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Pilar Gil Adrados

Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


Falacias

15/07/2021

Puede que parezca duro, intolerante o exagerado el título de esta columna, si lo asimilamos como sinónimo de ardid, engaño, fraude, trampa, mentira o embuste. Pero solo quiero referirme a las falacias ecológicas, es decir a aquellos errores que se cometen cuando pretendemos dar argumentos que avalen nuestra teoría, infiriendo características de un elemento a partir de estadísticos agregados del conjunto al que pertenece ese elemento.
Una falacia ecológica es imputar a la ganadería española el porcentaje global de emisiones de gases de efecto invernadero o atribuir a los consumidores españoles la media mundial de consumo de carne anual publicada por la FAO.
Existen diferencias notables en las pautas de consumo de carne entre los distintos países del mundo, dependiendo, fundamentalmente, de su cultura y situación económica. Hay zonas con elevadas tasas de consumo, como EEUU y Oceanía, países con un crecimiento sostenido por la mejora de su renta, como China, y lugares cuya forma de vida está asociada a una dieta de origen animal.
Los masáis, cuya existencia, entre Kenia y Tanzania, gira en torno del ganado que es su principal fuente económica, se alimentan de leche, carne y sangre fresca. Los tuaregs, pueblo bereber del desierto del Sáhara, pasan hambre cuando la sequía consume los pastos que mantienen a sus rebaños. Los himba de Namibia, de piel rojiza porque la protegen del sol y los insectos untándola con manteca de vaca mezclada con ocre rico en hierro, sobreviven gracias a la ganadería y sus vacas son símbolo de identidad y de estatus para su comunidad tribal.
Los kirguises de Afganistán nomadean por las alturas del Pamir, donde suele nevar en verano y en invierno se registran -40ºC. Allí prácticamente solo crece la hierba que pastan sus yaks, cabras y ovejas que les sirven de sustento. Los nómadas de Mongolia preparan en sus Yurtas, viviendas fáciles de desmontar y transportar para desplazarse en busca de praderas para sus animales, sus nutritivos platos de leche y carne con mucho sebo. O los inuit, que trabajan primorosamente la esteatita o piedra jabón para tallar esculturas que representan personajes y fauna del Ártico, basan su dieta en pescados y carnes de caribúes, osos, ballenas y focas que cazan, siguiendo sus migraciones. Comer carne y vísceras crudas les provee de nutrientes que se perderían con la cocción.
Todos ellos, y otras muchas culturas y tribus que hay por el mundo, tienen algo en común. Viven en entornos naturales que no son propicios para los cultivos vegetales y no les resulta nada fácil el acceso a las frutas, las verduras, las legumbres o las pastas. Solo pueden sobrevivir siendo pastores y cazadores y basando su dieta en alimentos de origen animal.
La falacia ecológica no está lejos de otro error metodológico, la muestra sesgada, frecuente en sondeos de opinión donde quienes participan dando su parecer están implícitamente preseleccionados porque el resto, que no les preocupa o interesa el asunto, ni contestan. El problema llega cuando esa opinión, fundada en cosmovisiones particulares en lugar de en la evidencia, domina el debate público y pretende orientar el sistema alimentario mundial.