Un tercer fraile toledano y «el cura loco»

Adolfo de Mingo
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El párroco de Baler fue interpretado por Karra Elejalde en la película 1898: Los últimos de Filipinas (Salvador Calvo, 2016), película criticada por un amplio sector del Ejército.

Un tercer fraile toledano y «el cura loco». A los franciscanos que sufrieron el asedio hay que añadir el nombre de otro fraile toledano, Anastasio Gutiérrez, natural de Escalonilla, que encabezó la delegación encargada de las exhumaciones en 1904.

Los hechos de Baler no llegaron a la prensa toledana hasta bien entrada la primavera de 1899, alrededor de diez meses después de que comenzara el asedio. Era el siglo XIX y aún había un mundo entre Filipinas y España, cuyos periódicos a duras penas transmitían con cierta actualidad todo cuanto sucedía gracias a los cables procedentes de Manila o Nueva York. No hubo sonoros comentarios, ni grandes titulares. Como mucho -así lo hizo La Campana Gorda, el diario más importante en aquel momento-, se destacó la actuación de los valientes soldados solapando las crónicas del desastre con recordatorios de los viejos éxitos militares españoles de los siglos XV y XVI. Esta forma de restañarse las heridas acabó provocando el enfado del fraile franciscano Gabriel Casanova, quien lamentaba en El Castellano que los panegíricos no se extendieran «a la parte que la Iglesia toma en esta clase de empresas».
Recordaba Casanova que dos de los últimos de Filipinas eran frailes franciscanos de Toledo. Tres, si sumamos a Anastasio Gutiérrez, natural de Escalonilla (o de Escalona, según las fuentes), que se encargó de supervisar la identificación y repatriación de los cuerpos junto a fray Juan Bautista López Guillén, testigo de primera mano de los hechos. Nacido el 5 de diciembre de 1872, Gutiérrez fue comisionado a finales de 1903 para encabezar esta delegación, de la que formaba parte también el hispanofilipino Ramón Sotelo Matti. Ambos partieron de Manila el 4 de enero de 1904, siendo recibidos por López, quien les hospedó y guió hasta los cuerpos. Esto convirtió al fraile de Pastrana, en palabras del periódico El Noticiero de Manila, en responsable de «el primer honor de la jornada».
A Gabriel Casanova le debemos también el conocer que Cándido Gómez-Carreño y López Guillén, junto con Anastasio Gutiérrez, habían sobrevivido juntos a la trágica inundación de Consuegra del 11 de septiembre de 1891, provocada por el desbordamiento del río Amarguillo y causante de la muerte de casi 400 personas. «Y todos tres aparecen hoy juntos en el acto de entrega de los gloriosos despojos que España ha acogido en su seno: el primero aparece entre los cadáveres, el segundo como verdadero factótum de la exhumación e identificación de los restos venerandos y el tercero aceptando en nombre de la patria aquellas preciosas reliquias».
Por periódicos como el conservador Libertas -creado en 1899 por un grupo de frailes dominicos- o El Noticiero de Manila sabemos del conmovedor responso que López Guillén, convertido en párroco de Baler a la muerte de Gómez-Carreño, ofreció ante los restos de los caídos y de la delegación española, «revestido de negros ornamentos y todo deshecho en lágrimas». Al parecer, cuenta Casanova en El Castellano, sus últimas palabras antes de que partiera el vapor Maubán, barco propiedad de la Compañía General de Tabacos de Filipinas, fueron: «¡Que volváis a recoger los míos!».
«El cura loco». El 25 de abril de 1899, cuando la guerra ya había terminado pero el sitio de Baler aún se mantenía, los últimos de Filipinas contaron en Toledo con un particular defensor: el sacerdote Ventura Fernández López, más conocido como ‘el Cura loco’. Controvertido personaje, periodista, arqueólogo y cervantista, buen conocedor de Filipinas tras permanecer durante cuatro años en las islas antes de ordenarse sacerdote, Ventura F. López publicó al menos dos poemas en el periódico La Campana Gorda, uno en abril y otro el 5 de septiembre. El primero de ellos, un soneto titulado La Defensa de Baler, celebraba el honor de los héroes con los siguientes versos: «España aún vive allí; aún allí alienta / del último español el bravo pecho, / y en contra de la fuerza y del derecho / aún allí inhiesta su bandera ostenta. / De rabia el invasor mudo revienta / el tratado de paz al ver deshecho, / que resiste Baler el cerco estrecho, ya largos meses por su propia cuenta. / No importa a Las Morenas la porfía / del yanki y del tagalo, ni el mandato / que de rendirse el general le envía. / Hijo él de España, cerrará su historia / tan solo por la fuerza del contrato, / o de vencer, o sucumbir con gloria».
La segunda composición, un poco más larga y de calidad bastante similar, se titula A los héroes de Baler y dice así: «Cesa, patria, ya en tu lloro, / y entona un himno de gloria, / que vuelve hoy a mi memoria / tu noble leyenda de oro. / De Baler son los leones / que vuelven de la campaña, / los que vuelven hoy a España / su honor ante las naciones. / Vienen, tras lucha cruenta, / ni vencidos ni humillados, / que son solo los soldados / que lucharon por su cuenta. / Y, fiados a su suerte, / el asedio resistieron, / mayor que los siglos vieron, / a despecho de la muerte. / Oprobio de los traidores, / solo ellos son los valientes, / los heroicos descendientes / de nuestros progenitores. / Últimos representantes / de nuestra raza en la tierra, / que, al sucumbir en la guerra, / se desploman cual gigantes. / ¡Gloria y prez sea a su hazaña! / ¡Cantad su victoria a coro, / porque ellos con llave de oro / cierran la historia de España!».