No es cierto que estemos menos dotadas para las ciencias

C.M
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No es cierto que estemos menos dotadas para las ciencias - Foto: Yolanda Lancha

Y para ejemplo, este excelente botón de muestra. Cuatro divulgadoras científicas demuestran que para dedicarse a este oficio no hay que ser «ni la más lista de la clase» ni parecerse «a los supercientíficos que salen en la televisión».

El estereotipo de que los hombres son intelectualmente más brillantes penaliza a las mujeres, especialmente en las ciencias. De ahí que sean menos propensas a cursar estudios superiores en estas disciplinas. Esta investigación, realizada en 2015 en Estados Unidos y publicada por ‘Science’, queda refrendada por las conclusiones  aportadas por otro estudio de 2017 -de las universidades de Nueva York, Illinois y Princeton y también publicada en la citada revista-, participado por 400 niños y niñas de entre cinco y siete años. De él se desprende que las niñas se creen menos brillantes que los niños desde los seis años.
María José Ruiz García citó estas investigaciones en el encuentro que, solicitado por quien firma, sentó en torno a la misma mesa a cuatro divulgadoras de Ciencia a la Carta que, casualmente, son profesionales, docentes e investigadoras. Mujeres en ‘tierra’ de hombres que apuestan por mostrarse desde la «normalidad» para, quizá, «desmitificar» un oficio teñido de percepciones irreales. Porque, señaló, «ni fuimos las más listos de la clase, ni somos los supercientíficos que salen en la televisión».
Junto a ella, Ana María Rodríguez Cervantes, Cristina Pintado Losa y Susana Seseña Prieto revisaron las razones por la que son menos las mujeres optan por las disciplinas «consideradas difíciles» como la Física, la Ingeniería, la Informática o la Química. Todo ello, claro está, apreciando que su labor divulgadora -a través de talleres y conferencias accesibles y muy divertidos- no está enfocada a incentivar las vocaciones científicas «de las mujeres por encima de las de los hombres», más bien lo está a transmitir que «las mujeres no tienen que dar ese paso atrás» con respecto a las ciencias. Una realidad que, además, se sustenta en la objetividad de que suelen ser ellas las propietarias de los mejores expedientes académicos.
Sin embargo, y debido a ese «autoconcepto de que están menos dotadas», achacan sus calificaciones al trabajo y esfuerzo diario, y no al hecho de ser brillantes. Esto es, desde pequeñas se nos dice -a las mujeres- que no somos buenas en ciencias y tecnologías, y que si tenemos buenas calificaciones es porque somos trabajadoras. Y con este prejuicio, hasta ahora.
Las soluciones no son ni sencillas ni, hasta la fecha, cuantificables en medias, cambios y transformaciones, pero lo cierto es que la mutación debe llegar de todos los ámbitos posibles.
Por ello, y conscientes las cuatro de que es imprescindible «fomentar el pensamiento crítico», Ruiz afrontaría el reto «cambiando el sistema educativo y la forma de dar clase». Porque «deben aprender a aprender» en un tiempo en el que es «muy complejo gestionar toda la información» disponible. Una transformación, añadió Rodríguez, que se radicaliza ante «la inmediatez» y, aseveró Seseña, «la aceptación de la ley del mínimo esfuerzo» que se une a «una norma que siendo muy jóvenes los obliga a elegir» lo que quieren ser.
Y es que también son importantes, recuerda Pintado, «los referentes» que los y las más jóvenes tiene en la actualidad que, claro está, «ahora son más los youtubers que los futbolistas». Es decir, las nuevas generaciones tienen, como antes lo tuvimos nosotros, un plan de vida cortoplacista, pero además enfrentan la facilidad de ganar de los nuevos influencies con el hecho de que «saben que siendo científico no te vas a hacer rico». Dio fe de ello, y sus compañeras asintieron irremediablemente, María José Ruiz.
Por tanto, y una vez consideradas todas las variantes gestadas en torno a un colectivo con usos y costumbres radicalmente distintos a los de sus progenitores, tutores o profesores, la tarea se presenta titánica si de propiciar un cambio de prejuicios, patrones y percepciones se trata, sobre todo si además éstos surgen en plena infancia.
Y ahí es donde la educación se vislumbra como la única salvadora, pero para ello los docentes -desde Infantil hasta Universidad- deben adaptarse a una dinámica «más práctica y experiencial» que sí han sabido captar los gurús -no siempre imberbes- de las redes sociales que tanto frecuentan los ciudadanos del futuro (incierto).
 Cristina Pintado, en este punto, confió en el buen proceder de los docentes universitarios -ella lo es- porque «son quienes forman a los futuros maestros», sin dejar de atender, Ana María Rodríguez, al obstáculo de que «eso de tener que estudiar mucho frena» más que antes. De ahí que insistiera en la importancia de «visibilizarnos como personas reales, madres, trabajadoras» que elegimos estos oficios «porque nos gustaba mucho y teníamos curiosidad».
Para conseguirlo, sus experiencias son vitales a la hora de plantarse delante de grupos de niñas, jóvenes y adultas -también niños, jóvenes y adultos- para reivindicar la «normalidad de las científicas», de los científicos. Ana María Rodríguez lo resuelve intercalando en sus encuentros episodios de su vida «normal».
Y desde estas consistentes reflexiones -a cuatro- a la certeza de que sólo a través del acercamiento, de la comunicación y de la transmisión de experiencias propias se puede gestar un cambio, tanto en ellas como en ellos, mantenido en el tiempo y, sin embargo, sustentado en prejuicios injustificados. Empeñadas en iniciar este cambio desde la implicación más absoluta -y desinteresada-, María José Ruiz García, Ana María Rodríguez Cervantes, Cristina Pintado Losa y Susana Seseña Prieto son cuatro de las 20 mujeres divulgadoras integradas en el equipo -de alta cocina- de Ciencia a la Carta.