maestro de Robert Gaguin, el Maestro Morgan 388 y  el Maestro de Jacques de Besançon.