Toledo, la gitana y el arquitecto

Adolfo de Mingo
-

El director estadounidense Don Siegel recogió en Aventura para dos (Spanish Affair, 1958) el Toledo de finales de los años cincuenta. Sus protagonistas fueron Carmen Sevilla y Richard Kiley

TOLEDO, LA GITANA Y EL ARQUITECTO

Spanish affair (1958) arrastra consigo desde hace sesenta años la etiqueta de españolada impropia del talento de Don Siegel (1912-1991), director estadounidense responsable de películas como La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), Código del hampa (1965) y Harry el Sucio (1971). Puede que la historia de amor entre Merritt Blake y la «medio gitana» Mari Zarubia no merezca pasar a la historia -lo mismo que el complejo hotelero que este arquitecto inicia manteniéndose fiel a los principios del Movimiento Moderno y que acaba sometido al pastiche de la arquitectura historicista más conservadora-, pero la película merece una oportunidad. Aunque solamente sea por incluir, en pleno Toledo de los años cincuenta, una de las persecuciones más encarnizadas y mejor dirigidas de toda la cinematografía toledana, filmada con el sello de calidad del cineasta que consolidó la carrera de Clint Eastwood y de un director de fotografía como Sam Leavitt, ganador de un Oscar.
Aventura para dos -este fue su título en España- recoge la historia de Merritt Blake (Richard Kiley), arquitecto estadounidense de prestigio internacional, y de su viaje a Madrid para rematar su último proyecto: un gran hotel de acero y cristal proyectado en pleno corazón de España. Desgraciadamente, la oposición de los promotores -que consideran demasiado moderna su propuesta- le obligará a iniciar un viaje en automóvil por España para convencerlos. Blake será ayudado por la secretaria del estudio español encargado del proyecto, Mari Zarubia (Carmen Sevilla), una sofisticada joven con la que «hay que tener cuidado, porque es medio gitana», en palabras de su jefe, el arquitecto español Sotelo (Jesús Tordesillas). Su historia, que acaba siendo de amor, resulta casi truncada por un pretendiente gitano de la mujer, Antonio (José Guardiola), quien sigue a la pareja protagonista en un periplo que incluye Segovia, Tossa de Mar (Gerona) y finalmente la ciudad de Toledo.
La película resulta especialmente llamativa por su sólida defensa de los «invariantes castizos» de la arquitectura española, es decir, el conjunto de rasgos característicamente patrios sobre los que tanto disertó Fernando Chueca. Frente a la modernidad del complejo hotelero diseñado conforme a  los principios de la arquitectura del vidrio y el acero, los promotores se mantienen fieles al pastiche, considerando un error de base la funcionalidad y el desapego por la tradición. Ni siquiera Sotelo apoya a su colega, pues el arquitecto español accede a modificar el proyecto para no incurrir en «un modernismo muy radical» que llevaría al nuevo hotel a «desentonar de nuestros edificios». Una vez corregidos, Sotelo los muestra al arquitecto norteamericano: «¿Me vas a decir que en estos tiempos esos señores desean que se construya con todo este detalle?», exclama enfadado Blake. «¿Por qué no...?», contesta el español. «¡Ni lo tomo en consideración!».
Segovia, primer destino en busca de los promotores, se ofrece al arquitecto como un buen ejemplo de su forma de entender la arquitectura. «Me gustaría que Sotelo estuviese con nosotros. Él, que siempre está hablando de la tradición española, qué dice de este acueducto... Es un perfecto ejemplo: líneas simples, estilo funcional, sin decoración... Así quiero construir el hotel», explica Blake a su acompañante, ofreciéndole una pequeña clase de introducción a las técnicas de construcción romanas. Poco después, al abandonar la ciudad, el estadounidense contempla embelesado la silueta del Alcázar segoviano, ante el cual exclama: «¡Es mejor que Walt Disney!». Una vez localizado, el primer promotor del hotel, el conde de Ribera, no expresa una oposición frontal al proyecto -«le parece bueno, pero el estilo moderno, según él, no se debe mezclar con lo clásico y lo tradicional»-, pero pone como ejemplo de su forma de entender la arquitectura la ampliación de su palacio: «Se dará cuenta de lo vieja que es mi casa. Ahora estoy construyendo un ala nueva. No es moderna, es gótica y se ajusta a lo ya construido».
