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Toledo y la gripe española de 1918

A de Mingo/Toledo
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La provincia sufrió duramente las consecuencias de esta gran pandemia. La ciudad de Toledo consiguió contener la primera oleada, pero entre enero y febrero de 1919 se dieron numerosas víctimas

Toledo y la gripe española de 1918

Probablemente aún sea temprano para precisar diferencias y semejanzas entre el coronavirus y la Gripe Española, la pandemia que ocasionó decenas de millones de víctimas entre los años 1918 y 1920. Toledo no alcanzaba por entonces los 24.000 habitantes, la palabra grippe se solía escribir aún a la francesa y la prensa del momento caricaturizaba a los biólogos de rodillas a los pies del nuevo virus, en un vano intento de averiguar de qué extraño y desconocido mal podría tratarse. Afortunadamente, más de un siglo de avances sanitarios nos separan de unos tiempos en los que la mayoría de las viviendas de esta provincia no disponían todavía de retrete, por mucho que los periódicos estuviesen acostumbrados ya a manejar la palabra «pandemia».

Así describía los síntomas en su primera plana, el 20 de junio de 1918, el periódico conservador El Castellano: «Un estadio febril de comienzo brusco, sin escalofrío manifiesto ni violentas protestas digestivas, con hipertermia el primer día, fiebre alta el segundo, moderada el tercero y estado afebril el cuarto. Sequedad y ardor en las fauces, estornudos y lagrimeo (no constante) y cefalea intensa». Los casos conocidos eran todavía muy lejanos. El doctor Emilio Gil Sastre recomendaba «no perder el tiempo con la aspirina y el agua de limón», dispensando diuréticos como la teobromina y suero contra la difteria, más algunos consejos que podrían figurar en cualquier periódico de nuestros días, comenzando por el «lavado de manos repetido con jabón sublimado». Los primeros casos registrados en España eran aún lejanos y nada hacía prever que pueblos como Pulgar, al pie de los Montes de Toledo, llegasen a perder a casi un centenar de sus vecinos en apenas un par de semanas.

Más preocupante se fue volviendo la situación a finales del verano. El 13 de septiembre se desató un foco en Becedas (Ávila), al norte de la sierra de Gredos, que acabaría expandiéndose con rapidez por las provincias vecinas, como Burgos y Segovia, donde prendió con fuerza en el acuartelamiento de La Granja. La infección, alertaba El Castellano, «degenera en pulmonía y causa muchas defunciones, sobre todo de jóvenes de quince a veinticinco años». Pocos días después eran ya miles los soldados afectados en toda España. La situación se tornó tan grave en Granada que el 1 de octubre fue necesario suspender el inicio del curso en la Universidad y el seminario del Sacromonte. Por aquel entonces incluso el rey Alfonso XIII, de visita en San Sebastián, estaba ya enfermo.

Las «invasiones» o infecciones     fueron recogidas por la prensa toledana a partir de los primeros días de ese mismo mes, primero en diferentes municipios de la provincia -más de 600 contagiados en Urda, en apenas unos días- y también en la capital provincial. Dos de los casos más tempranos se produjeron en la calle Alfileritos 28 y tres más en Plegadero 48, según el médico de la Mutualidad Obrera, doctor Carrión, en su informe al inspector provincial de Sanidad. Afortunadamente, en estas  primeras semanas no se registraron víctimas de consideración en la ciudad, al contrario que en pueblos como Consuegra, donde morían hasta seis personas diarias, o el pequeño enclave de Portillo, próximo a Torrijos, con 94 casos y veinte fallecidos en apenas cinco días.

Pulgar fue, sin duda, uno de los peores focos, con más de setenta víctimas mortales durante la segunda quincena de octubre. De poco sirvieron las cuestaciones económicas o el envío de botellas de jerez, leche condensada, pastillas de caldo y otros alimentos impulsados por particulares como los diputados Francisco Leyún y Ángel Conde, así como el conde de Finat, que socorrió a los habitantes próximos a sus propiedades en El Castañar.

