Redescubriendo la música del Corpus

Ana María Jara
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El Festival El Greco en Toledo finaliza su temporada de primavera con la recuperación de obras del siglo XVIII, procedentes del Archivo Catedralicio

Redescubriendo la música del Corpus - Foto: Yolanda Redondo

La recuperación en tiempos modernos conlleva un estudio previo, una correcta edición, músicos comprometidos con la interpretación históricamente informada, iniciativas valientes como el Festival y un público dispuesto a disfrutar y apreciar ese rescate musical.
Los primeros intentos en estudiar el Archivo catedralicio corresponden a Francisco Asenjo Barbieri y el archivero José Foradada a partir de 1869. Si bien es cierto que las aportaciones de Felipe Rubio Piqueras (organista de la catedral a partir de 1917) han sido superadas en rigurosidad, comenzó a crear conciencia patrimonial en la ciudad. Imprescindibles son los estudios de Carlos Martínez Gil, guardián del Archivo y principal responsable de reivindicar la labor de los compositores del siglo XVIII descubriendo la importancia de la obra de Jaime Casellas (maestro de capilla entre 1734 y 1762). Así como Javier Moreno cuyas investigaciones sobre los villancicos del maestro de capilla Francisco Juncá permiten contextualizar el siglo XVIII. Un siglo que se inició en un entorno convulso de disputas de linajes que unidas a la centralización de los recursos hizo que las capillas catedralicias pasaran por momentos complicados. Sin embargo a partir de la segunda mitad, el esplendor volvió a resonar en la Catedral Primada.
El grupo responsable de su interpretación fue Exordium Musicae que junto al coro Salix Cantor, bajo la dirección de David Santacecilia, hicieron realidad la música gracias a la cuidada edición de Miguel Ángel Ríos, Carlos Martínez Gil y Javier Calzada.
Chirimías, sacabuches y bajones eran los instrumentistas de viento que formaban parte de la música religiosa en perfecta simbiosis con los cantantes, reforzando sus melodías y ornamentándolas. Esta agrupación poco a poco quedó relegada al pasado, ya que la Catedral se adaptó a los nuevos gustos musicales del XVIII. Los violines fueron aprobados para su uso litúrgico en 1717, mientras que las trompas tuvieron que esperar hasta 1749.
El teórico Pablo Nassarre definió al Maestro de Capilla en 1723 como: “el oficio más honorífico que ay entre todos los Maestros de Música por tener a su cargo la enseñança del músico de las Iglesias”. Francisco Juncá ocupó ese cargo en La Catedral Primada entre 1781 y 1791. y fueron dos de sus obras las que iniciaron el concierto. Lauda Sion, motete vinculado a la festividad del Corpus Christi. Las primeras notas del concierto mostraron la delicadeza con la que los músicos se enfrentaban a este repertorio en una obra solemne de alternancia entre vientos y cuerda. Unos solistas rotundos, en perfecta sintonía con los instrumentos y un coro perfectamente empastado.
El escenario escogido fue el Transparente. La obra del escultor Narciso Tomé estaba en sintonía también artística con la música ya que se concluyó en 1732. Precisamente para su inauguración se interpretó música escénica “desde lo alto de la Capill Muzárave para cantar una ópera que compone el Organista Dn. Joachin Martínez”. Los problemas de reverberación quedaron solucionados debido a la conciencia sonora que el director supo coordinar. Las elecciones de los tempos, la claridad en el ataque de los arcos y los vientos, así como la pronunciación del texto hizo posible un concierto en el que la belleza se integraba con el entorno.
A continuación, Salve Regina. Una obra que mostró la tendencia más conservadora de Juncá en una composición plagada de retórica musical en referencias al texto en una emotiva interpretación casi declamada de los solistas.
La tercera obra fue instrumental, la Sinfonía en Do Mayor de Ignaz Pleyel. Compositor que heredó de su maestro Joseph Haydn la estructura clara, una armonía estructurada en una música de temas que dialogan pero no se enfrentan. Pleyel se reivindicó en una interpretación balanceada entre las secciones de viento y cuerda en la que todos los músicos sabían quien debía tener protagonismo en cada momento.
Concluyó el concierto con la Misa en Fa Mayor, compuesta en 1781 por el chelista Manuel Canales. Toledano de nacimiento, formado como seise, se trasladó a Madrid para ser acogido por la Casa de Alba. Sus cuartetos de cuerda fueron los primeros en España, un país que supo acoger las sonoridades clásicas de Europa. Volvió a la Catedral como músico bajo el magisterio de Juan Rosell. La misa, compuesta al año siguiente del fallecimiento del maestro de capilla, se creó también para la festividad del Corpus. Canales supo integrar el entramado polifónico religioso con las tendencias de su momento en una obra emocionante. Los músicos supieron dotar a los cromatismos de emotividad y expresión cuidad.
Mientras las calles de la ciudad se engalanan para recibir a la custodia, el Festival permitió escuchar música compuesta para la celebración del Corpus. Música que aguardaba volver a sonar.