La impotencia de «no poder asegurarlos si iban a despertar»

C. M.
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La enfermera Beatriz González Aguado, que trabaja en la UVI de Hospital Virgen de la Salud echa la mirada atrás para recordar «los rostros y las miradas» de las personas «aferradas a su móvil» a las que «decíamos que teníamos que dormir»

Beatriz González. - Foto: La Tribuna

«Ha sido duro, muy duro». Así comienza Beatriz González Aguado la historia vivida estos últimos meses en la Unidad de Vigilancia Intensiva del Hospital Virgen de la Salud. Porque aunque «parece que ha pasado mucho tiempo» de aquellos días en los que la COVID-19 era su mayor enemigo, los recuerdos permanecen «a pesar de que los deseas/necesitas olvidar».
No es fácil pasar página, no es sencillo desterrar las imágenes de todas las personas que llegaban «muy malitos» aferrados a un teléfono móvil que sobre su pecho sujetaban como «único contacto con los suyos», era justo en ese momento cuando «los teníamos que decir que los íbamos a entubar y dormir» sin «poder asegurarlos si iban a despertar». Y en ese instante, Beatriz no puede dejar de acordarse del rostro de un joven de 42 años del que «no puedo olvidarme». Porque cayeron personas mayores, «pero también gente joven».
Ahora que «la situación es mucho mejor» que la enfrentada hace pocas semanas, esta enfermera recuerda los turnos en los que «no nos daba tiempo ni a pensar», los momentos en los que quitaban los equipos de protección con los que apenas podían respirar, la «obsesión» por no dejar ni un milímetro de piel al aire - «porque luego tenías que volver a tu casa, con los tuyos, y hacer lo posible para evitar el posible contagio»-. Y todo ante la consistencia de las cifras de fallecidos «porque los números de cada día te llevaban a pensar si algún día acabaría» esta situación.
Y entonces «llegabas a casa con la sensación de que no habías hecho lo suficiente» porque los pacientes entraban «en muy malas condiciones», y el único alivio «era meterse en la ducha». No lo era tanto, sin embargo, porque bajo el agua caliente «repasabas lo ocurrido ese día y pensabas en cómo iba a estar la unidad al día siguiente, en cómo estarían en ese momento los pacientes, los compañeros».
Y así jornada tras jornada, con la piel del rostro marcada y dolorida por las mascarillas, las pantallas, las gafas, con la sensación de «no poder seguir aguantando la presión psicológica» de contemplar el estado en el que «nos llegaban las personas contagiadas».
Parece que la situación está mejorando y que, por fortuna, el desconfinamiento no está generando demasiados rebrotes, ante ello la pregunta de si cree que es demasiados pronto para comenzar la tan proclamada ‘nueva normalidad’, apunta Beatriz que no sabe si es pronto o no, lo que sí percibe es que «no recuerdo en los 10 años que trabajo aquí, a tanta gente paseando y haciendo deporte como ahora en estas fechas».
Sobre su percepción de la concienciación social y del aprendizaje necesario tras esta pandemia y sus efectos, elude el optimismo al considerar que «viendo lo que ocurre fuera creo que sólo los que hemos trabajado directamente con ello, o los que han sufrido la enfermedad o el fallecimiento de los suyos» serán conscientes de que es necesario cambiar el comportamiento social y atender a las recomendaciones sanitarias.
Hay que hacerlo, afirma, porque «no estamos preparados psicológicamente para afrontar situaciones como las que hemos vivido», porque se hace complicado describir «lo que hemos visto y cómo lo hemos visto». De ahí que recordando «los días en los que sabíamos qué hacer para mejorar el estado de nuestros pacientes», la mirada de quienes iban a ser entubados, apunte Beatriz los ratitos en los que «nos interesábamos por las personas que habían salido de la UVI» porque «necesitábamos saber que algunos de ellos habían despertado». Era la medicina esperanzadora que «nos hacía seguir trabajando al día siguiente».