Menos conciliador resulta el segundo promotor, que recibe a la pareja en su mansión catalana (Tossa de Mar era un idílico escenario de resonancias cinematográficas desde que Ava Gardner y James Mason participasen allí en el rodaje de Pandora y el holandés errante, en 1950, a las órdenes de Albert Lewin). «Yo estoy seguro de que tiene usted razón con respecto a lo que dice del Modernismo. Pero me parece que no ha tenido en cuenta el sitio que ocupará el edificio. Hay que pensar siempre si estaremos a tono con los demás y procurar adaptarnos a ellos según nuestros propios gustos, pero trabajando con fe, amor y belleza». Blake responde señalando que el Movimiento Moderno «también tiene espíritu», alegando que «todo lo que signifique un avance, un progreso en cualquier cosa que trate de imponerse a lo demás es una batalla que se gana para todos. Que beneficia a todos». Desgraciadamente, el promotor no da su brazo a torcer, así que el arquitecto  termina reconociendo su fracaso: «He conseguido levantar edificios en Alemania, en Brasil, en México..., en todas partes, ¡menos aquí! Han ganado...».
La película termina en Toledo, después del enamoramiento de la pareja y de la persecución a la que son sometidos por Antonio, el pretendiente gitano de la secretaria, quien los ha seguido desde que comenzó su viaje. Blake acude a la ciudad precisamente a reconciliarse con Mari Zarubia, ya que ha renunciado cobardemente a ella al ser amenazado. Don Siegel muestra varios retazos de finales de los años cincuenta, como la Cuesta de los Portugueses -con la estrecha fachada de Tornerías 28, que conserva sus mismos balcones con persianas verdes-, la esquina con la calle Comercio (ocupada entonces por la tienda de Martínez) y la plaza del Ayuntamiento tal y como estaba entonces, con el atrio de la Catedral sin enverjar. La puerta del Sol y sus alrededores poseen gran protagonismo, así como el jardín de la mezquita del Cristo de la Luz y la puerta de Balmardón.
Finalmente la pareja de amantes se reencuentra, pero son de nuevo atacados por Antonio. Mediocre o no Aventura para dos, la persecución final por las calles, murallas y tejados de Toledo posee el sello de un cineasta norteamericano, capaz de imprimir un ritmo genuino a la desesperada huida de la pareja. Esta se produce por algunos espacios ya desaparecidos, como el pasadizo subterráneo que atravesaba el paseo de Merchán, cerca de la puerta de Alfonso VI. En su intento por escapar, Richard Kiley y Carmen Sevilla recorren el interior de la muralla (cuando la escultura de Chillida aún no había llegado), la calle Airosas, el pasadizo subterráneo entre la plaza de la Estrella y la Bajada de la Antequeruela, la puerta de Alarcones -afeada por un gran torreta eléctrica- y los tejados junto a San Sebastián y San Cipriano. Finalmente, son alcanzados en el interior de un pequeño edificio en ruinas, sostenido por arcadas de herradura de ladrillo, que resulta difícil identificar.
Qué duda cabe que Merritt Blake, después de su periplo por España, cambia su manera de entender la arquitectura y abraza el casticismo. «Es duro adaptarse a un nuevo ambiente -le señala un marinero bilbaíno al que ha conocido en Tossa, poco antes de marchar para Toledo-. Cuesta trabajo, aunque al fin se consigue. Pero las casas no son hombres. Se adaptan o no se adaptan. El cemento y la piedra no tienen alma».
Aventura para dos fue la primera película filmada en el interior del Museo del Prado, donde los grandes referentes de la pintura española -además del gran cuadro del Greco que el arquitecto español, Sotelo, posee en su estudio- parecen subrayar la idea de lo netamente español frente a la novedad norteamericana. Pero no de forma hostil -estaba a punto de producirse la visita del presidente Eisenhower a nuestro país-, sino complementaria. Las diferencias entre ambos países saltan cuando Mari Zarubia obliga a Richard Kiley a medir su habilidad con unos garrochistas -«¿Monta usted a caballo?», pregunta la joven. «¡Sí, claro! (...) Todos los americanos somos cowboys», contesta el arquitecto, atónito por la pregunta- o cuando ella le informa de que en España las parejas recién casadas compran su propio ajuar en lugar de marchar a vivir en convencionales apartamentos alquilados.
La película, para terminar, destaca por su fotografía -filmada en Technicolor por Sam Leavitt (ganador de un Oscar en 1958 por The defiant ones, de Stanley Kramer)- y la banda sonora de Daniele Amfi-theatrof (1901-1983). Este último era un compositor ruso, nacionalizado italiano (país en donde había sido discípulo de Ottorino Respighi), que desarrolló en Estados Unidos una intensa labor como director de orquesta y compositor de música cinematográfica.