Thomas Malonyay, apóstol del patrimonio

Adolfo de Mingo Lorente
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Uno de los personajes más injustamente olvidados de todos cuantos trabajaron al servicio del patrimonio artístico en estos momentos, primero en Toledo y más adelante en Madrid y la zona centro, fue el pintor húngaro Thomas Malonyay, de quien María Teresa León llegó a decir que «lloró sangre al tenerse que separar de sus Grecos». La escritora no exageraba demasiado, pues buena parte de lo poco que conocemos sobre este judío húngaro, nacido en Budapest en 1902, gira precisamente alrededor del pintor cretense, cuya obra conocía bien y acostumbraba a copiar en el Toledo de mediados de los años veinte.

Malonyay repartía su actividad entre las clases de Alemán en el Instituto Provincial y las investigaciones artísticas. En 1935, por ejemplo, intervino sobre la representación del apóstol San Pablo de la antigua iglesia parroquial de San Vicente -hoy, en el Museo de Santa Cruz de Toledo-, desvelando un arrepentimiento de lo que iba a ser en realidad un San Andrés. Su relación con las instituciones religiosas y los colectivos culturales de la ciudad durante los años anteriores a la Guerra Civil parece fluida.

Una vez iniciada la contienda, Malonyay formó parte desde un primer momento del Comité de Defensa del Patrimonio de la ciudad. Su labor -destacaba hace escasos años uno de sus escasos biógrafos, Francisco García Martín- no solamente consistió en luchar «contra el tiempo y el resultado de los sucesos bélicos sobre el patrimonio, sino también frente a los efectos de la incultura y el odio iconoclasta acumulados durante siglos y expresados a través de una espontánea revolución popular». Gracias al esfuerzo del Comité en diversos edificios religiosos de la ciudad, desde el Colegio de Doncellas Nobles hasta el museo de arte sacro reunido en el interior de SanVicente, se salvaron más de dos mil piezas. Y no solamente de los bombardeos, sino también del saqueo al que tan acostumbrada estaba la ciudad en aquellos momentos, según denunciaba en sus novelas el escritor Félix Urabayen.

Tras la caída de Toledo en manos franquistas, Malonyay se instaló en Madrid. Allí formó parte, como vocal, de la Junta de Incautación, Protección y Salvación del Tesoro Artístico, posteriormente Junta del Tesoro Artístico. Los archivos del Museo del Prado y el Instituto de Patrimonio Cultural de España (IPCE) conservan fotografías en las cuales es posible identificarle; en algunas de ellas, como la que reproducimos, acompañado nada menos que por el pintor Timoteo Pérez Rubio (1896-1977), responsable de la protección y traslado de las grandes obras de la principal pinacoteca madrileña. Su entusiasmo por la obra del Greco, que recogió la escritora María Teresa León, no fue en absoluto exagerado: Malonyay dedicó al cretense una conferencia en la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas.

De nada sirvieron sus esfuerzos por el patrimonio artístico una vez finalizada la contienda. Considerado desafecto a la causa nacional, tildado de «rojo», judío y adúltero -convivía en Toledo con la doctora alemana Gustava Isabel Nohl Prussack, con quien contraería matrimonio civil en el monasterio madrileño de la Encarnación, en pleno desarrollo de sus tareas de catalogación de obras artísticas-, sería condenado a veinte años de reclusión. El GobiernoCivil franquista de Toledo que instruyó su causa lo consideraba «de ideas muy extremistas, y siempre hablaba mal de los nazis alemanes, particularmente de Hitler».

Finalmente, no cumplió más que algunos años, enfermo y recluido en las prisiones franquistas de Madrid y de Toledo. El 7 de agosto de 1944 se aceptó su destierro en Utrera (Sevilla). Aún vivía en 1950, dedicado a la pintura. «Su amor a las obras de arte -en palabras de Francisco García Martín, continuador de investigaciones anteriores como las del historiador José María Ruiz Alonso-, su rescate de las garras de la guerra, fue su única culpa, pagada con cárcel, destierro y otra pena añadida que es, hasta ahora, la del olvido».