La cruda situación pronto rebasó a los responsables administrativos, comenzando por el gobernador civil, Emilio Díaz Moreu (1918-1919), y sus sucesores, el marqués de Linares (1919) y Alejandro de Castro (1919). Los gobernadores actuaban como interlocutores entre el Ministerio de la Gobernación y los alcaldes de los municipios, a los que exigían detallados partes de bajas (como el del 5 de noviembre de 1918, cuando se dieron 652 nuevos contagios en la provincia, con 44 muertes). Velaban también por el aprovisionamiento de la población, como «el envío de una expedición de 1.000 huevos a Talavera de la Reina, de donde la han solicitado con urgencia», autorizado por Díaz Moreu en esas fechas. Por último, los gobernadores abrían también cuestaciones o colectas dirigidas a los toledanos pudientes, autorizando programas benéficos como el ofrecido por la Sociedad Arte.

También hubieron de hacer frente a la situación el alcalde de Toledo y el presidente de la Diputación, quienes solicitaron créditos de hasta 25.000 pesetas para material sanitario, alimentos y otros enseres. El 16 de octubre de 1918 -cuando a los casos de gripe española se sumaban también brotes de viruela, escarlatina y difteria en varios pueblos- se estrenaron en la ciudad dispositivos como «la estufa de desinfección y los baños despiojadores». Fueron sus primeros (y forzosos) usuarios «30 húngaros de una troupe ambulante, que ha tenido la oportunidad de presentarse en Toledo en momentos tan críticos». También el Hospital de la Misericordia y el Asilo de San Pedro Mártir disponían de aparatos semejantes.

La mayor parte de la capital provincial se salvó del brote de octubre-noviembre de 1918, registrándose algunos casos en barrios suburbanos como la Antequeruela y el paseo de la Rosa. También se dieron varios contagios en el Manicomio, edificio que permitió, por su propia naturaleza, aislar eficazmente a los enfermos. «Los mismos vecinos -movidos por el temor a la enfermedad, según El Castellano- regaban las calles. Los portales de las casas apestaban a zotal. Los balcones y las ventanas, abiertos de par en par, ventilaban cumplidamente las habitaciones. Cerráronse las escuelas y los centros de segunda enseñanza. Y hasta el municipio se creyó en el caso de votar 1.000 pesetas para medidas sanitarias».

El informe de bajas presentado por la Sección de Estadística a finales de noviembre fue demoledor. En octubre de 1918 hubo en la provincia 2.809 defunciones frente a 1.040 nacimientos. De ellas, 1.383 fueron como consecuencia de la gripe. El número de víctimas por esta misma razón bajó en diciembre a los 824 casos. Desgraciadamente, esta ligera mejora fue un espejismo.

Segundo brote. Febrero de 1919 trajo consigo un severo recrudecimiento de la enfermedad y su verdadera penetración en la capital provincial. «Cuando menos lo esperábamos todos -y menos que nadie, aquellos a quienes incumbía la obligación de prevenirlo [aprovechaba El Castellano para inculpar al alcalde Justo Villarreal]- la epidemia gripal que en los últimos meses se cebó en los pueblos de la provincia ha hecho su aparición en Toledo». La primera víctima mortal en la ciudad, tras algunas muertes previas en localidades como Añover de Tajo, había tenido lugar el 3 de enero: una mujer cuya casa ordenó rápidamente desinfectar el gobernador civil.

La causa de la epidemia en Toledo pudo ser la concentración de quintos procedentes de distintos pueblos para su reclutamiento. Alojados en fondas y casas de huéspedes, comentaba el periódico conservador, habrían contribuido a extender la enfermedad de muralla adentro. Cerca de treinta jóvenes destinados a «los cuerpos de guarnición en África», con temperaturas que superaban los 39 grados, fueron ingresados en el Hospital de la Misericordia la primera semana del mes. Muchos murieron a causa de esta «bronconeumonía gripal».

Los partes oficiales no eran demasiado abundantes. Mencionaban apenas 200 casos en el conjunto de la ciudad, aunque en realidad «exceden a 1.000 -insistía El Castellano-, lo sabe todo el mundo».

El periódico acusaba al alcalde de manifestar durante el brote anterior «un interés especialísimo en que ni un solo mendigo procedente de la provincia epidemiada deambulase por la ciudad sin ser antes fumigado, rapado y bañado en la famosa estación de despiojamiento». Ahora, por el contrario, había sido demasiado permisivo y no había previsto la concentración de jóvenes procedentes de las áreas infectadas.

El alcalde Justo Villarreal Villarrubia, por cierto, contraería la enfermedad y acabaría en cama poco después. «Cuando torne restablecido a su despacho oficial no seguirá afirmando que eso de la epidemia gripal es cosa que solo existe en las columnas de los periódicos. Sobre todo, acaso sienta con mayor ahínco la necesidad de acometer con mano firme la higienización más elemental, por lo menos de aquellas viviendas de los barrios extremos, sin agua, sin retretes y sin ventilación, en las cuales, según lo demuestran las relaciones de calles epidemiadas que obran en la Inspección de Sanidad, la gripe da mayor contingente de enfermos y toma alientos para extenderse a toda la población».

No solo las casas humildes resultaron afectadas. También en el Manicomio se dieron «bastantes casos, habiéndose ordenado que se suspenda toda comunicación con el exterior». Otros focos fueron el interior de la cárcel e incluso algunos cigarrales. La situación afectó así mismo al Teatro de Rojas, cuya compañía registró varios casos. Entre ellos el de su director, Manuel Llopis, que hubo de ser hospitalizado, muy grave, tras volver a las tablas después de experimentar una leve mejoría. Afortunadamente, sobreviviría.

Según El Castellano, «el presidente, varios magistrados y algunos funcionarios subalternos de la Audiencia provincial se encuentran enfermos». Solo en la mañana del 14 de febrero se contabilizarían 75 nuevas infecciones. «Entre ellas, figuran los nombres de personas muy conocidas en Toledo: catedráticos, abogados, sacerdotes, empleados, etc.». El periódico solamente mencionó con nombres y apellidos algunas de las víctimas, como Obdulia Benayas, esposa del diputado Gregorio López, o «un distinguido oficial del ejército y su señora, domiciliados en la calle Real, que hace apenas quince días contrajeron matrimonio».

Recomendaciones. La Junta Provincial de Sanidad instaba el 15 de febrero de 1919 a seguir los siguientes consejos: «Primero: Mantener las habitaciones lo más limpias y ventiladas que sea posible. Segundo: No cometer ningún exceso en comida, bebida, ejercicio o trabajo corporal, o mental. Tercero: No permanecer en locales cerrados y muy concurridos sino el tiempo indispensable. Cuarto: Evitar los cambios bruscos de temperatura».

Si pese a todo había síntomas, debían seguirse estos otros consejos: «Quinto: Acostarse y requerir la asistencia del médico, por ligera que parezca la indisposición. Sexto: No entrar en la alcoba de un enfermo afecto de la forma torácica de la gripe, y si se entra, no acercarse a la cama, para evitar todo contacto. Séptimo: La persona o personas que cuiden a un enfermo grave de gripe deben ir provistas, a ser posible, de una bata o blusa que se quitarán cuando salgan de la alcoba, dejándola en esta. Octavo: Igualmente procurarán no acercar su cara a la del enfermo, sobre todo cuando este hable, tosa o expectore. Noveno: Las ropas procedentes del cuerpo o cama de estos enfermos graves se dejarán en la habitación para ser llevadas al parque de desinfección, siendo devueltas a sus dueños después de desinfectadas. Décimo: Seguir un régimen higiénico cuidadoso durante la convalecencia por enfermedad, para evitar las recaídas».

Febrero de 1919 fue, probablemente, el peor mes. Se contabilizaron en la ciudad 170 defunciones, de las cuales 90 tuvieron en la gripe su principal causa. No iban a la zaga otras localidades, como Villarrubia de Santiago, donde -tras sufrir más de veinte víctimas- solo quedaban doce personas sanas.

La pandemia iría remitiendo a lo largo de los meses siguientes. Los Montes de Toledo registrarían aún numerosas defunciones, como las 38 víctimas de Navahermosa en la primera quincena de abril. En Los Yébenes, 17 muertos más. Como es lógico, cada nuevo brote de gripe común -casos aislados entre los soldados de la Academia de Infantería y el Colegio de María Cristina, además de algunos civiles- causaría alarmas en los próximos meses, hasta bien entrada la primavera del año 1920